Emmeline la mira con el labio inferior tembloroso.
– No puedes soportar que yo sea feliz. Que esté enamorada. Que finalmente me haya sucedido algo maravilloso. Que alguien me ame a mí más que a nadie.
Hannah no responde. Hemos llegado a la casa del número diecisiete. El chófer se acerca para llevar el coche al garaje.
Emmeline cruza los brazos y deja de gimotear.
– Puede que hayas arruinado la película, pero sigo decidida a ser actriz. Philippe me esperará. Y las otras cintas serán exhibidas.
– ¿Hay otras? -Hannah me mira por el espejo retrovisor. Sé lo que está pensando. Tendrá que decírselo a Teddy. Sólo él puede lograr que esas películas no salgan a la luz.
Las dos hermanas entran en la casa, mientras yo corro hacia la escalera de servicio. No tengo reloj de pulsera pero estoy segura de que son casi las cinco. El teatro comienza a las cinco y media. Cuando abro la puerta no es Alfred sino la señora Tibbit quien me espera.
– ¿Y Alfred? -pregunto, casi sin aliento.
– Buen chico -dice, y la sonrisa le llega hasta el lunar-. Es una pena que tuviera que irse tan rápido. Me invade la desazón. Miro el reloj.
– ¿A qué hora se fue?
– Oh, hace un rato -responde la señora Tibbit dirigiéndose a la cocina-. Estuvo aquí sentado mirando el reloj, hasta que puse fin a su sufrimiento.
– ¿Puso fin a su sufrimiento?
– Le dije que perdía el tiempo. Que habías salido a hacer uno de tus encargos secretos para la señora y que nadie podía adivinar cuándo estarías de regreso.
Otra vez estoy corriendo. Voy por Regent Street hacia Picadilly. Tal vez pueda alcanzarlo. Maldigo a la señora Tibbit, esa bruja entrometida. ¿Con qué intención le habrá dicho a Alfred que no regresaría? Y encima contarle que estaba haciendo un recado para Hannah en mi tarde libre. Es como si supiera cuál era la mejor manera de herirlo. Conozco a Alfred lo suficiente como para adivinar lo que pensó. Sus cartas están cada vez más cargadas de frustración debido a la «explotación feudal de esclavos y siervos» y arengas como «despertar al gigante dormido del proletariado». Sin embargo topa con mi incapacidad de comprender el trabajo como explotación. La señorita Hannah me necesita, le escribo una y otra vez. Me gusta mi trabajo. ¿Por qué debería considerarme explotada?
Cuando Regent Street desemboca en Picadilly el bullicio aumenta. Los relojes de Saqui and Lawrence marcan las cinco y media, hora de cierre de los comercios, y Picadilly Circus está sobrecargado de tráfico, peatonal y motorizado. Caballeros y empresarios, damas y mensajeros se empujan para pasar. Yo me deslizo entre un autobús y un taxi estacionado, y casi me aplasta un carro tirado por caballos, cargado con gruesos sacos de arpillera.
Corro por Haymarket. Salto por encima de un bastón extendido hacia adelante, despertando la ira de su dueño, un señor con monóculo. Camino pegada a los edificios, donde hay menos transeúntes, hasta que, sin aliento, llego al Teatro de Su Majestad. Me apoyo en la pared de piedra que está justo debajo de la marquesina buscando entre los rostros que pasan, serios, sonrientes, conversadores, con la esperanza de que mi vista reconozca la silueta familiar. Un hombre delgado y una dama aún más delgada se apresuran a subir las escaleras del teatro. Él muestra las dos entradas y los conducen al interior. A lo lejos un reloj -¿el Big Ben, tal vez?- señala el cuarto de hora. ¿Es posible que Alfred aún pueda llegar? ¿Habrá cambiado de idea? ¿O he llegado demasiado tarde y ya ha ocupado su asiento en el teatro?
Espero hasta que el Big Ben da la hora, y para más seguridad, el cuarto de hora. Nadie ha entrado o salido del teatro después de aquellos elegantes figurines. Estoy sentada en las escaleras. Mi respiración es serena y estoy resignada. No veré a Alfred esta tarde.
