Julian Barnes - Metrolandia

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Dos disparatados adolescentes, Christopher y su amigo Toni, se dedican a observar, con agudo ojo cínico, los diversos grados de chifladura o imbecilidad de la gente que les rodea: aburridos padres y fastidiosos hermanos; futbolistas de tercera y visitantes de la National Gallery; futuros oficinistas y bancarios empedernidos; y, sobre todo, esa fauna que viaja cada día en la Metropolitan Line del metro de Londres.
Es la comedia del despertar sexual de la generación inglesa de los sesenta.
La primera novela del autor (1980) merece la lectura, y no solamente por interés de documentarse.

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Como puede verse, en aquella época nos preocupaban los grandes temas. ¿Y por qué no? ¿Cuándo, si no, puede uno preocuparse por ellos? No nos habrían sorprendido atribulados por nuestras futuras carreras» porque sabíamos que cuando fuéramos mayores el Estado pagaría a la gente como nosotros por el mero hecho de existir, de pasearnos por el mundo como hombres anuncio proclamando la buena vida. Pero asuntos como el de la pureza del lenguaje, la perfección del ser, la función del arte, más un puñado de intangibles con mayúscula como el Amor, la Verdad, la Autenticidad… bueno, eso ya era otra cosa.

Nuestro rutilante idealismo se expresaba, de forma natural, mediante una constante exhibición pública del más provocativo cinismo. Sólo nuestro afán de purificación podía explicar porqué Toni y yo nos mofábamos de los demás tan intempestiva e implacablemente. Los lemas que juzgábamos apropiados para nuestra causa eran écraser l'infâme y épater la bourgeoisie. Admirábamos el gilet rouge de Gautier y la langosta de Nerval. Nuestra guerra civil española era La bataille d´Hernani. Cantábamos a dúo;

Le Belge est très civilisé;

Il est voleur, il est rusé;

Il est parfois syphilisé;

Il est donc très civilisé.

La rima final nos encantaba, y solíamos colar la equívoca homofonía en toda ocasión durante nuestras circunspectas clases de conversación en francés. Primero chapurreábamos cualquier comentario desdeñoso e irritante en lenguaje normal. El chapurreo se iba deslizando a trompicones:

– Je ne suis pas, hum… d'accord avec ce qui… ce que? -(aquí le dirigíamos una mirada ceñuda al profesor)-, Barbarowski a, hum… juste dit…

Y entonces, uno de nuestros cómplices en la intriga irrumpía en la conversación, antes de que el profesor pudiera recuperarse del disgusto provocado por nuestro torpe chapurreo:

– Carrément, M'sieur, je crois pas que Phillips soit assez syphilisé pour bien comprendre ce que Barbarowski vient de proposer…

Y siempre colaba.

Como puede adivinarse, estudiábamos más que nada francés. Nos gustaba el idioma porque sus sonidos eran rotundos y precisos, y nos gustaba la literatura francesa, sobre todo por su combatividad. Los escritores franceses estaban luchando siempre uno contra otro, defendiendo y purificando el lenguaje, desdeñando el argot, escribiendo diccionarios preceptivos, haciéndose arrestar, siendo perseguidos por obscenidad, mostrándose agresivamente parnasianos, luchando por un asiento en la Academia, intrigando para ganar premios literarios, exiliándose. La idea de la dureza sofisticada nos atraía enormemente. Montherlant y Camus nos parecían dos guardametas. Una foto, publicada en el Paris-Match, de Henri de dirigiéndose a un baile de gala, que yo había pegado con celo en el interior de mi pupitre, era tan venerada en la clase como el retrato con autógrafo de June Ritchie, en A Kind of Loving, que tenía Geoff Glass.

No había ninguna dureza sofisticada en el programa de nuestro curso de literatura inglesa. Y desde luego, ningún guardameta. Johnson era fustigante pero no tanto como nosotros exigíamos. Después de todo, no había cruzado siquiera el Canal de la Mancha hasta poco antes de morir. Y tipos como Yeats, por otro lado, eran todo lo contrario, fustigantes, pero siempre dando el coñazo con hadas y cosas así. ¿Cómo reaccionarían los escritores ingleses si lo rojo se volviera marrón? Apenas se notaría lo ocurrido; a los franceses, en cambio, el trauma los enceguecería.

2. Dos niños pequeños

Toni y yo deambulábamos a menudo por Oxford Street tratando de parecer flâneurs . No era tan fácil como parece. Para empezar suele necesitarse un quai o, por lo menos, un boulevard, y, además, por mucho que lográsemos imitar la carencia de propósito de la flânerie misma al final de cada vagabundeo, nos quedaba siempre la sensación de no haber estado a la altura de las circunstancias. En París, habríamos dejado atrás un sofá destartalado en una chambre particulière. Aquí, lo que dejábamos atrás era la parada de metro de Tottenham Court Road, para dirigirnos a la de Bond Street.

