Kate Morton - La Casa De Riverton

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Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.

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Por su parte, Hannah no hablaba mucho de Teddy. Él era una herramienta, cuya existencia le hacía posible vivir aventuras. Lo cual no significaba que él no le gustara. Solía encontrarlo divertido (especialmente, cuando no intentaba serlo en absoluto), elocuente, una compañía nada desagradable. Los intereses de su esposo eran bastante menos variados que los propios, su inteligencia menos aguda, pero ella aprendió a halagar su ego cuando era necesario y buscó estímulo intelectual en otras personas. Y si eso no era amor, ¿qué importaba? Ella no sentía su ausencia, no entonces. ¿Quién necesitaba amor cuando había tantas otras cosas en su panorama?

Una mañana, cuando la luna de miel se acercaba a su fin, Teddy despertó con dolor de cabeza. Ya había tenido episodios similares, secuelas de una enfermedad de la infancia, y aunque infrecuentes, eran agudos. Todo lo que podía hacer era quedarse en cama, con la habitación a oscuras y silenciosa, y beber pequeñas cantidades de agua. La primera vez, Hannah se inquietó. En general, ella había estado a salvo de los incordios de las enfermedades.

Le propuso quedarse junto a él, pero Teddy era un hombre sensible, que no disfrutaba privando de placer a los demás. Le dijo que ella nada podía hacer, que era un crimen que no disfrutara sus últimos días en París.

Teddy me pidió que la acompañara, era inconcebible que una dama fuera vista sola por la calle, sin importar que estuviera casada.

Hannah no tenía deseos de recorrer tiendas y se había cansado de estar en lugares cerrados. Quería explorar, descubrir París a su modo. Salimos y comenzamos a caminar. Ella no llevaba un plano, sencillamente se dejaba llevar por su intuición.

– Ven, Grace -decía una y otra vez-. Veamos qué hay por aquí.

Finalmente llegamos a un callejón más oscuro y estrecho que los visitados con anterioridad. Un angosto atajo entre dos filas interrumpidas de edificios. Se oía música, que fluía hacia la calle. Había un olor vagamente familiar, algo comestible, tal vez podrido. Y había mucho movimiento, gente, voces. Hannah se detuvo en la entrada, meditó y luego comenzó a caminar por el callejón. No tuve opción y la seguí.

Era una comunidad de artistas. Ahora lo sé. He vivido en los años sesenta, he conocido Haight-Ashbury o Carnaby Street. Puedo identificar con facilidad el desaliño propio de la bohemia, los símbolos de la pobreza artística. Pero en ese momento todo era nuevo para mí. El único lugar que conocía era Saffron, donde la pobreza nada tenía que ver con lo artístico. Avanzamos por el callejón, atravesando pequeños puestos y puertas abiertas con sábanas tendidas para crear divisiones y ambientes. El humo que salía de unos palillos que se quemaban dejaba olor a almizcle. Un niño, con ojos enormes, dorados, espiaba inexpresivo a través de los postigos entreabiertos.

Un hombre sentado sobre almohadones rojos y dorados tocaba el clarinete. Por entonces, yo no sabía el nombre de ese instrumento, una vara negra con anillos y teclas brillantes a la que bauticé como serpiente. Cuando los dedos del hombre pulsaban las teclas dejaba oír una música que no podía identificar, y me hacía sentir vagamente incómoda. Me parecía que de algún modo describía cosas íntimas, peligrosas. Resultó ser jazz. Mucho se hablaría sobre esa música antes de que la década terminara.

A lo largo del callejón había mesas, y hombres sentados frente a ellas, leyendo, conversando o discutiendo. Bebían café y brebajes de colores misteriosos -sin duda, licores- que salían de extrañas botellas. A nuestro paso nos miraban, con interés o con indiferencia, no podría precisarlo. Yo trataba de no mirarles a los ojos. En silencio, rogaba que Hannah cambiara de idea, diera media vuelta y me llevara nuevamente a un lugar iluminado y seguro. Pero mientras mis fosas nasales se llenaban de un desagradable humo extraño y mis oídos de una música también desconocida, Hannah parecía flotar. Su atención estaba dirigida a otro lugar. En las paredes del callejón había pinturas, pero no como las de Riverton. Estas eran dibujos de carboncillo, rostros, extremidades, ojos, nos miraban desde su lugar sobre los ladrillos.

