Kate Morton - La Casa De Riverton

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Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.

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Me sentaría bien una taza de té.

¿Dónde se ha metido Sylvia? ¿Me lo dijo? Estaba aquí hace un momento, iba a fumar un cigarrillo. Hablaba de su novio y de sus planes de vivir juntos. En su momento desaprobé esas relaciones que prescinden del casamiento, pero el tiempo tiene su propia manera de hacer que cambiemos nuestros puntos de vista acerca de muchas cosas.

La piel de mi empeine, que queda expuesta al sol, se está chamuscando. Pienso en deslizar los pies hacia la sombra, pero un irresistible masoquismo me tienta a dejarlos donde están. Más tarde Sylvia verá las partes enrojecidas de mis pies y advertirá que me ha dejado sola mucho tiempo.

Desde mi asiento veo el cementerio. En el sector Este se alinean los álamos, cuyas hojas nuevas se estremecen ante la menor brisa. Más allá de la fila de árboles, al otro lado de la loma, están las lápidas, entre ellas la de mi madre.

Ha pasado una eternidad desde que la sepultamos. Un invernal día de 1922, en que la tierra estaba helada, y mi gélida enagua me rozaba las medias. Entonces, la silueta de un hombre, apenas reconocible, se dibujó en la colina. Mi madre se llevó sus secretos con ella, a la tierra dura y fría, pero finalmente los descubrí. Sé mucho sobre secretos. Yo también los he tenido y supuse que cuanto más supiera sobre los secretos ajenos, mejor podría ocultar los propios.

Tengo calor. Hace demasiado calor para ser abril. Sin duda, el calentamiento global es la causa. El calentamiento global, el deshielo de los polos, el agujero de ozono, los alimentos manipulados genéticamente, entre otros males de la década de 1990. El mundo se ha convertido en un lugar hostil. Tampoco el agua de lluvia es segura en esta época, la llaman lluvia ácida.

Eso debe de ser lo que está erosionando el monumento. Uno de los perfiles de la estatua bajo la que me encuentro está dañado; la mejilla del soldado parece picada de viruela; la nariz ha sido devorada por el paso del tiempo. Me recuerda a una fruta caída, que termina roída por un animal carroñero.

El soldado sabe lo que significa el deber. A pesar de sus heridas continúa erguido sobre su monumento, como lo ha hecho durante ochenta años. El ojo solitario observa las llanuras, más allá del pueblo, su mirada vacua se proyecta allende Bridge Street, hacia el aparcamiento del nuevo centro comercial, un lugar digno de un héroe. El es casi tan viejo como yo. ¿Se sentirá igual de cansado?

Él y su pedestal se han cubierto de musgo, plantas microscópicas proliferan entre los nombres cincelados de los muertos. David está allí, en la primera línea, con los otros oficiales. Y Rufus Smith, el hijo del trapero, muerto en Bélgica, asfixiado en el derrumbamiento de una trinchera. Más abajo, Raymond Jones, el vendedor ambulante del pueblo cuando yo era una niña. Sus hijos son ahora hombres. Ancianos, aunque más jóvenes que yo. Posiblemente estén muertos.

No me sorprendería que este soldado se desintegrara. No se puede pretender que un solo hombre resista la presión de un sinnúmero de tragedias personales, que soporte ser testigo de los casi infinitos ecos de la muerte.

Pero no está solo. Hay uno como él en cada pueblo de Inglaterra. Son las cicatrices de la guerra. Un rosario de heroicas señales diseminadas a lo largo del territorio en 1919, con la intención de curar las heridas. Por entonces teníamos una fe desmesurada en la Liga de las Naciones, en la posibilidad de un mundo civilizado. Ante una esperanza tan firme, los poetas de la desilusión estaban perdidos. Por cada T. S. Eliot, por cada R. S. Hunter, cincuenta jóvenes brillantes defendían los sueños de Tennyson sobre «el parlamento del hombre, la federación del mundo…».

