– ¿París? -se preguntaron mirándose mutuamente.
Entonces el hombre pareció recordar algo. Asintió rápidamente varias veces y apartó de sus hombros las manos de la mujer.
– Por supuesto. Estábamos esperándola. Soy el señor Boyle, el mayordomo de esta casa, y ella es la señora Tibbit.
Asentí, todavía confundida.
– Encantados de conocerla.
Por la manera en que seguían mirándome, me pregunté si ambos serían igual de simples.
– Estoy un poco cansada después del viaje -alegué lentamente-. ¿Serían tan amables de pedirle a una criada que me acompañe hasta mi habitación?
La señora Tibbit resopló. La piel que rodeaba el lunar se estremeció y se puso tensa.
– No hay criadas -explicó-. No todavía. La señora…, es decir, la señorita Deborah no ha podido encontrar una que quiera quedarse.
– Así es -confirmó el señor Boyle con los labios tensos, tan pálidos como su cara-. Y tenemos una fiesta prevista para esta noche. Todos tendrían que estar cumpliendo con sus obligaciones. La señorita Deborah no tolera la imperfección.
¿La señorita Deborah? ¿Quién era la señorita Deborah y por qué seguían llamándola «señora»?
Puse cara de pocos amigos.
– La señora Luxton, mi señora, no mencionó una fiesta.
– No, por supuesto. Es una sorpresa, para dar la bienvenida a casa al señor y la señora Luxton después de su luna de miel. La señorita Deborah ha estado planificándola durante semanas.
Cuando el coche que traía a Hannah y Teddy llegó, la fiesta estaba en su apogeo. El señor Boyle había dado instrucciones de que yo los recibiera en la entrada y los guiara hacia el salón de baile. Si bien esta tarea solía corresponder al mayordomo, la señorita Deborah había requerido su presencia en otro lugar.
Abrí la puerta y ellos entraron. Teddy, sonriente. Hannah, cansada, como era previsible después de una visita a Simion y Estella.
– Daría lo que fuera por un baño tibio -declaró Hannah.
– Ahora no, querida -pidió Teddy. Luego me entregó su abrigo y besó rápidamente a su esposa en la mejilla. Ella se estremeció ligeramente, como era habitual-. Antes, tengo una sorpresa para ti -anunció, adelantándose y frotándose las manos.
Hannah lo vio alejarse y levantó la vista para mirar el vestíbulo: las paredes recién pintadas de amarillo, la horrible araña moderna que pendía sobre la escalera, las macetas con palmeras que se combaban bajo hileras de luces de colores.
– Grace -murmuró Hannah atónita-, ¿qué demonios es todo esto?
A modo de disculpa me encogí de hombros. Estaba a punto de explicárselo cuando Teddy reapareció y la tomó del brazo.
– Ven por aquí, querida -indicó, conduciéndola hacia el salón de baile.
La puerta se abrió. Los ojos de Hannah se dilataron desmesuradamente cuando vio que el lugar estaba lleno de personas desconocidas. Luego se encendió una luz cegadora, y mientras yo dirigía la mirada a la araña refulgente percibí un movimiento detrás de mí, en la escalera. Se oyeron exclamaciones de admiración. En la mitad de la escalera vi una mujer esbelta, con el rostro huesudo enmarcado por el cabello rizado y oscuro. No era una cara bonita, pero tenía algo impactante. Una ilusión de belleza que más adelante reconocería como una característica de los nuevos ricos. Era alta, delgada, y adoptaba una postura que yo jamás había visto: echaba los hombros hacia adelante, de modo que su vestido de seda parecía a punto de caerse, escurriéndose por la columna vertebral. La pose era a la vez impactante y natural, desenfadada y artificial. Llevaba en los brazos una piel de color claro. Creí que era un manguito, hasta que ladró y comprendí que era un perro diminuto y esponjoso, tan blanco como el mejor delantal de la señora Townsend.
Aunque no la conocía, supe inmediatamente quién era. Hizo una pausa antes de deslizarse por los últimos escalones y abrirse paso entre el mar de invitados, como si se tratara de una coreografía.
– ¡Dobby! -exclamó Teddy cuando ella se acercó. Una amplia sonrisa dibujó hoyuelos en su rostro sereno y bien parecido. Tomó las manos de su hermana y se inclinó hacia ella para darle un beso en la mejilla que ella le ofrecía.