Hannah se detuvo frente a un dibujo grande, el único que mostraba un solo personaje. Era una mujer sentada en una silla, no un sillón, una chaise longue, o la cama de un artista. Una simple silla de madera con gruesas patas. Tenía las rodillas separadas y miraba al frente. Estaba desnuda, era negra, el carboncillo brillaba. Desde la pintura, su rostro nos observaba: los ojos grandes, los pómulos prominentes, los labios fruncidos. El cabello recogido sobre la cabeza. Parecía una reina guerrera.

La pintura me impactó. Esperaba que Hannah reaccionara de la misma forma. Pero ella sintió algo diferente. Extendió su brazo y la tocó. Acarició la línea curva de la mejilla, inclinó su cabeza.

Junto a ella apareció un hombre.

– ¿Le gusta? -preguntó con un acento pesado, y los párpados aún más pesados. No me gustaba la manera en que miraba a Hannah. Sabía que ella tenía dinero. Sus ropas la delataban.

Hannah parpadeó, como si hubiera despertado de un hechizo.

– Oh, sí -repuso suavemente.

– Tal vez quiera comprarla.

Hannah cerró la boca. Supe lo que estaba pensando: Teddy no lo aprobaría. Y no se equivocaba. Había algo en esa mujer, en esa pintura, que era peligroso, subversivo. Pero aun así Hannah quería comprarla. Por supuesto. Le recordaba el pasado, El Juego, Nefertiti. Un papel que ella había interpretado con la fresca vitalidad de la niñez. Asintió. Sí, le interesaba el cuadro.

El recelo me erizó la piel. El hombre permaneció inexpresivo. Llamó a alguien pero no obtuvo respuesta. Entonces, con un gesto, le indicó a Hannah que lo siguiera. Ambos parecían haberse olvidado de mí, pero les seguí hasta una pequeña puerta roja. El hombre la abrió. Era el estudio de un artista, apenas más que un oscuro agujero en la pared. Grandes franjas de empapelado verde, ya descolorido, estaban despegadas. El suelo -la parte que no estaba cubierta por cientos de hojas de papel dibujadas con carboncillo- era de piedra. En uno de los ángulos había un colchón cubierto por almohadones desteñidos y un edredón. Junto a los zócalos se amontonaban botellas de licor vacías.

Allí estaba la mujer de la pintura. Para mi horror, estaba desnuda. Nos miró con un interés que se extinguió rápidamente, y no dijo una palabra. Se puso de pie -era más alta que nosotras- y fue hacia la mesa. Algo en sus movimientos, su libertad, su indiferencia ante el hecho de que la observáramos, sus pechos, uno más grande que el otro, me ponía nerviosa. Esa gente no era como nosotros. Como yo. Ella encendió un cigarrillo y fumó mientras esperábamos. Yo aparté la mirada. Hannah no lo hizo.

– Las damas quieren comprar tu retrato -anunció el hombre.

La mujer negra miró a Hannah. Luego dijo algo en un idioma que yo no comprendía. No era francés. Parecía venir de un lugar más lejano.

El hombre rió.

– No está a la venta -le explicó a Hannah. Luego se acercó a ella y le sujetó el mentón. Yo me alarmé. Incluso Hannah se estremeció cuando él movió decididamente su cabeza de un lado a otro. Luego la soltó-. Sólo aceptaremos una permuta.

– ¿Una permuta?

– Su retrato -indicó el hombre con su pesado acento y se encogió de hombros-. Se lleva el de ella, nos deja el suyo.

La mera idea de que un retrato de Hannah -sólo Dios sabía en qué grado de desnudez- se exhibiera en ese misérrimo callejón de Francia, donde cualquiera podría verlo, era inconcebible.

– Debemos irnos, señora -señalé, con una firmeza que me sorprendió-. El señor Luxton nos está esperando.

Mi tono también sorprendió a Hannah, porque, para mi alivio, asintió.

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