Julian Barnes - Metrolandia

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Dos disparatados adolescentes, Christopher y su amigo Toni, se dedican a observar, con agudo ojo cínico, los diversos grados de chifladura o imbecilidad de la gente que les rodea: aburridos padres y fastidiosos hermanos; futbolistas de tercera y visitantes de la National Gallery; futuros oficinistas y bancarios empedernidos; y, sobre todo, esa fauna que viaja cada día en la Metropolitan Line del metro de Londres.
Es la comedia del despertar sexual de la generación inglesa de los sesenta.
La primera novela del autor (1980) merece la lectura, y no solamente por interés de documentarse.

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Silencio total. Ante esa perspectiva a uno o dos de nosotros se nos puso tiesa. Lowson sabía que no tendría ningún problema ese día; y, al tiempo que tomábamos más apuntes que nunca, nos explicó la reproducción de los conejos, casi todo en latín. La cosa, para ser sincero, no parecía un Gran Asunto. Era obvio que no podía ser lo mismo exactamente. Seguro que cuando… Pero entonces nos dimos cuenta de que Lowson se estaba yendo por las tangentes. La clase estaba casi a punto de concluir. Nuestro creciente descontento era evidente. Al final, cuando quedaba sólo un minuto:

– Bueno, ¿alguna pregunta?

– Profesor, ¿cuándomosadar reprodción humana profesor? Stanprograma.

– Ah -contestó (¿y no detectamos ahí una sonrisa de satisfacción?) -. Es muy simple. Es el mismo principio para todos los mamíferos.

Y luego salió del aula.

En otras partes del colegio, la información era igualmente difícil de obtener, al menos a través de los canales oficiales. El artículo sobre planificación familiar del volumen «Hogar» de la enciclopedia había sido arrancado del ejemplar de la biblioteca del colegio. La otra única fuente de conocimiento posible era demasiado arriesgada: las clases de confirmación que daba el director. Estas incluían un breve curso sobre el matrimonio, «cosa que no vais a necesitar por ahora, pero que no os hará daño saber». Desde luego no nos iba a hacer ningún daño: la frase más excitante que utilizaba el severo y receloso regente de nuestras vidas era «consuelo y compañerismo mutuos». Al final del curso señaló un montón de impresos que había en un rincón de su mesa.

– El que desee saber más que tome prestado uno de estos cuando salga.

También podría haber dicho: «Manos arriba todos los que abusen de su cuerpo más de seis veces al día.» Nunca vi que nadie cogiera un impreso. Nunca supe de nadie que lo hubiese cogido. Nunca supe de nadie que supiese de alguien que lo hubiese cogido. Con toda probabilidad, el mero hecho de aminorar el paso cuando uno se acercaba a la mesa del director era una ofensa punible con azotes.

Nos abandonaban, como decía Toni frecuentemente, a nuestros resabios; y lo que descubríamos era bastante incoherente. Tampoco se podía contar con preguntar a los demás chicos -por ejemplo, a John Pepper, quien presumía de haberse tirado a una mujer casada, ni a Fuzz Woolley, cuya agenda estaba llena de cruces rojas que supuestamente representaban las fechas de los periodos de sus novias -. No se podía preguntar porque todos los chistes y conversaciones sobre el tema implicaban un conocimiento mutuo e idéntico: admitir ignorancia al respecto hubiera traído imprecisas pero terribles consecuencias -parecidas a las de la interrupción de una de esas cartas que circulan en cadena.

Teníamos una ligera idea del acontecimiento principal -incluso el insuficiente resumen de Lowson nos había dejado en la cabeza el concepto de penetración-; pero la logística concreta del asunto seguía siendo confusa. Cómo era, en realidad, el cuerpo de la mujer era nuestra preocupación más básica e inmediata. Nos fiábamos mucho del National Geographic, lectura imprescindible para todos los intelectuales del colegio: aunque a veces era difícil inferir algo de una pigmea con taparrabos, recubierta de tatuajes y pinturas rituales. Los anuncios de sostenes y corsés, los posters de las películas X y la Historia del Arte de Sir William Orpen eran bastante insatisfactorios. Cuando Brian Stiles nos mostró su ejemplar de Span -una revista nudista de bolsillo (de la misma calaña que Spick )- las cosas se aclararon un poco más. O sea que así es, pensamos, contemplando el bajo vientre de una volatinera expuesto al viento.