La mujer sonrió.
– Bienvenido a casa, Tiddles -declaró jovialmente, con su acento neoyorquino, plano y enérgico. Su manera de hablar evitaba las modulaciones regulándolo de tal modo que lo ordinario pareciera extraordinario y viceversa-. He decorado la casa, como me pediste. Espero que no te moleste, me he tomado la libertad de invitar a lo mejor de Londres para que también la disfruten -agregó y saludó con la mano a una mujer elegantemente vestida a la que distinguió por encima del hombro de Hannah.
– ¿Estás sorprendida, querida? -preguntó Teddy a su esposa-. Queríamos darte una sorpresa. Dobby y yo tramamos todo esto.
– ¿Sorprendida? -repitió Hannah echándome un rápido vistazo-. Las palabras no alcanzan siquiera a describir cómo me siento.
Deborah sonrió, de ese modo sagaz tan propio de ella, y puso su mano sobre la muñeca de Hannah, una mano larga y pálida, cuya textura recordaba a la cera solidificada.
– Por fin nos conocemos. Sé que seremos grandes amigas.
El año 1920 empezó mal. Teddy perdió las elecciones. No fue culpa suya, simplemente no era el momento adecuado. La situación se tergiversó por culpa de la clase obrera y de sus detestables periódicos. Se hicieron sucias campañas contra los patronos, que después de la guerra fueron víctimas de falsas acusaciones. Tenían expectativas desmedidas. Debían andarse con ojo, si no querían que les sucediera lo mismo que a los irlandeses o los rusos. Sin embargo, el fiasco de Teddy no tenía importancia. Ya habría una nueva oportunidad. Le encontrarían una candidatura más segura. Si dejaba de lado las tontas ideas que confundían a los votantes conservadores, Simion se comprometía a que en menos de un año su hijo sería miembro del Parlamento.
Estella pensaba que Hannah debía tener un bebé, porque eso sería bueno para Teddy. Para que sus electores lo vieran como un hombre de familia. A menudo les recordaba que estaban casados y que como cualquier matrimonio, más tarde o más temprano, se esperaba que tuvieran hijos.
Teddy comenzó a trabajar con su padre. Todos estuvieron de acuerdo en que era lo mejor. Después de haber perdido las elecciones, había adquirido el aspecto de quien ha sobrevivido a un trauma. Como Alfred cuando regresó de la guerra.
Los hombres como Teddy no estaban acostumbrados a perder, pero deprimirse no era propio de los Luxton. Sus padres comenzaron a pasar mucho tiempo en la casa del número diecisiete, donde Simion a menudo contaba historias sobre su propio padre. El camino hacia la cima no admitía debilidades ni fracasos. El viaje de Teddy y Hannah a Italia se pospuso. Según Simion, podría dar la impresión de que Teddy huía del país y eso no le beneficiaría. La apariencia de éxito genera éxito. Además, Pompeya seguiría estando en el mismo lugar.
Mientras tanto, yo me esforzaba por adecuarme a la vida de Londres. Aprendí con rapidez mis nuevas tareas. El señor Hamilton me había dado incontables instrucciones antes de mi partida de Riverton -desde las obligaciones generales, como ocuparme del guardarropa de Hannah, hasta las más específicas, como asegurarme de que conservara su buen humor-, por lo que, en cuanto al trabajo, me sentía segura. Sin embargo, en mi nuevo ámbito doméstico estaba totalmente desorientada, abandonada a la deriva en el solitario mar de lo desconocido. Porque si bien no se trataba exactamente de personas pérfidas, la señora Tibbit y el señor Boyle ciertamente no eran francos. El intenso y evidente placer que les proporcionaba su mutua compañía era completamente excluyente. Es más, a la señora Tibbit concretamente parecía reconfortarle esa exclusión. La suya era una felicidad que se alimentaba con el descontento de los demás y si le negaban esa satisfacción no tenía escrúpulos en provocarle alguna desgracia a una víctima involuntaria. Rápidamente comprendí que la manera de sobrevivir en esa casa era acompañarme a mí misma, y cuidar mis espaldas. En buena medida, tuve éxito.
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