Kate Morton - La Casa De Riverton

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Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.

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Y lo más importante, si bien no tenía una posición definida respecto de los espiritistas, sabía cuál era la clase de personas a las que atraían: seres infelices que trataban de conocer su futuro.

En los últimos tiempos, Hannah me tenía preocupada. Su expresión había cambiado.

Cuando se especulaba acerca del largo de las faldas que se usaría en la próxima temporada, asentía o sonreía, y tanto su boca como su mentón habían adquirido el hábito de cambiar de posición, como si degustara vagamente la amargura que, según temía, la invadiría cuando se acercara a la madurez.

En la calle había una niebla espesa, densa y gris. Seguí a Hannah por Aldwych como un detective sigue un rastro: atenta para no quedar demasiado rezagada, para no perderla de vista en medio de la niebla. En la esquina, un hombre con impermeable tocaba con la armónica «Keep the Home Fires Burning». Los soldados sin empleo estaban en todas partes, en cada callejón, debajo de cada puente, en la entrada de cada estación de tren. Hannah buscó una moneda en su bolso y la dejó caer en el platillo del hombre antes de seguir su camino.

Al doblar en Kean Street, Hannah se detuvo frente a una elegante casa de estilo eduardiano. Parecía bastante respetable, pero, como mi madre solía decir, las apariencias pueden ser engañosas. La observé mientras confirmaba la dirección del anuncio y tocaba el timbre. La puerta se abrió rápidamente, y, sin mirar atrás, desapareció de mi vista.

Seguí observando la fachada de la casa, preguntándome a qué piso se dirigía. Al tercero.

Un resplandor de la lámpara que teñía de amarillo los bordes desflecados de las cortinas me lo indicó. Me senté a esperar junto a un hombre tullido que vendía monos de hojalata a los que les daba cuerda mientras subían y bajaban por un pedazo de tela. Le pregunté cuántos había vendido. «Tres», me respondió.

Esperé más de una hora sentada en el escalón de cemento. Cuando Hannah reapareció, mis piernas estaban tan entumecidas que no podía ponerme de pie. Me acurruqué, rogando que no me viera. No lo hizo. No percibía lo que ocurría a su alrededor. De pie en el escalón superior, parecía aturdida. Su expresión era impávida, asombrada incluso, y parecía pegada al suelo. Pensé que la espiritista la había hipnotizado, haciendo oscilar frente a ella uno de esos relojes de bolsillo, como muestran las fotografías. Pensé en gritarle, cuando, de repente, inspiró profundamente, se estremeció y salió velozmente en dirección a casa.

Aquel nebuloso atardecer llegué tarde a mi cita con Alfred. No me retrasé demasiado, pero fue suficiente para que su rostro se mostrara primero preocupado antes de distinguirme, y después dolido.

– Grace…

Nos saludamos torpemente. Ambos tendimos nuestra mano al mismo tiempo para estrechar la del otro y nuestras muñecas chocaron. Entonces, él me tomó por el codo. Sonreí nerviosa, recuperé mi mano y la escondí debajo de la bufanda.

– Lamento haber llegado tarde, Alfred. Estaba cumpliendo con un encargo de la señora.

– ¿No sabe que es tu tarde libre?

Alfred me parecía más alto de lo que recordaba. Su cara estaba más arrugada, pero aun así era muy agradable mirarlo.

– Sí, pero…

– Deberías haberle dicho lo que podía hacer con su encargo.

La reacción de Alfred no me sorprendió. Se sentía cada vez más frustrado por tener que trabajar como personal de servicio. En las cartas que me escribía desde Riverton, la distancia dejaba a la vista algo que no había advertido antes: en las descripciones de su vida cotidiana había un dejo de insatisfacción. Y en los últimos tiempos sus preguntas acerca de Londres, sus comentarios sobre Riverton, estaban salpicados con citas de libros y periódicos sobre clases, trabajadores y sindicatos.

– No eres una esclava -me advirtió-. Deberías haberte negado.

– Lo sé. No pensé que… el encargo fue más largo de lo que había previsto.