– ¿Qué tal si «ecrasamos» a alguien? -sugerí yo, dándole vueltas al paraguas.

– La verdad, no me apetece mucho. Ayer «ecrasé» a Dewhurst.

Dewhurst, que estaba a punto de ordenarse sacerdote, era uno de nuestros tutores. Toni, ambos estábamos de acuerdo, lo había demolido completamente en el curso de una discusión metafísica mantenida con mala fe.

– Pero no me desagradaría un épat .

– ¿Seis peniques?

– De acuerdo.

Seguimos andando mientras Toni consideraba posibles víctimas. ¿Un vendedor de helados? Una presa pequeña y no lo suficientemente burguesa. ¿Aquel policía? Demasiado peligroso. Los policías formaban categoría aparte con las mujeres embarazadas y las monjas. De pronto, Toni me hizo un gesto con la cabeza y comenzó a quitarse la corbata del colegio. Hice lo mismo, la enrollé y me la metí en el bolsillo. Ahora, tan sólo éramos dos niños no identificables que llevaban camisa blanca, pantalón gris y americana negra ligeramente cubierta de caspa. Crucé la calle tras él hacia una boutique nueva (cómo desaprobábamos esas importaciones lingüísticas). Grandes letras amarillas anunciaban HOMBRES. Era, sospechábamos, uno de esos nuevos lugares peligrosos en los que te seguían hasta los probadores, introduciéndose en ellos con la intención de violarte, antes de que pudieses quitarte los pantalones. Toni miró a los dependientes uno a uno y se decidió por el de aspecto más respetable: un hombre mayor, con el pelo blanco, traje impecable, e incluso alfiler de corbata y gemelos. Sin duda un vestigio heredado de los anteriores propietarios.

– ¿Puedo ayudarle en algo, señor?

Toni miraba por encima de él los estantes de madera repletos de calcetines Banlon.

Sí, quisiera un hombre y dos niños pequeños, por favor.

¿Perdón? -dijo el vestigio antediluviano.

– Un hombre y dos niños pequeños, por favor -repitió Toni con voz de cliente obstinado. Las reglas del épat prohibían tanto ceder terreno como dejar escapar la risa-. No importa la talla.

– Perdone, señor, pero no le entiendo.

La forma en que dijo «señor», pensé yo, era de lo más fría dadas las circunstancias. Quiero decir que el tipo ya tenía que estar a punto de estallar, ¿no?

– Por el amor de Dios -dijo Toni con un tono bastante grosero-, y tienen la poca vergüenza de poner un letrero que dice HOMBRES. Ya veo que tendré que ir a otro sitio.

– Le sugiero que lo haga, señor. ¿Y puede decirme de qué escuela son?

Pusimos pies en polvorosa.

– Menudo pájaro -me lamenté mientras flaneábamos a toda velocidad.

– Sí. ¿Crees que lo he epatado?

– No está mal, no está mal. -Lo que más me había impresionado es que Toni hubiera estado tan acertado en la elección del dependiente en vez de dirigirse al que estaba más cerca de la puerta.

– De todos modos, te daré los seis peniques.

– No es «eso» lo que me preocupa. Sólo quiero saber si lo he epatado.

– Por supuesto, por supuesto. Si no, no habría preguntado por el colegio. Y oye, ¿te has dado cuenta de cómo te ha llamado señor?

Toni me miró de soslayo y sonrió, torciendo los labios como si éstos se moviesen obedeciendo a los ojos.

– Sí.

Era ese momento de la vida en que ser «señoreado» es de inestimable importancia, un símbolo codiciado muy por encima de su valor real. Mejor que conseguir autorización para utilizar la escalera principal del colegio; mejor que no tener que llevar la gorra puesta; mejor que estar sentado con los mayores durante el recreo; mejor, incluso, que llevar paraguas. Que ya es decir. Un verano estuve llevando y trayendo el paraguas de casa al colegio durante un trimestre completo, todos los días, sin que lloviera una sola vez. La categoría, y no la función, era lo que contaba. Dentro del colegio, uno podía lucirlo practicando esgrima con sus iguales o clavando su afilada punta en los pies de los niños más pequeños; pero fuera, hacía de uno un hombre. Aunque apenas se midiera metro y medio y la cara fuera un campo de batalla contra el acné ensombrecido por un poco de pelusa adolescente; aunque se caminara dando bandazos, cargado con una pesada bolsa de deporte en estado deplorable, repleta de camisetas de rugby casi podridas y unas botas apestosas; mientras se llevara paraguas, siempre cabía la remota posibilidad de lograr que alguien te llamase «señor», algo que significaba una verdadera borrachera de placer.

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