Al otro lado de la puerta, me sentí horrorizada y asustada. Si bien comprendía los sentimientos del señor Frederick y compartía su deseo de conservar a Hannah en Riverton, también sabía que las amenazas no eran el modo de lograr que ella cambiara de idea.
– Buenas noches, papá -dijo por fin Hannah con absoluta firmeza.
– Tonta -le espetó su padre con el tono desconcertado de quien aún no puede creer que ha perdido la partida-. Niña obcecada y tonta.
Oí que sus pasos se acercaban y me apresuré a levantar la bandeja del suelo. Me disponía a alejarme de la puerta cuando Hannah dijo:
– Me llevaré a mi criada cuando me vaya. -Mi corazón dio un vuelco. Ella continuó-. Myra se ocupará de Emmeline.
Yo estaba increíblemente complacida y feliz. Apenas si oí la réplica del señor Frederick.
– Ella lo apreciará -declaró, y cerró la puerta con tanta furia que por poco se me cae la bandeja mientras corría hacia la escalera-. Dios sabe que no la necesito aquí.
¿Por qué Hannah se casó con Teddy? ¿Lo amaba? Tal vez. Era joven e inexperta. ¿Con qué podía comparar sus sentimientos?
¿Creería, tal vez, que el matrimonio era su billete a la libertad? Sin duda. Lady Clementine, con ayuda de Fanny, se había ocupado de que así fuera.
Algunos pensaron que abandonaba un barco que se hundía. Pero los que murmuraban no la conocían. Ella estaba salvando el barco. O al menos, así lo creía. ¿Pensaba también en Emmeline? Según me dijo, se lo había prometido a David el día que se fue a la guerra. Considerando la situación del señor Frederick, el matrimonio con Teddy era una forma de cuidar a Emmeline. De asegurarle un futuro de relaciones y comodidad.
Hannah veía en el matrimonio una solución y así fue. Pero la forma en que las cosas se resolvieron no se ajustó a lo que ella había previsto.
De todos modos, para los menos cercanos la unión era perfecta. Simion y Estella Luxton estaban encantados, y lo mismo ocurría con el personal de servicio de Riverton. Incluso yo estaba feliz, dado que sabía que los acompañaría. Lady Violet y lady Clementine lo habían aprobado. A pesar de toda su rebeldía juvenil, Hannah iba a casarse y sin duda Teddy era mejor que cualquier otro candidato.
La boda se celebró un lluvioso sábado de marzo de 1919 y una semana después partimos hacia Londres. Hannah y Teddy en el automóvil que iba delante. Yo viajé en el segundo con el mayordomo de Teddy y el ajuar de Hannah.
El señor Frederick permaneció de pie en la escalera, rígido y pálido. Desde mi asiento del coche, sin que él pudiera verme, tuve, por primera vez, la oportunidad de observar detenidamente su rostro. Era un hermoso rostro patricio, aunque el sufrimiento lo había privado de expresión.
A su izquierda estaba alineado el personal, en orden de jerarquía descendente. Incluso Nanny había sido desenterrada del cuarto de los niños y estaba de pie junto al señor Hamilton, que la doblaba en estatura, derramando silenciosas lágrimas en un pañuelo blanco.
Sólo Emmeline faltó. Se había negado a ver partir a su hermana. No obstante, la vi justo antes de nuestra partida. Distinguí su pálido rostro detrás de uno de los ventanales del cuarto de los niños. Al menos me pareció verla. Tal vez fuera un efecto de la luz. O el fantasma de alguno de los niños que vagaban eternamente por esa habitación.
