Kate Morton - La Casa De Riverton

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Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.

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Un hombre se inclina hacia mí. Su rostro sonriente está cerca del mío. Me toma la mano.

– ¿Puedo llamarla Grace? Encantado de conocerla. Sylvia me ha hablado mucho de usted, es un verdadero placer.

¿Quién es este hombre que habla tan lentamente, alzando tanto la voz y estrechándome la mano con tanto fervor? ¿Qué le ha dicho Sylvia de mí? ¿Y por qué?

– … enseño inglés para ganarme la vida, pero mi pasión es la historia. Me gusta verme a mí mismo como un admirador de la historia local.

Sylvia surge por la entrada, con una taza de poliestireno en la mano.

– Aquí lo tiene.

Té. Justo lo que quería. Tomo un sorbo. Está tibio. Ya no puedo confiarme con los líquidos calientes. Me he quedado dormida inesperadamente demasiadas veces.

Sylvia se sienta en otra silla.

– ¿Le ha contado Anthony lo de los testimonios? -me pregunta, mientras entorna con coquetería sus pintadas pestañas mirando a su novio-. ¿Se lo has contado?

– Todavía no.

– Anthony ha realizado en vídeo una serie de relatos sobre la historia de Saffron Green y sus habitantes. Piensa donarlo a la Sociedad Histórica -explica Sylvia y me dedica una amplia sonrisa-. Le han dado una beca y todo. Acaba de filmar a la señora Baker, aquí mismo.

Con ayuda de Anthony, ella sigue explicando, haciendo hincapié en determinados términos: transmisión oral, significado cultural, depósito de tiempo del milenio, la gente dentro de cien años…

En mis tiempos las personas guardaban sus historias para sí. No se les ocurría que a otros pudieran parecerles interesantes. Ahora todos escriben sus memorias, compiten por la infancia más infeliz, el padre más violento. Hace cuatro años, un estudiante de una escuela técnica local vino a Heathview a hacer preguntas. Un joven inquieto con acné y la desagradable costumbre de comerse las uñas mientras escuchaba. Trajo una pequeña grabadora con micrófono, y una carpeta de papel manila con una hoja de preguntas escritas a mano. Recorrió las habitaciones preguntando a los residentes si les molestaría responder a algunas preguntas. Muchos de ellos estaban exultantes ante la posibilidad de brindar su relato, de soltarse y dar a conocer su intimidad. Mavis Buddling, por ejemplo, se entretuvo con cuentos sobre un ficticio esposo heroico.

Supongo que debería sentirme feliz. En mi segunda vida, después de que todo terminara en Riverton, después de la segunda guerra, pasé buena parte de mi tiempo excavando por allí, tratando de descubrir las historias de las personas, de encontrar pruebas, de desenterrar huesos. Habría sido mucho más sencillo si cada uno de ellos hubiera estado provisto de una grabación de su historia personal, pero lo único que conseguí fue un millón de testimonios de ancianos quejándose por el precio que pagaban por los huevos treinta años antes. ¿En algún salón, en un enorme refugio subterráneo, con estantes de suelo a techo, estarán apiladas esas cintas? ¿Resonarán entre esas paredes los ecos de recuerdos triviales que nadie tiene tiempo de escuchar?

Sólo hay una persona a la que quiero contar mi historia. Una persona para la cual la estoy grabando. Espero que valga la pena. Ursula tiene razón: Marcus la escuchará y comprenderá. Mi propia culpa, y la explicación de sus motivos, lo liberarán.

La luz es brillante. Me siento como un ave en el horno: ardiendo, desplumada y observada.

¿Por qué acepté esto? ¿Lo acepté?

– ¿Puede decir algo para que podamos ajustar el volumen?

Anthony está agachado detrás de un objeto negro. Supongo que es una cámara de vídeo.

– ¿Qué debo decir? -Mi voz no parece mía.

– Una vez más.

– Me temo que en realidad no sé qué decir.

– Bien. -Anthony se aparta de la cámara-. Ya está. Deseaba hablar con usted -declara sonriendo-. Sylvia dice que trabajó en la mansión.

– Sí.

– No es necesario que se incline hacia el micrófono. La escucho muy bien desde donde está.

