Kate Morton - La Casa De Riverton

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Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.

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Siento ganas de abofetear su rostro cruel.

Bajo rápidamente los escalones que faltan, dejo atrás a la anciana y salgo a la calle.

Juro que no volveré a ver a la señorita Starling.

Hannah y Teddy discuten sobre la guerra. Parece que todos los habitantes de Londres discuten sobre la guerra en estos días. Ha pasado bastante tiempo y aunque el dolor no ha desaparecido, y nunca lo hará, la distancia permite una mirada más crítica.

Hannah está haciendo amapolas con papel de seda rojo y alambre negro, yo la ayudo. Pero mi mente no está concentrada en las flores. Todavía me aflige pensar en Alfred y Lucy Starling. Sigo desconcertada, disgustada, pero sobre todo dolida con él por haber trasladado su afecto con tanta facilidad. Le he escrito otra carta, aún espero su respuesta. Mientras tanto, me siento extrañamente vacía. Por la noche, en la oscuridad de mi habitación, soy presa del llanto. Durante el día es más fácil, me siento en condiciones de dejar a un lado las emociones, ponerme mi máscara de sirviente y tratar de ser tan buena doncella como sea posible. Debo hacerlo, porque sin Alfred, Hannah es todo lo que tengo.

Las amapolas son la nueva causa de Hannah. Según explica, las hace en recuerdo a los campos de amapolas de Flandes mencionadas en el poema de un médico canadiense que fue a la guerra y no sobrevivió. Es el modo en que recordaremos este año a los caídos en la guerra.

Teddy cree que no es necesario, que si bien los muertos hicieron un valioso sacrificio, es hora de mirar hacia adelante.

– No fue un sacrificio -corrige Hannah mientras termina otra amapola-. Fue un desperdicio, sus vidas fueron desperdiciadas. Tanto la de aquellos que murieron como las de los muertos en vida que vemos en las esquinas aferrados a botellas de licor y con aspecto de mendigos.

– Sacrificio, desperdicio, es lo mismo -opina Teddy-. No seas pedante.

Hannah replica que él es un obtuso. Sin mirarlo, agrega que sería bueno que él mismo llevara una amapola. Eso podría contribuir a detener los conflictos en las fábricas.

En los últimos tiempos ha habido numerosas huelgas en las fábricas Luxton. Comenzaron después de que Lloyd George concediera un título nobiliario a Simion por sus servicios durante la guerra. Aparentemente, muchos de sus obreros lucharon o perdieron en ella a padres o hermanos y no tienen en mucha estima el historial de guerra de Simion. No hay demasiado entusiasmo por tipos como Simion o Teddy, de quienes se cree que ganaron dinero a costa de la muerte de otros.

Teddy no responde, o por lo menos no claramente. Murmura algo sobre hombres ingratos, que deberían estar felices por tener un trabajo en una época como ésta, toma una amapola y curva su tallo de alambre negro. Durante un rato permanece en silencio, fingiendo estar absorto en la lectura del periódico. Hannah y yo continuamos enroscando el papel de seda y uniendo los pétalos a los tallos.

Teddy pliega su periódico y lo arroja sobre la mesa que está junto a él. Se pone de pie y se coloca la chaqueta. Anuncia que va al club. Se acerca a Hannah y enreda suavemente la amapola en su cabello. Sugiere que la lleve ella en su lugar, dado que le queda mejor. Teddy se inclina para besarla en la mejilla y luego atraviesa la habitación. Cuando llega a la puerta duda, como si hubiera recordado algo, y regresa.

– Hay un modo seguro de dejar de lado la guerra -sugiere- y es reemplazar las vidas que se perdieron con otras nuevas.

Esta vez le toca a Hannah callarse. Se pone tensa, aunque nadie lo notaría si no estuviera esperando esa reacción. Ella no me mira. Sus dedos se elevan y desprenden del cabello la amapola de Teddy.

Hannah todavía no ha conseguido quedarse embarazada. Nunca me ha hablado de ello y por eso ignoro cómo se siente al respecto. Al principio me preguntaba si utilizaría algún método para evitarlo. Pero no puedo confirmar esa suposición. Tal vez ella sea sencillamente una de esas mujeres poco propensas al embarazo. Las afortunadas, como mi madre solía decir.

