Y ese mismo año la Chunga y Doroteo se pelearon a botellazos y, en la policía, papeles a la mano, ella de mostró que era la única dueña del barcito. ¿Qué historia había detrás, qué misteriosos tráficos? En todo caso, desde entonces la propietaria fue la Chunga. Administraba el local amable y firmemente, sabía hacerse respetar de los borrachos. Era una joven sin formas, de escaso humor, de piel más bien oscura y corazón metalizado. Se la veía detrás del mostrador, los cabellos negros pugnando por escapar de una redecilla, su boca sin labios, sus ojos mirándolo todo con una indolencia que desanimaba la alegría. Usaba zapatos sin taco, medias cortas, una blusa que también parecía de hombre y nunca se pintaba los labios ni las uñas, ni se ponía colorete en las mejillas, pero, a pesar de sus vestidos y maneras, tenía algo muy femenino en su voz, aun cuando decía lisuras. Sus manos gruesas y cuadradas con igual facilidad levantaban mesas, sillas, descorchaban botellas o cacheteaban a los atrevidos. Decían que era áspera y de alma dura por los consejos de Juana Baura, quien le habría inculcado la desconfianza hacia los hombres, el amor al dinero y la costumbre de la soledad. Cuando falleció la lavandera, la Chunga le hizo un suntuoso velorio: licor fino, caldo de pollo, café toda la noche y a discreción. Y cuando entró la orquesta a la casa, el arpista a la cabeza, los que velaban a Juana Baura espiaron, rígidos, los ojos llenos de malicia. Pero don Anselmo y la Chunga no se abrazaron, ella le extendió la mano como a Bolas y al joven. Los hizo pasar, los atendió con la misma cortesía distante que a los demás, escuchó con atención cuando tocaron tristes. Se la notaba dueña de sí misma y su expresión era adusta pero muy tranquila. El arpista, en cambio, parecía melancólico y confuso, cantaba como si rezara cuando un churre vino a decir que en la Casa del Camal se impacientaban, la orquesta debía comenzar a las ocho y eran las diez pasadas. Muerta Juana Baura, decían los mangaches, la Chunga vendrá a vivir con el viejo a la Mangachería. Pero ella se mudó al barcito, cuentan que dormía en un colchón de paja bajo el mostrador. En la época en que la Chunga y Doroteo se separaron, y ella se convirtió en propietaria, la orquesta de don Anselmo ya no tocaba en la Casa del Camal, sino en la de Castilla.
El barcito de la Chunga hizo rápidos progresos. Ella misma pintó las paredes, las decoró con fotografías y estampas, cubrió la mesas con hules de florecitas multicolores y contrató una cocinera. El barcito se convirtió en restaurante de obreros, camioneros, heladeros y municipales. Doroteo, después de la ruptura, se fue a vivir a Huancabamba. Años después volvió a Pinta y, «cosas que tiene la vida» decía la gente, terminó de cliente del barcito. Sufriría viendo los adelantos de ese local que había sido suyo.
Pero un día el bar-restaurante cerró sus puertas y la Chunga se hizo humo. Una semana después volvió a la barriada capitaneando una cuadrilla de operarios que echaron abajo las paredes de adobe y levantaron otras de ladrillo, pusieron calaminas en el techo y abrieron ventanas. Activa, sonriente, la Chunga estaba todo el día en la obra, ayudaba a los trabajadores y los viejos, muy excitados, cambiaban miradas locuaces, retrospectivas, «la está resucitando, hermano», «de tal palo tal astilla», «quien lo hereda no lo hurta». En ese tiempo la orquesta ya no tocaba en la Casa de Castilla, sino en la del barrio de Buenos Aires, y al ir allá el arpista pedía al Bolas y el Joven Alejandro que hicieran un alto en la barriada. Subían por el arenal y, ante la obra, el viejo, ya casi ciego, ¿cómo va el trabajo?, ¿pusieron las puertas?, ¿se ve bien de cerca?, ¿a qué se parece? Su ansiedad y sus preguntas denotaban cierto orgullo, que los mangaches estimulaban con bromas: «Qué tal la Chunguita, arpistq se nos hace rica, ¿vio la casa que está construyendo?». Él sonreía gustoso pero, en cambio, cuando los viejos rijosos le salían al encuentro, «Anselmo, nos la está resucitando», el arpista se hacía el perplejo, el misterioso, el desentendido, no sé nada, tengo que irme, de qué me hablan, cuál Casa Verde.