No había advertido que me estaba inclinando levemente hacia el respaldo curvo de la silla. Tengo la sensación de haber sido amonestada.

– Usted trabajó en Riverton.

La frase no precisa respuesta, pero no puedo dominar mi necesidad de completar, de especificar.

– Comencé en 1914, como criada.

Él se siente incómodo, por él o por mí, no lo sé.

– Sí, bien… -Anthony cambia de tema con rapidez-. ¿Trabajó para Theodore Luxton?

Pronuncia el nombre con cierto temblor, como si al invocar el fantasma de Teddy, su oprobio pudiera mancharlo.

– Sí.

– Excelente. ¿Lo conoció bien?

En realidad quiere saber si sé lo que pasaba a puerta cerrada. Temo desilusionarlo.

– No mucho. En aquel momento yo era la doncella de su esposa.

– En ese caso, tuvo algún tipo de relación con Theodore.

– No, en realidad no.

– Pero he leído que las dependencias de los sirvientes eran el centro de los chismes de la casa. Seguramente estaba al tanto de lo que ocurría.

– No, la mayor parte salió a la luz más tarde, por supuesto. Lo leí, como todo el mundo, en los periódicos. Visitas a Alemania, reuniones con Hitler. Nunca creí las acusaciones más graves. Ellos sólo admiraban el impulso que Hitler dio a las clases trabajadoras, su habilidad para desarrollar la industria. No imaginaban que eso se había conseguido a expensas del trabajo esclavo. Por entonces pocas personas lo sabían. La historia sería la encargada de demostrar que ese hombre era un loco.

– ¿Qué sabe de la reunión con el embajador alemán en 1936?

– Para entonces ya no trabajaba en Riverton. Me había ido diez años antes.

Anthony interrumpe la filmación. Está desilusionado, tal como imaginé. El curso de sus preguntas ha sido injustamente cortado. Luego recupera algo de su interés.

– ¿En 1926?

– En 1925.

– Entonces usted estuvo allí cuando ese hombre, ese poeta… ¿cómo se llamaba?… se suicidó.

La luz me da calor. Estoy cansada. Mi corazón se encoge un poco. O algo dentro de mi corazón palpita, una arteria gastada que deja de bombear sangre.

– Sí -me oigo decir.

Es un consuelo.

– Bien, ¿podemos hablar de eso?

Ahora puedo oír mi corazón. Late fatigosamente, con recelo.

– ¿Grace?

– Está muy pálida.

Siento un vahído. Estoy muy cansada.

– ¿Doctora Bradley?

– ¿Grace? ¿Grace?

Un viento furioso preludio de una tormenta de verano avanza estruendosamente por un túnel hacia mí, cada vez más rápido. Es mi pasado y viene a buscarme. Está en todas partes. En mis oídos, debajo de mis párpados cerrados, comprimiendo mis costillas…

– Llamen a un médico. Que alguien pida una ambulancia.

Liberación. Desintegración. Un millón de minúsculas partículas caen a través del túnel del Tiempo.

– ¿Grace? Está bien. Estará bien. Grace, ¿me oye?

Cascos de caballos sobre calles de adoquines, automóviles de marcas extranjeras, chicos que hacen repartos en bicicleta, institutrices que desfilan con cochecitos, combas para saltar, rayuelas, Greta Garbo, la Dixieland Jazz Band, Bee Jackson, el charlestón, Chanel número 5, El misterioso caso de Styles, F. Scott Fitzgerald…

– ¡Grace!

¿Es ése mi nombre?

– ¿Grace?

¿Es Sylvia? ¿Hannah?

– Se ha desmayado. Estaba sentada allí y…

– Apártese de ella un poco, para que podamos llevarla a la ambulancia.

Una nueva voz. Una puerta se cierra. Una sirena. Movimiento.

– Grace… soy Sylvia. ¿Me oye? Aguante un poco, estoy con usted… vamos a casa… sólo aguante un poco más.

¿Aguantar? ¿El qué? Ah… la carta, por supuesto. La tengo en la mano. Hannah espera que le lleve la carta. Es invierno, la calle está helada y ha comenzado a nevar.

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