No duró, por supuesto. No fue posible. La desilusión fue inevitable. A los años veinte les siguieron la depresión de los treinta y luego otra guerra. Y después de ella las cosas fueron diferentes. No hubo monumentos triunfales, desafiantes, que se salvaran de la nube en forma de hongo de la Segunda Guerra Mundial. La esperanza había perecido en las cámaras de gas de Polonia. Una nueva generación de heridos en el campo de batalla fue enviada de vuelta a casa y un segundo grupo de nombres, los hijos debajo de los padres, cincelado en las bases de las estatuas ya existentes. Y en la mente de todos, la triste certeza de que algún día los jóvenes volverían a caer.

Las guerras hacen que la historia parezca engañosamente simple. Proporcionan puntos de inflexión definidos, separaciones claras: antes y después; ganador y perdedor; bien y mal. La verdadera historia, el pasado, no se le parece, no es plana, no es lineal. No sigue una planificación. Es escurridiza, como un líquido, infinita e incognoscible, como el espacio. Y es modificable. Cuando creemos encontrar un patrón, la perspectiva cambia, aparece una versión alternativa, resurge un recuerdo largamente olvidado.

He tratado de concentrarme en los puntos de inflexión de la historia de Hannah y Teddy. Últimamente, todos los pensamientos me conducen a Hannah. Al mirar hacia atrás me resulta evidente: durante el primer año de su matrimonio determinados hechos fijaron los cimientos de lo que sucedería después. Entonces no podía verlo. En la vida real los puntos de inflexión son arteros, pasan imperceptiblemente a nuestro lado. Desperdiciamos oportunidades, sin darnos cuenta celebramos las catástrofes. Los puntos de inflexión sólo se descubren más tarde, cuando un narrador o un historiador trata de poner en orden las enmarañadas historias de una vida.

Me pregunto cómo se abordará el tema del matrimonio de Hannah en la película. Qué será lo que, a criterio de Ursula, provocó su infelicidad: que Deborah llegara de Nueva York, que Teddy perdiera las elecciones, que no tuvieran un heredero. ¿Estará de acuerdo en que los indicios estuvieron presentes desde la misma luna de miel? Las futuras fisuras eran visibles incluso en la nebulosa luz de París, como una mínima falla en aquellas diáfanas telas de los años veinte: hermosas, frívolas, tan finas que no se podía esperar que fueran duraderas.

Durante el verano de 1919, París se regodeaba en el calor optimista de la Conferencia de Paz de Versalles. Por las noches yo ayudaba a Hannah a desvestirse, tomaba uno de los vaporosos camisones verde claro, rosa o blanco (Teddy era un hombre al que le gustaba el brandy puro y las mujeres puras) mientras ella me contaba sobre los lugares que habían visitado y las cosas que habían visto. Habían subido a la Torre Eiffel, habían paseado por los Campos Elíseos, habían cenado en famosos restaurantes. Pero había otras cosas que atraían a Hannah.

– Los dibujos, Grace -me desveló una noche mientras le quitaba la ropa-. ¿Quién habría dicho que sería tan aficionada al dibujo?

Dibujos, artefactos, personas, aromas. Estaba ávida de nuevas experiencias. Tenía que recuperar años que consideraba desperdiciados, mientras esperaba que su vida comenzara. Había tanta gente con quien hablar: los ricos con los que se encontraban en restaurantes, los políticos que habían concebido el acuerdo de paz, los músicos callejeros que encontraba en sus paseos.

Teddy no era ciego a sus reacciones, a su tendencia a exagerar, a su inclinación al entusiasmo desmedido, pero adjudicaba esa vehemencia a la juventud. Era una característica, encantadora y desconcertante a partes iguales, que lograría superar con el paso del tiempo. Aunque no era eso lo que él esperaba de ella en ese momento; en esa etapa todavía estaba enamorado. Le había prometido que viajarían a Italia el año siguiente y que visitarían Pompeya, el museo de los Uffizi, el Coliseo. Por entonces, no había cosa que no fuera capaz de prometer. Porque Hannah era el espejo donde él se veía, no ya como el hijo de su padre -un hombre establecido, convencional, aburrido-, sino como el esposo de una mujer encantadora e impredecible.

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