Julian Barnes - Metrolandia

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Dos disparatados adolescentes, Christopher y su amigo Toni, se dedican a observar, con agudo ojo cínico, los diversos grados de chifladura o imbecilidad de la gente que les rodea: aburridos padres y fastidiosos hermanos; futbolistas de tercera y visitantes de la National Gallery; futuros oficinistas y bancarios empedernidos; y, sobre todo, esa fauna que viaja cada día en la Metropolitan Line del metro de Londres.
Es la comedia del despertar sexual de la generación inglesa de los sesenta.
La primera novela del autor (1980) merece la lectura, y no solamente por interés de documentarse.

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– Verney Junction -repitió-, Quainton Road. Winslow Road. Grandborough Road. Waddesdon. Nunca has oído hablar de ellas -dijo, seguro de sí mismo.

Puto maricón. La verdad es que era demasiado viejo para odiarlo. Llevaba el uniforme de los que viajan con abono: paraguas con una anilla de oro al final de la empuñadura, maletín, zapatos brillantes como espejos. El maletín contenía probablemente un equipo portátil nazi de rayos X.

– No.

– Antes era una línea magnífica. Tenía… ambición. ¿Has oído hablar alguna vez de la Línea Brill?

¿Qué era lo que buscaba? ¿Violarme, secuestrarme? Lo mejor era seguirle la corriente, no fuera que dentro de seis meses me viese en Turquía gordo y sin cojones.

– No.

– La Línea Brill que venía de Quainton Road. Todas las dobleuves. Waddesdon Road. Wescott. Wotton. Wood Siding. Brill. La hizo construir el duque de Buckingham. Imagínate. La había construido para su propia finca. Desde hace ya treinta años todo esto ha pasado a formar parte de la Línea Metropolitana. Sabes, yo fui en el último tren. En mil novecientos treinta y cinco o treinta y seis, algo así. El último tren de Brill a Verney Junction. Suena como el título de una película, ¿verdad?

Ninguna que yo hubiese visto. Y menos si él me lo preguntaba. Tenía que ser un violador. Cualquiera que hablase con niños en los trenes obviamente lo era, ex hypothesi. Pero este era un viejo raquítico hijo de puta, y yo estaba más cerca de la puerta. Además, tenía el paraguas. Mejor que se lo hiciese notar mientras le hablaba. A veces, esta gente se pone violenta si no les diriges la palabra.

– ¿Y qué tal la primera clase? -¿Debería decirle «señor»?

– Era una línea magnífica. La llamaban «Línea de la Prolongación» -(¿estaba empezando ya a decir guarradas?)-. Iba de Baker Street a Verney Junction. Estuvo funcionando con un vagón Pullman -(¿acaso intentaba evadir mi pregunta?)- hasta el comienzo de la guerra contra Hitler. En realidad, dos vagones Pullman. Imagínate. Imagínate un vagón Pullman en la Línea Bakerloo.

Se rió desdeñosamente, yo con adulación.

– Pues había dos. A uno lo llamaban el Mayflower . ¿Te imaginas? No puedo acordarme de cómo se llamaba el otro.

Se dio una palmada en el muslo; pero no le sirvió de mucho. ¿Iba a comenzar otra vez con las guarradas?

– No, pero uno de ellos seguro que se llamaba Mayflower . Los primeros vagones Pullman de Europa arrastrados por electricidad.

– ¿En serio? ¿Los primeros de Europa? -Estaba casi tan interesado como aparentaba.

– Sí, señor. Esta línea tiene mucha historia. ¿Conoces a John Stuart Mill?

– Sí -(por supuesto que no).

– ¿Sabes acerca de qué trató su último discurso en el Parlamento?

Creo que debo de haber dejado traslucir que no lo sabía.

– Su último discurso en la Cámara de los Comunes fue sobre el metro. ¿Te imaginas? La Ley de Regulación Ferroviaria de 1868. Se aprobó una enmienda a la ley que hacía obligatorio un vagón de fumadores en todos los trenes. Mill fue quien lo logró. Pronunció un gran discurso. Se metió a la audiencia en el bolsillo.

Estupendo. Era estupendo.

– Pero adivina qué pasó: una línea, sólo una línea, quedaba exenta. Precisamente la Metropolitana.

Se diría que había estado votando allí, personalmente, en mil ochocientos no sé cuántos.

– ¿Por qué?

– Oh. Debido al humo en los túneles. Siempre ha sido un poco especial.

Quizá no fuese tan mala persona. En todo caso, sólo quedaban cuatro paradas más. Quizá fuera una persona interesante.