Aunque incansablemente carnales, también éramos profundamente idealistas. Parecía una buena mezcla. No podíamos soportar a Racine porque, aunque la intensidad de los sentimientos que experimentaban sus personajes era, calculábamos nosotros, probablemente los mismos que alguna vez sentiríamos, el encadenamiento de emociones con que se desarrollaban sus argumentos nos hastiaba. Nuestro hombre era Corneille. O mejor dicho, sus mujeres eran nuestras mujeres. Apasionadas pero obedientes, fieles y virginales. Toni y yo discutíamos muchísimo sobre mujeres; aunque siempre dentro de una eventual perspectiva familiar.

– Así que tenemos que casarnos con vírgenes. -(No importaba quién iniciara el tema).

– Bueno, no es obligatorio, pero si te casas con una que no es virgen, a lo mejor resulta ninfómana.

– Pero si te casas con una virgen puede salirte frígida.

– Bueno, si es frígida, siempre te puedes divorciar y empezar de nuevo.

– Pero si…

– Pero si es ninfómana, no puedes ir al juez y decirle que no te deja en paz. Tienes que cargar con ella. Estás…

– …Perdiciiiiión. Sin duda.

Pensábamos en Shakespeare, Moliere y otras autoridades. Todos ellos estaban de acuerdo en que no había que reírse de un marido burlado.

– Entonces, tendrá que ser virgen.

– Exacto.

Y nos dábamos la mano en señal de acuerdo.

Sin embargo, nuestro acercamiento práctico a las chicas era más lento que nuestras declaraciones de principios. ¿Cómo podía descubrirse si una era ninfómana? ¿Cómo saber cuál era virgen? ¿Cómo hacer -y esto era lo más difícil- para escoger esposa? ¿Buscar una con pinta de ninfómana pero que fuese virgen?

Muchas tardes, de regreso a casa, Toni y yo nos encontrábamos con un par de chiquillas del colegio femenino que esperaban el mismo tren que nosotros en la parada de Temple. Vestían uniformes de color magenta, las dos eran morenas y llevaban medias de verdad. Su colegio estaba justo enfrente del nuestro, pero no estaba bien visto que se relacionaran con nosotros. Incluso salían quince minutos antes, para librarlas de… ¿qué? ¿Y de qué pensaban las chicas que se libraban? Ergo, todas las chicas que viajaban en el mismo tren que nosotros se habían quedado, obviamente, esperando a fin de poder viajar en el mismo tren. Ergo, querían que les dijésemos algo. Ergo, eran ninfómanas en potencia. Ergo, Toni y yo nos negábamos a devolverles sus tímidas sonrisas.

4. El callejeo provechoso

Los miércoles por la tarde no teníamos clase. A las 12:30 unos cuantos niños salían, metiendo sus gorras en la cartera, por la entrada lateral de un edificio Victoriano del Embankment. Minutos después aparecía un grupo más tranquilo de alumnos sin gorra del último curso, que bajaban lentamente las escaleras de la entrada principal balanceando sus paraguas despreocupadamente. Los miércoles, la Sociedad de Historia del colegio organizaba excursiones de estudio a Hatfield House; los fanáticos del ejército engrasaban sus bayonetas para una suerte de prácticas militares; otros chicos salían disparados llevando bajo el brazo, según fuese su deporte favorito, la toalla, enrollada como si fuera un brazo de gitano, los floretes, las bolsas de criquet, los enormes y pestilentes guantes. Los más tímidos se dirigían a sus casas, con la razonable convicción de que violadores y castradores todavía no se habían lanzado al metro.

Toni y yo nos abandonábamos al Callejeo Provechoso. Habíamos leído en algún sitio que Londres ofrecía todo lo que uno podía desear. También, por supuesto, lo ofrecía Viajar, y teníamos la intención de dedicarnos a eso más adelante (aunque ambos habíamos estado ya en el campo, y lo encontrábamos decepcionantemente vacío), porque todos aquellos que ejercían influencia sobre nosotros estaban de acuerdo en que era bueno para la mente. Pero se empezaba en Londres; y era a Londres adonde uno regresaba, finalmente, repleto ya de sabiduría. La forma de desvelar los secretos de Londres estaba en el Haraganeo. Il vaut mieux gâcher sa jeunesse que de n'en rien faire.

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