El aire decidido y próspero, los pasos firmes, una mañana la Chunga se presentó en la Mangachería y avanzó por las polvorientas callejuelas preguntando por el arpista. Lo encontró durmiendo, en la choza que había sido de Patrocinio Naya. Tendido en un camastro, el brazo terciado sobre el rostro, el viejo roncaba y tenía los vellos blancos del pecho mojados de sudor. La Chunga entró, cerró la puerta y, entretanto, se propagó el rumor de esta visita. Los mangaches venían a pasear por la vecindad, miraban entre las cañas, pegaban las orejas a la puerta, se comunicaban sus descubrimientos. Un rato después, el arpista salió a la calle con rostro meditabundo, nostálgico, y pidió a los churres que llamaran a Bolas y al joven; la Chunga se había sentado en el camastro y estaba risueña. Luego, llegaron los amigos del viejo, la puerta volvió a cerrarse, «no es una visita al padre sino al músico», murmuraban los mangaches, «la Chunga quiere algo con la orquesta».
Permanecieron en la choza más de una hora y, cuando salieron, muchos mangaches se habían marchado, aburridos de esperar. Pero los vieron, desde las chozas. El arpista iba otra vez como sonámbulo, tropezándose, haciendo eses, boquiabierto. El joven parecía cortado y la Chunga le daba el brazo al Bolas y se la notaba contenta y habladora. Fueron donde Angélica Mercedes, comieron piqueos, después el joven y Bolas tocaron y cantaron algunas composiciones. El arpista miraba el techo, se rascaba las orejas, su cara cambiaba a cada momento, sonreía, se entristecía. Y cuando la Chunga partió, los mangaches los rodearon, ávidos de explicaciones. Don Anselmo seguía ido, embobado, el joven encogía los hombros, sólo el Bolas contestaba las preguntas. «No puede quejarse, viejo», decían los mangaches, «es un buen contrato, y, además, tendrá todas las gangas trabajando para la Chunguitq ¿también la pintará de verde?».
– Estaba borracho y no lo tomamos en serio -dijo el Bolas-. El señor Seminario se rió con burla.
Pero el sargento había sacado el cachorrito otra vez, lo agarraba de la cacha y de la punta y hacía fuerzas para abrirlo. A su alrededor todos comenzaron a mirarse y a reír sin ganas, a moverse en sus asientos, súbitamente incómodos. Sólo el arpista seguía bebiendo, ¿una ruletita rusa?, a sorbitos, qué era eso, muchachos.
– Una cosa para probar si los hombres son hombres -dijo el sargento-; ya va a ver, viejo.
– Me di cuenta que era en serio por la tranquilidad de Lituma -dijo el Joven.
La cara caída hacia la mesa, Seminario estaba mudo y rígido y sus ojos, siempre pendencieros, ahora parecían también desconcertados. El sargento había abierto por fin el revólver y sus manos sacaban los cartuchos, los ordenaban, verticales, paralelos, entre vasos, botellas y ceniceros atestados de colillas. La Selvática sollozó.
– A mí, más bien, me engañó con su tranquilidad -dijo la Chunga-; si no, le habría arrancado la pistola cuando la descargaba.
– Qué te pasa, cachaco -dijo Seminario-, qué gracias son ésas.
Tenía la voz partida y el Joven asintió, sí, esta vez se le habían quitado toditos los humos. El arpista dejó su vaso en la mesa, husmeó el aire, inquieto, ¿estaban peleando de veras, muchachos? Que no fueran así, que siguieran conversando amigablemente de Chápiro Seminario. Pero las habitantas huían de la mesa, Rita, Sandra, Maribel, brincando, Amapola, Hortensia, chillando como pajaritos, y, apiñadas junto a la escalera, siseaban, abrían los ojos, asustadísimas. El Bolas y el Joven cogieron al arpista de los brazos, lo llevaron casi en el aire hasta el rincón de la orquesta.
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