A partir de entonces, las cosas entre las hermanas mejoraron: la depresión y la indiferencia de Emmeline se diluyeron, y hacia el final de la semana su relación era muy similar a la que siempre habían tenido. Volvieron a dejarse llevar por una espontánea amistad; las dos se sintieron aliviadas por haber recuperado el statu quo. También yo: últimamente Hannah estaba demasiado lánguida. Deseé que su estado de ánimo perdurara después de la visita.
El último día, Emmeline y Hannah estaban sentadas en ambos extremos del sofá de la sala de estar esperando a que llegara el coche desde Riverton. Deborah -a punto de salir para una reunión en su club de bridge- estaba sentada frente al escritorio, de espaldas a ellas, improvisando una nota de condolencia para un amigo de luto.
Emmeline, lujuriosamente recostada, suspiró con nostalgia.
– Podría tomar el té en Gunther todos los días y jamás me cansaría de sus tortas de nuez.
– Lo harías en cuanto perdieras tu fina y elegante cintura -declaró Deborah, rasgando el papel con la punta de su pluma.
Emmeline parpadeó para llamar la atención de Hannah, que contuvo la risa.
– ¿Estás segura de que no quieres que me quede? -preguntó Emmeline-. Por mí no hay inconveniente.
– Dudo que papá esté de acuerdo.
– Bah -descartó Emmeline-. No le importará en lo más mínimo -aseguró e inclinó la cabeza-. Me las apañaría perfectamente con que me cedieras el armario de los abrigos, lo sabes. Ni siquiera te darías cuenta de que estoy aquí.
Hannah pareció considerar seriamente la posibilidad.
– Estarás muy aburrida sin mí, lo sabes -añadió Emmeline.
– Lo sé -afirmó Hannah-. ¿Encontraré alguna vez cosas que signifiquen para mí un estímulo permanente?
Emmeline rió y le arrojó un cojín a su hermana. Hannah lo atajó y durante unos instantes se dedicó a colocar sus borlas.
– Emme… no hemos hablado de papá… ¿cómo está? -preguntó sin apartar la vista del cojín.
Hannah no dejaba de lamentar la tensa relación con su padre. En más de una ocasión yo había encontrado en su escritorio las primeras líneas de una carta, que nunca sería enviada.
– Papá sigue igual -repuso Emmeline encogiéndose de hombros-. El mismo de siempre.
– Ah… -suspiró Hannah apenada-, está bien. No había tenido noticias de él.
– No -Emmeline bostezó-, ya lo conoces. Sabes cuál es su actitud una vez que toma una decisión.
– Sí -asintió Hannah-. Sin embargo, supuse…
Su voz se fue apagando y por un instante todos permanecimos en silencio. Deborah estaba de espaldas, pero pude advertir que sus orejas estaban alertas como las de un pastor alemán atento. Seguramente Hannah también lo había notado porque se irguió y cambió de tema con fingida alegría.
– No sé por qué me he acordado. Por cierto, he pensado buscar algún trabajo cuando te vayas.
– ¿Trabajo? ¿En una tienda de ropa? -preguntó Emmeline.
Deborah soltó una carcajada. Selló el sobre y lo agitó. Dejó de reír cuando vio la expresión de Hannah.
– ¿Lo dices en serio?
– Hannah siempre habla en serio -comentó Emmeline.
– El otro día, cuando tú estabas en la peluquería de Oxford Street -le refirió a Emmeline-, vi una pequeña editorial, Blaxland's, con un anuncio en la ventana. Buscaban editores. -Hannah enderezó los hombros-. Me encanta leer, me interesa la política, en gramática y ortografía mis conocimientos superan los de la mayoría.
– No seas ridícula, querida -observó Deborah, al tiempo que me entregó la carta con la indicación de que la despacharan por correo esa misma mañana, y volvió a dirigirse a Hannah-. Nunca te contratarán.
– Ya lo han hecho -contestó Hannah-. Me ofrecí en ese mismo momento. El editor dijo que necesitaba con urgencia un nuevo colaborador.
Deborah inspiró profundamente y obligó a sus labios a esbozar una tenue sonrisa.