– ¿Y las demás estaciones? Quinton no sé qué…

– Quainton Road. Todas estaban mucho más allá de Aylesbury. Waddesdon, Quainton Road, y luego, Grandborough, Winslow Road, Verney Junction. -(Si continúa me pongo a gritar.)- Noventa kilómetros desde Verney Junction a Baker Street; vaya línea. ¿Te lo imaginas? Incluso tenían previsto enlazarla con Northampton y Birmingham. Nuevos enlaces ferroviarios con Yorkshire y Lancashire, pasando por Quainton Road, atravesando Londres, enlazando con la vieja línea del Sudeste y, luego, unirla a Europa haciendo un túnel bajo el Canal. ¡Menuda línea!

Aquí se detuvo. Pasamos junto al patio vacío de un colegio; un tiovivo adornado con la colada puesta a secar; el reflejo de un parabrisas.

– Pero no llegaron ni a construir los enlaces para las afueras.

No cabía duda, era un cabrón elegiaco. Me habló de los salarios de los obreros y de las instalaciones eléctricas; de Lord's Station, estación que se cerró al comenzar la guerra, de alguien llamado Sir Edward Watkin y un complicado plan suyo; algún mierda ambicioso que, sin duda, no hubiera sabido distinguir un Tissot de un Tiziano.

– No era sólo ambición. También fe. Fe «en» la ambición… Hoy en día…

Advirtió el gesto involuntario de desprecio que me cruzaba el rostro cada vez que pronunciaba las últimas palabras.

– No te mofes de los Victorianos, chico -dijo severamente. De pronto, me pareció que se estaba poniendo otra vez desagradable. Quizá fuese un violador. Quizá notara que era más listo que él-. Mira lo que se ha hecho después.

¿Cómo? ¿Mofarme yo de los Victorianos? ¡No tenía otra cosa que hacer! Cuando ya me había mofado de los imbéciles, los directores de colegio, los profesores, los padres, mi hermana y mi hermano, la tercera división regional de fútbol, Moliere, Dios, la burguesía y la gente corriente, no me quedaban fuerzas más que para esbozar una triste mueca dedicada a la historia. Miré al desgraciado maricón intentando poner cara de profunda indignación moral; pero no era esa mi expresión más lograda.

– Verás, no se trata tan sólo de la gente que hizo construir y dirigió el ferrocarril. Eran también todos los demás. Quizá no te interese -(Dios, era capaz de seguir enrollándose)-, pero cuando se inauguró el primer tren de Baker Street a Farringdon Street, los pasajeros devoraron, en diez minutos exactos, todo lo que había en el buffet del restaurante de Farringdon Street. -(Quizá tuvieran hambre porque estaban asustados.)- Diez minutos exactos. Como una plaga de langostas.

Ahora parecía hablar consigo mismo, pero pensé que era más seguro colarle otra pregunta, sólo para seguir a salvo.

– ¿Fue entonces cuando se le dio el nombre de Metrolandia? -pregunté, sin estar seguro de a cuándo me refería, pero esforzándome por ocultar mi desprecio.

– ¿Metrolandia? Qué disparate. -Me dedicó su atención otra vez-. Eso fue el principio del fin. No, eso fue mucho más tarde, durante la Primera Gran Guerra. Todo fue para contentar a las inmobiliarias. Para que sonara más acogedora. Casas acogedoras para héroes acogedores. A veinticinco minutos de Baker Street y una pensión al final de la línea -dijo inesperadamente-. Hizo que se convirtiese en lo que es ahora, una ciudad dormitorio para burgueses.

Fue como si alguien arrojase una bolsa repleta de cubertería dentro de mi cabeza. Eh. Dios mío. Tú no puedes decir esto. No está permitido. Mírate a ti mismo. Yo puedo llamarte burgués a ti; bueno, eso creo, al menos. Tú no puedes. No es… ¡vaya!… Quiero decir que va contra todas las reglas conocidas. Es como un profesor que admite conocer su propio mote. Era… bueno, supongo que sólo podía contestarle con una respuesta no convencional.

– Entonces, ¿usted no es un burgués?

Repasé mentalmente sus ropas, su manera de hablar, su maletín.

– Ja. Claro que lo soy -dijo con ligereza, casi amablemente.

Su tono me devolvió la seguridad; pero sus palabras continuaban siendo un rompecabezas.

6. Tierra arrasada

Toni y yo nos empeñábamos con todo ahínco en evitar cualquier posible influencia en nuestra educación. Después de una estudiada sesión de Bruckner («Disminución del pulso; vago estirón dentro del pecho; movimientos ocasionales de los hombros, temblequeo de los pies. ¿Salir y pegarle a un marica? Bruckner, 4. aSinf. / Orq. Philh / Columbia / Klemperer»), o cuando estábamos demasiado cansados para un ligero épat, volvíamos a menudo al mismo tema.

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