– Sí…
No me atrevo a bajar la escalera para encontrar la cocina. La mujer que nos acompañó hasta aquí ha desaparecido y desconozco qué peligros acechan más allá del vestíbulo. Pero encuentro un baño diminuto junto al rellano. Hay una mesa repleta de pinceles y lápices, de los que se usan para maquillar, polveras y pestañas postizas. La única taza que puedo distinguir es una pesada jarra mugrienta con una serie de círculos concéntricos en su interior. Trato de limpiarlo pero las manchas son persistentes. Regreso junto a Hannah con las manos vacías.
– Lo siento, señora…
Ella me mira y respira profundamente.
– Grace, no quiero alarmarte, pero creo que Emmeline está viviendo con un hombre.
– Sí, señora -respondo, tratando de ocultar mi horror, para no aumentar su inquietud-. Eso parece.
La puerta se abre y nos volvemos para mirar. Emmeline está de pie en el quicio. La observo atónita. Tiene el cabello rubio recogido y los rizos caen desde lo alto hacia las mejillas. Las largas pestañas negras hacen que sus ojos parezcan increíblemente grandes. Sus labios están pintados de rojo brillante y usa una bata de seda similar a la de la mujer que nos recibió. A pesar de los intentos por darle aspecto de mujer adulta, conserva una apariencia infantil. Es su expresión, carece de los artificios propios de la madurez. Está genuinamente sorprendida de vernos y no puede ocultarlo.
– ¿Qué hacéis aquí? -pregunta.
– Gracias a Dios. -Hannah suspira aliviada y corre hacia Emmeline.
– ¿Qué hacéis aquí? -insiste Emmeline. Ha recuperado su pose, los párpados caídos reemplazan a los ojos abiertos de asombro, y la pequeña «o» que dibujaban sus labios se ha convertido en una mueca de disgusto.
– Hemos venido a buscarte. Vístete rápido, nos vamos.
Emmeline camina lentamente hacia el tocador, muy ufana, v se hunde en la butaca. Extrae un paquete aplastado de cigarrillos, sujeta entre los labios el que sobresale y lo enciende. Después de soltar una bocanada de humo, contesta:
– No voy a ninguna parte. No puedes obligarme.
Hannah la toma del brazo y la levanta de golpe.
– Sí puedo, y vendrás conmigo. Nos vamos a casa.
– Ahora ésta es mi casa -replica Emmeline, soltándose-. Soy una actriz. Seré una estrella de cine. Philippe dice que tengo el carisma necesario.
– Por supuesto -asevera Hannah con tristeza-. Grace, recoge el equipaje de Emmeline mientras la ayudo a vestirse.
Hannah desata la bata de Emmeline y las dos ahogamos un grito. Debajo lleva puesto un negligé transparente. Los pezones rosados asoman bajo el encaje negro.
– ¡Emmeline! -censura Hannah mientras yo me apresuro a tomar la maleta-. ¿Qué clase de película estás haciendo?
– Una historia de amor -responde, cubriéndose nuevamente con la bata mientras sigue fumando su cigarrillo.
Hannah le tapa la boca. Me mira. En sus redondos ojos azules percibo una mezcla de horror, ira y preocupación. Es peor de lo que habíamos imaginado. Las dos nos quedamos sin palabras. Saco de la maleta uno de los vestidos de Emmeline. Hannah se lo alcanza a su hermana.
– Vístete -logra decir.
Se oye un ruido, pesados pasos suben las escaleras. De pronto aparece en la puerta un hombre bajo con bigote, robusto y moreno, con un aire ligeramente arrogante. Viste un traje con chaleco de motas de color oro y bronce, que refleja la decadente opulencia de la casa. Del cigarro que sostiene entre sus labios rojos sale un humo gris.
– Philippe -anuncia Emmeline triunfante, librándose de Hannah.
– ¿Qué es esto? -pregunta el hombre con marcado acento francés. Aparentemente, el cigarro no le impide hablar-. ¿Qué creen que están haciendo? -demanda a Hannah, mientras se ubica junto Emmeline y la toma del brazo en actitud de propietario.
– La llevamos a casa -responde Hannah.
– ¿Y quién es usted? -inquiere Philippe mirando a Hannah de arriba abajo.
– Soy su hermana.