Ya me había despedido de mis compañeros y de Alfred. Desde aquella noche en la escalera del jardín habíamos hecho tímidos intentos de reparar el daño que mutuamente nos habíamos causado. Por aquellos días ambos éramos cautos, Alfred me trataba con una amable prudencia, que casi le hacía tan distante como su irritación. No obstante, le prometí que le escribiría. Y había obtenido de él la promesa de que también lo haría. Me había despedido de mi madre la semana anterior a la boda, cuando me entregó un paquete con algunas cosas: un chal que había tejido unos años antes y una bolsa con agujas e hilos para que pudiera seguir con mi costura. Enternecida, le di las gracias efusivamente, pero ella se encogió de hombros alegando que ya no le servían. No tenía probabilidad de usarlas, sus dedos estaban agarrotados e inútiles. Durante esa última visita me había preguntado sobre la boda, la fábrica del señor Frederick y la muerte de lady Violet. Me sorprendió que no le afectara la muerte de su antigua ama, puesto que sí lo sintió cuando supo que la esposa del señor Frederick había muerto. Esta vez su frialdad, su falta de emoción, indicaba todo lo contrario.
Pero en ese momento no quise preguntar, en mi mente no había lugar más que para Londres.
A lo lejos retumban los tambores. Me pregunto si tú también los oyes.
Has sido paciente y ya no tendrás que esperar mucho. Porque Robbie Hunter está a punto de irrumpir de nuevo en el mundo de Hannah. Sabías que lo haría, por supuesto, porque tiene que desempeñar su papel. Esto no es un cuento de hadas, ni una historia romántica. La boda no es el final feliz de esta historia. Es simplemente otro comienzo, el interludio a un nuevo capítulo.
En un sombrío rincón de Londres, Robbie Hunter espera. Se sacude las pesadillas y saca de su bolsillo un pequeño paquete, que lleva oculto en el interior de su abrigo desde los últimos días de la guerra, cuando prometió a un amigo agonizante que lo entregaría.
The Times
6 de junio de 1919
El Mercado de Bienes Raíces
la propiedad de lord sutherland
Como ya reseñara The Times en el día de ayer, la principal transacción de esta semana ha sido la venta privada, a cargo de los señores Mabbett y Edge. de la mansión Haberdeen. el hogar de los antepasados de lord Sutherland. La casa, situada en el número diecisiete de Grosvenor Square, fue vendida al empresario S. Luxton, y será ocupada por el señor T. Luxton y su flamante esposa, la honorable Hannah Hartford, hija mayor de lord Ashbury.
El señor T. Luxton y la honorable H. Hartford, que contrajeron matrimonio el pasado mes de marzo en la mansión Riverton -la casa familiar de la novia, ubicada en las afueras del pueblo de Saffron Green-, se encuentran actual-mente en Francia de luna de miel. A su regreso a Inglaterra, previsto para el próximo mes, residirán en la mansión Haberdeen. que será rebautizada como mansión Luxton.
El señor T. Luxton es el candidato del Partido Conservador para ocupar un escaño por Marsden, Londres este, y se presentará a las elecciones que se celebrarán en noviembre.
16. A la caza de mariposas
Un minibús nos ha traído a la feria de primavera. Somos ocho en total. Seis residentes, Sylvia y una enfermera a la que no he visto nunca, una joven con una fina trenza que se balancea sobre su espalda y le roza el cinturón. Supongo que ellos piensan que la salida nos viene bien. Sin embargo, ignoro cuál puede ser el beneficio de cambiar nuestro confortable entorno por una carpa de suelo embarrado llena de puestos donde venden pasteles, juguetes y jabones. Me habría hecho igualmente feliz quedarme en casa, lejos del bullicio.
Como todos los años, detrás del edificio del ayuntamiento se ha improvisado un escenario. Delante de él se han dispuesto sillas de plástico. Los otros residentes y la joven de la trenza se sientan junto al escenario y observan a un hombre que extrae pelotas de ping-pong numeradas de un cubo de metal. Yo prefiero quedarme aquí, en el banco de hierro que está junto al monumento a los caídos en la guerra. Me siento rara. Es el calor, estoy segura. Cuando me desperté esta mañana la almohada estaba húmeda y a lo largo del día no he podido desprenderme de una sensación extrañamente nebulosa. Mis pensamientos son esquivos. Surgen a gran velocidad, perfectamente definidos, y se escurren antes de que pueda aferrados debidamente, como si quisiera atrapar una mariposa. Ese revolotear me produce irritación.
Читать дальше