Cuando un barrendero me sonríe lascivamente, comprendo que es hora de partir. Me envuelvo con el chal, me acomodo el sombrero, y me dirijo a la casa del número diecisiete. Le escribiré a Alfred. Le explicaré lo ocurrido. Le hablaré de Hannah y la señora Tibbit. Puedo incluso contarle toda la verdad acerca de Emmeline y Philippe y del escándalo que logramos evitar. A pesar de todas sus ideas sobre la explotación y las sociedades feudales, Alfred lo entenderá.
Hannah le ha contado a Teddy lo de la película y él se ha puesto furioso. La ocasión no podía ser peor, explica, en vísperas de su candidatura para las próximas elecciones. Si se filtrara una sola palabra sobre ese turbio asunto estaría perdido, estarían todos arruinados.
Hannah asiente, vuelve a disculparse, le recuerda a Teddy que Emmeline es joven, ingenua, crédula. Que ya lo superará.
Teddy gruñe; lo hace con frecuencia en estos últimos tiempos. Se pasa una mano por el cabello oscuro, que está encaneciendo. Emmeline no ha tenido una guía, indica, ése es el problema. Las criaturas que crecen salvajemente se vuelven rebeldes.
Hannah le recuerda que Emmeline y ella se criaron en el mismo lugar. Teddy sólo levanta una ceja, le exige que su hermana se someta a su autoridad. Cuanto antes, mejor. Tiene que pasar más tiempo en su casa, donde Deborah le servirá de guía para su vida adulta.
Hannah no está de acuerdo. Opina que compartir el tiempo con Deborah es otra forma de aislarse, pero no lo dice. Necesita que Teddy recupere esas películas y no quiere disgustarlo.
Teddy resopla. No tiene tiempo para seguir conversando sobre el tema. Tiene que ir al club. Le pide a su esposa que le anote la dirección del cineasta y le recomienda no conservar nada que pueda relacionarles con él en el futuro. En un matrimonio no hay lugar para el secreto.
A la mañana siguiente, mientras ordeno el tocador de Hannah, encuentro una nota con mi nombre en el encabezado. Seguramente la ha dejado allí después de que la ayudara a vestirse. La abro, con los dedos temblorosos, aunque no por temor o inquietud sino por la expectativa, la excitación que provoca lo imprevisible.
Sin embargo, cuando la abro descubro que no está escrita en inglés. Es un conjunto de curvas, líneas y puntos, cuidadosamente dibujados en la página. Al observarlo comprendo que es taquigrafía. Me recuerda los cuadernos que encontraba en Riverton, hace años, cuando ordenaba el cuarto de Hannah. Me ha dejado una nota escrita en un código secreto, que no puedo descifrar.
No me separo de la nota en todo el día. Pero mientras me ocupo de la limpieza, la costura o el zurcido no puedo concentrarme en mis tareas. La mitad de mi mente se pregunta qué dice, tratando de encontrar el modo de saberlo. Busco los libros que me permitirían decodificaría, pero no los encuentro. Tal vez Hannah los dejara en Riverton.
Unos días más tarde, a la hora del té, cuando estoy recogiendo la mesa, Hannah se acerca a mí y me pregunta:
– ¿Recibiste mi nota?
Le digo que sí.
– Es nuestro secreto -señala sonriente. Es la primera sonrisa que le he visto en mucho tiempo.
Se me cierra el estómago. Sus palabras confirman que es importante, un secreto. Y que soy la única persona a quien se lo ha confiado. Debo decirle la verdad o encontrar la manera de leerlo. Elijo lo último, por supuesto. Por primera vez en mi vida alguien me escribe una carta en un código secreto.
Días después llega la solución. Saco el ejemplar de El regreso de Sherlock Holmes que tengo debajo de la cama y dejo que se abra en el lugar donde hay un señalador. Allí, entre dos de mis cuentos favoritos, está mi lugar secreto. Entre las cartas de Alfred hay un pedazo de papel que he guardado durante un año. Por suerte lo he conservado, no porque me interese el domicilio que tiene escrito, sino porque es su letra. Solía mirarlo, olerlo y revivir el día en que me lo entregó, aunque no lo he hecho durante meses, no desde que él comenzó a escribirme regularmente cartas más afectuosas. Saco el papel con la dirección de Lucy Starling.
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