En el otoño de 1921 recibo una oferta. Una amiga de Deborah, lady Pemberton-Brown, me acorrala durante un fin de semana en el campo y me ofrece empleo. Comienza alabando mi habilidad para la costura y acto seguido me dice que es difícil encontrar una buena doncella, y que le encantaría que trabajara para ella.

Me siento halagada: es la primera vez que alguien presta atención a mi trabajo. Los Pemberton-Brown viven en Glenfield Hall y son una de las familias más antiguas e importantes de toda Inglaterra. El señor Hamilton contaba historias sobre Glenfield, y como todos los mayordomos, la usaba como referencia para comportarse.

Agradezco las amables palabras de lady Pemberton-Brown pero le digo que no es probable que abandone mi puesto en casa de los Luxton. Ella me pide que lo piense. Dice que volverá al día siguiente para saber si he cambiado de idea.

Y lo hace, entre sonrisas y halagos.

Vuelvo a decir que no. Esta vez, con más firmeza. Le digo que tengo claro cuál es el lugar al que pertenezco. Que sé con quién y para quién quiero trabajar.

Unas semanas más tarde, nuevamente en la casa del número diecisiete, Hannah descubre lo ocurrido con lady Pemberton-Brown. Una mañana me llama al salón. En cuanto entro percibo que no está de buen humor, aunque todavía no sé por qué. La veo caminar de un lado a otro de la sala.

– ¿Puedes imaginarte lo que significa descubrir, en medio de un almuerzo con siete mujeres que intentan hacerme quedar como una estúpida, que a mi doncella le han ofrecido trabajo en otra casa?

Inspiro. Me ha cogido desprevenida.

– Estaba sentada entre ellas, cuando comenzaron a hablar del asunto, entre risas por si fuera poco, fingiendo sorprenderse de que yo no lo supiera, de que algo así pudiera suceder delante de mis narices. ¿Por qué no me lo dijiste?

– Lo siento, señora.

– También yo. Necesito confiar en ti, Grace. Y pensé que podía hacerlo, después de tanto tiempo, después de todo lo que hemos pasado juntas.

Aún no he tenido respuesta de Alfred. El desánimo y la preocupación se apoderan de mi voz y le dan un matiz áspero.

– Rechacé la proposición de lady Pemberton-Brown, señora. No se me ocurrió mencionarlo porque no tenía intención de aceptar.

Hannah se detiene, me mira, suspira. Se sienta en el borde del sillón y menea la cabeza. Sonríe levemente, se la ve más pálida de lo habitual.

– Oh, Grace, perdona. Me he comportado de un modo detestable. No sé por qué he reaccionado así.

Durante un minuto guarda silencio, con la frente apoyada en una mano. Cuando levanta la cabeza me mira fijamente y me dice con voz baja y temblorosa:

– Todo es tan distinto a como había imaginado, Grace.

Se la ve tan endeble que de inmediato lamento haberle hablado tan duramente.

– ¿A qué se refiere, señora?

– A todo -afirma, mirándome con desánimo-. Todo esto: esta habitación, esta casa, Londres, mi vida. Me siento totalmente desvalida. A veces trato de recapitular para comprender cuándo tomé la primera decisión errónea. -Su mirada se aparta de mí y se dirige a la ventana-. Siento que la verdadera Hannah Hartford huyó para vivir su verdadera vida y me dejó aquí en su lugar -confiesa, volviéndose hacia mí-. ¿Recuerdas que el año pasado fui a ver a una espiritista?

– Sí, señora -digo con recelo.

– No pudo decirme nada. -Por un instante me siento aliviada. Ella continúa-: No pudo. Lo intentó: me pidió que me sentara frente a ella y tomara una carta. Pero cuando se la entregué y la miró, volvió a meterla en la baraja y me pidió que eligiera otra. Por su expresión comprendí que era la misma carta y supe cuál era. La carta de la muerte. -Hannah se pone de pie y recorre la habitación-. Al principio no quiso decírmelo. Tomó mi mano y tampoco se atrevió a contarme lo que leía en ella. Se disculpó explicando que no comprendía el significado, que era confuso, que su visión era borrosa, pero sí me aseguró algo, dijo que la muerte me estaba rondando y que debía estar atenta. No podía precisar si se trataba de muertes del pasado o el futuro, pero había algo oscuro.

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