– Bien, es un tema que está más allá de toda discusión.
– ¿Qué discusión? -preguntó Emmeline fingiendo sinceridad.
– Acerca de lo que es correcto -explicó Deborah.
– No veo qué tiene que ver eso. -Emmeline comenzó a reír-. ¿Tú qué opinas?
Deborah inspiró y se dirigió fríamente a Hannah.
– ¿Blaxland's? ¿No son ellos los que publican esos asquerosos opúsculos rojos que los soldados distribuyen en las esquinas? -Luego entrecerró los ojos-. A mi hermano le dará un ataque.
– No lo creo -repuso Hannah-, a menudo Teddy se compadece de los que no tienen trabajo.
Los ojos de Deborah se abrieron ostentosamente, con el asombro de un depredador fugazmente compadecido por su presa.
– No lo entiendes. Tiddles no es tan tonto como para arriesgarse a perder el apoyo de sus futuros electores.
Y si no era así en ese momento, sin duda lo fue esa noche, después de que Deborah hablara con él.
– Además… -añadió poniéndose en pie con aire triunfal, y ajustándose el sombrero frente al espejo de la chimenea-, más allá de la compasión, es inconcebible que a él pueda agradarle que seas aliada de la misma gente que imprimió los subversivos artículos que le hicieron perder su escaño.
El rostro de Hannah se demudó. No lo había tenido en cuenta. Echó un vistazo a Emmeline, que solidariamente se encogió de hombros. Deborah observaba sus reacciones en el espejo. Contuvo las ganas de sonreír y se encaró con Hannah emitiendo un desaprobatorio chasquido con la lengua.
– ¿Podrías ser tan desleal?
Hannah suspiró.
– Y mi pobre hermano creyendo que eres una ingenua -afirmó meneando la cabeza-. Se moriría del disgusto si se enterara de todo esto.
– Entonces no se lo digas.
– ¿Crees que no debe saberlo? ¿Crees que no habrá cientos de personas a las que les encantará contarle que han visto tu nombre, su nombre, impreso en esos panfletos?
– Les diré que no puedo aceptar ese puesto -accedió serenamente Hannah y apartó el almohadón-. Pero buscaré otra cosa. Algo más apropiado.
– Querida niña -exclamó Deborah-, ¿cuándo vas a entenderlo? No existe un empleo apropiado para ti. ¿Qué impresión causará la noticia de que la esposa de Teddy trabaja? ¿Qué dirá la gente?
– Necesito hacer algo más que esperar todo el día en casa a que alguien llame.
– Por supuesto -concedió Deborah tomando el bolso que había dejado en el escritorio-. A nadie le gusta estar ocioso. Pero imagino que aquí hay más cosas que hacer aparte de sentarse a esperar. Como sabrás, una casa no funciona por inercia.
– No -reconoció Hannah-, y con gusto asumiría la dirección de esta casa.
– Será mejor que te dediques a lo que sabes hacer -sugirió Deborah dirigiéndose a la puerta-. Es lo que siempre aconsejo. -Entonces se detuvo, abrió la puerta, se volvió hacia Hannah y le dedicó una leve sonrisa-. Ya sé. No comprendo cómo no se me ocurrió antes. Te unirás a mi grupo de mujeres del Partido Conservador. Estamos buscando voluntarias para organizar nuestra próxima recepción. Podrías ayudarnos a escribir los sobres de las invitaciones. Y luego, hay que pintar los decorados.
Hannah y Emmeline se miraron cuando Boyle apareció en la puerta.
– El automóvil que viene a recoger a la señorita Emmeline ha llegado. ¿Le pido un taxi, señorita Deborah?
– No se moleste, Boyle -gorjeó Deborah-. Prefiero ir dando un paseo.
Boyle asintió y salió para verificar que el equipaje de Emmeline fuera cargado en el maletero.
– ¡Es una idea perfecta! -se felicitó Deborah, con una amplia sonrisa-. Teddy se alegrará de saber que sus dos chicas pasan el tiempo juntas, y se convierten en verdaderas amigas. -Y agregó, en voz más baja-: De esta manera, jamás tendrá que enterarse de este desafortunado asunto.
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