– Está bien -repuso. Su expresión se suavizó y recuperó su gesto habitual-. No es culpa tuya. Tratemos de aprovechar esta ocasión al máximo, antes de volver al yugo. ¿Hay algún lugar para comer antes de ir al cine?

La felicidad me inundó mientras caminábamos el uno junto al otro. Me sentía adulta y atrevida, paseando por la ciudad con un hombre como Alfred. Descubrí que deseaba que él me tomara del brazo para que la gente nos viera y creyera que estábamos casados.

– Pasé a ver a tu madre -dijo Alfred, interrumpiendo mis pensamientos-, como me pediste.

– Oh, Alfred, gracias. ¿No estaba mal, verdad?

– No especialmente, Grace. -Dudó un instante y miró hacia otro lado-. Pero, para serte sincero, tampoco muy bien. Tiene una tos terrible. Y se queja de dolor de espalda -agregó llevándose las manos a los bolsillos-. Artritis, ¿verdad?

Asentí.

– La atacó repentinamente cuando yo era una niña. Empeoró con mucha rapidez. El invierno es la peor época para ella.

– Una de mis tías está igual. Ha envejecido antes de tiempo. -Alfred meneó la cabeza-. Mala suerte.

Caminamos un trecho en silencio.

– Alfred, mi madre… ¿parece tener lo imprescindible? Carbón y ese tipo de cosas…

– Oh, sí. Eso no es problema. Tiene una buena pila de carbón -aseguró, y se inclinó para tocar mi hombro-, y la señora T. se asegura de mandarle regularmente un buen paquete con dulces.

– Bendita sea -exclamé con los ojos llenos de lágrimas de agradecimiento-. Y tú también, Alfred. Por ir a verla. Sé que ella lo valora, aun cuando no lo diga.

Alfred se encogió de hombros y alegó sinceramente:

– No lo hago para obtener la gratitud de tu madre, Grace. Lo hago por ti.

Una ola de felicidad encendió mis mejillas. Con mi mano enguantada, me toqué un lado de la cara y la apreté suavemente para absorber su calor.

– ¿Y cómo están los demás en Saffron? ¿Están bien?

A Alfred le llevó un momento aceptar el cambio de tema.

– Bueno, tan bien como es posible. Me refiero a los de abajo. Con los de arriba ya es otra cosa.

– ¿El señor Frederick? En su última carta Myra insinuaba que no estaba del todo bien.

Alfred meneó la cabeza.

– Desde que os marchasteis está muy pesimista. Debes de ocupar un lugar en su corazón -bromeó, y me empujó suavemente con el codo. No pude evitar sonreír.

– Extrañará a Hannah -indiqué.

– No está dispuesto a admitirlo.

– Ella también se siente mal.

Le hablé acerca de las numerosas cartas inconclusas que había encontrado, y que Hannah nunca se atrevió a enviar. Alfred silbó y meneó la cabeza.

– Y luego dicen que debemos aprender de nuestros superiores. Creo que son ellos quienes tendrían que aprender algunas cosas de nosotros.

Seguí caminando, sin dejar de pensar en el malestar del señor Frederick.

– Tal vez si él y Hannah hicieran las paces…

Alfred se encogió de hombros.

– Para serte sincero, no me parece tan simple. Sin duda, él añora a Hannah. Pero no es sólo eso.

Lo miré, esperando que siguiera.

– Se trata también de sus automóviles. Ahora que no tiene su fábrica, parece no tener objetivos -apuntó, entrecerrando los ojos para ver en medio de la niebla-. Lo comprendo muy bien. Un hombre necesita sentirse útil.

– ¿Emmeline le brinda algún consuelo?

– En mi opinión, se está convirtiendo en una señorita. Teniendo en cuenta el estado de su padre, ella se encarga de dirigir la casa. A él no parece importarle lo que ella hace. La mayor parte del tiempo, apenas si nota su presencia. -Dio un puntapié a un guijarro y lo siguió con la mirada hasta que rebotó y desapareció en la alcantarilla-. No, ya no es el mismo lugar. No desde que os fuisteis.

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