La respuesta parece complacerlo. Arrastra consigo a Emmeline y ambos se sientan en el borde de la cama. En ningún momento deja de mirar a Hannah.
– ¿Cuál es el problema? ¿Tal vez la hermana mayor quiera rodar algunas escenas junto a nuestra niña?
Hannah respira entrecortadamente. Cuando logra recuperar la compostura, contesta:
– Ciertamente, no. Nos vamos en este preciso instante.
– Yo no me voy -dice Emmeline.
Philippe se encoge de hombros como sólo un francés sabe nacerlo.
– Parece que no quiere irse.
– No es ella quien decide -replica. Hannah. Luego se dirige a mí-. Grace, ¿has terminado con la maleta?
– Casi, señora.
Hasta ese momento Philippe no había advertido mi presencia.
– ¿Una tercera hermana?
El cineasta alza una ceja en señal de admiración. Su injustificada atención me avergüenza. Me siento tan incómoda como si estuviera desnuda.
Emmeline ríe.
– Oh, Philippe. No bromees. Es Grace, la doncella de Hannah.
Aunque me halaga que me hayan tomado por una tercera hermana, agradezco que Emmeline le tire de la manga para que él deje de mirarme.
– Díselo -pide Emmeline-, cuéntale lo nuestro -agrega, mirando a Hannah con el incontrolable entusiasmo de sus diecisiete años-. Nos hemos fugado juntos porque vamos a casarnos.
– ¿Y qué opina de eso su esposa, monsieur? -pregunta Hannah.
– Él no tiene esposa. No todavía.
– Debería avergonzarse, monsieur. Mi hermana apenas tiene diecisiete años.
Como impulsado por un resorte, Philippe aparta el brazo que rodeaba los hombros de Emmeline.
– Es edad suficiente para enamorarse -afirma Emmeline-. Nos casaremos cuando cumpla dieciocho, ¿no es así, Philly?
Philippe sonríe torpemente. Se pasa las manos por el pantalón y se pone en pie.
– ¿Verdad que pensamos casarnos, tal como planeamos? -pregunta Emmeline alzando la voz-. Díselo.
Hannah arroja el vestido sobre el regazo de Emmeline.
– Sí, monsieur, dígamelo.
Una de las lámparas parpadea y la luz se apaga. Philippe se encoge de hombros. El cigarro cae de su labio inferior.
– Yo… eh…, bueno…
– Basta, Hannah -advierte Emmeline con voz trémula-. Vas a arruinarlo todo.
– Me llevo a mi hermana a casa -repite Hannah-. Y si intenta hacer esto más difícil de lo que ya es, mi esposo personalmente se asegurará de que no vuelva a filmar jamás una película. Tiene amistades en la policía y el gobierno. No dudo que estarán muy interesados en saber qué clase de películas hace.
Tras escuchar esas palabras, Philippe empieza a colaborar. Recoge algunas cosas de Emmeline que están en el baño y las guarda en su maleta, aunque según puedo apreciar, sin mucho cuidado. El mismo lleva el equipaje de Emmeline al coche, y permanece en silencio mientras ella llora, recordándole cuánto lo ama, y rogando que le explique a Hannah que van a casarse. Por fin mira a Hannah, le preocupa que las palabras de Emmeline puedan causarle problemas. Teme que el esposo de Hannah intervenga.
– No sé de qué habla. Está loca. Me dijo que tenía veintiún años -alega por fin.
Durante todo el trayecto de regreso a casa, Emmeline llora lágrimas amargas. No escucha una sola de las aleccionadoras palabras de su hermana acerca de la responsabilidad y la reputación, y de que huir no es la solución.
– Él me ama -insiste cuando Hannah termina su sermón. Las lágrimas resbalan por su cara, sus ojos están enrojecidos-. Vamos a casarnos.
Hannah suspira.
– Ya basta, Emmeline, por favor.
– Estamos enamorados. Philippe me buscará y me encontrará.
– Lo dudo.
– ¿Por qué tenías que venir a arruinar las cosas?
– ¿Arruinar qué? -grita Hannah-. Te he rescatado. Puedes considerarte afortunada de que hayamos llegado antes de que estuvieras realmente en problemas. Él está casado. Te mintió para que aceptaras hacer sus repugnantes películas.
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