Julian Barnes - Metrolandia

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Dos disparatados adolescentes, Christopher y su amigo Toni, se dedican a observar, con agudo ojo cínico, los diversos grados de chifladura o imbecilidad de la gente que les rodea: aburridos padres y fastidiosos hermanos; futbolistas de tercera y visitantes de la National Gallery; futuros oficinistas y bancarios empedernidos; y, sobre todo, esa fauna que viaja cada día en la Metropolitan Line del metro de Londres.
Es la comedia del despertar sexual de la generación inglesa de los sesenta.
La primera novela del autor (1980) merece la lectura, y no solamente por interés de documentarse.

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Contesté su dudosa pulla arrabalera con una sonrisa de ya-lo-he-oído-antes. El libro al que se refería realmente estaba encuadernado imitando madera y era bastante pesado, pero sólo a un majadero se le ocurriría consultarlo fuera de casa.

– Sí, sí -continuó con cara de espera-que-todavía-hay-más-; una tarde me lo dejé afuera, pero entonces pensé: más vale que lo entre antes de que eche raíces y ya no pueda distinguirlo, y haga estacas de él. Ja, ja. El libro de cocina también lo tenemos.

Este último era un volumen grueso y cuadrado, encuadernado en una especie de hojalata con un retrato de la reina en la portada. El diseño quería sugerir una lata de esas galletas típicas del día de la Coronación.

– Sí, más de una vez lo he sacudido para ver si quedaba alguna dentro. Ja, ja. ¿Por qué crees que ahora la gente siempre Hace cosas que parezcan lo que no son? ¿Crees que se trata de una suerte de escapismo llevado al extremo? ¿Crees que los motivos son económicos o psicológicos?

– ¿A qué te dedicas tú? -(No me apetecía continuar con ese tema tan borde, no faltaba más.)

– Oh, al mismo negocio. Dirijo una pequeña editorial, se llama Hidebound Books.

¿Cómo?… ¿Leigh? De algún modo, había asumido la… bueno, nada específico, aunque sí una amplia gama de posibilidades sin determinar. Así que no todos eran directores de banco como Toni y yo predijimos.

– Somos cuatro gatos, pero…

– Por supuesto; publicasteis el libro de Toni, Mudos desgarros.

Hidebound Books; [8]el nombre estaba pensado como una ironía doble. Publicaban unos cuidados libros de bolsillo sobre temas diversos, en parte rellenando vacíos editoriales, en parte reimpresiones acertadas; pero también una proporción importante de obras originales. La monografía de Toni salió en una colección llamada -era una frase de Orwell- Como a mí me gusta. [9] En ella Toni decía que todo libro importante, cuando se publica por primera vez, es mal interpretado aunque sea elogiado o tenga éxito. Si tiene éxito, siempre hay alguien dispuesto a criticarlo en público; y si la crítica lo ensalza, nadie se va a preocupar de los errores de los críticos. Flaubert dijo que el éxito no interesa nunca. Fueron los fragmentos absurdos de Madame Bovary los que hicieron de esta obra un éxito. Según Toni, la psicología de aquellos que elogian el éxito por razones equivocadas es incluso más interesante que la de aquellos que lo desacreditan por las mismas razones.

– Sí, es cierto, lo publicamos nosotros. No consiguió muchas críticas, pero ya era de esperar: era demasiado provocativo para la crítica establecida. A mí me gusta mucho.

Leigh me explicó sus teorías sobre el negocio, que parecían depender mucho de lo que llamaba «bancarrota creativa».

– No… realmente las cosas nos van bien. Ahora empezamos una nueva colección. Se va a llamar Libros Scavenger. Traducciones de obras punteras, ya sabes, lo que otros llaman obras fundamentales. Principalmente franceses, pienso.

– Suena interesante.

– ¿Tentador?

– ¿Qué quieres decir?

– Necesitamos a alguien que la dirija. Tú has tenido una buena educación.

Movió la mano a un lado y a otro del comedor (tan ruidoso hoy como hacía dos décadas). Sonrió con lo que parecía ser una sonrisa no comercial.

– Podemos arreglar lo de tu sueldo; además viajarías, conocerías a unos cuantos penseurs

– Harlow Tewson no va a ir a la bancarrota por el sueldo que me paga.

– Creo que nosotros tampoco. Mira, incluso tenemos tarjeta. -(Un lujoso trabajo de Kate Greenaway, con románticos tulipanes enroscándose sobre las iniciales)-. Llámame.

Asentí. La noche comenzó a declinar con un queso derretido, café y coñac (sólo digno para un carajillo). El coronel Barker se levantó, y yo recordé, entonces, que cuando nos equivocábamos en la conjugación de los verbos solía tirarnos con fuerza de las orejas en direcciones opuestas. Con todo, mientras estaba ahí de pie, esperando que sus antiguos alumnos se callaran y con la medalla despidiendo ocasionales reflejos desde la protuberancia de su estómago, parecía repentinamente incapaz de haber inspirado miedo alguna vez. Se había convertido en el tipo de persona a quien le ofrecerías el asiento en el metro.

– Caballeros -comenzó-, iba a decir «chicos», pero ahora son ustedes más grandes que yo. Caballeros, cada vez que vengo a estas cenas acabo creyendo que las cosas no están ni la mitad de mal de lo que los periodistas quieren hacernos creer. En serio. He hablado con bastantes de ustedes esta noche y, sin exagerar en absoluto, me gustaría decir que el Colegio puede estar muy orgulloso de ustedes. -(Golpes de cubiertos, pataleos… como cuando anunciaban el equipo de rugby del colegio)-. Sé que está de moda arremeter contra cualquier cosa que haya funcionado bien durante muchos años, pero no me voy a sumar a ese coro. Creo que si algo va bien durante años es porque es BUENO. -(Más pataleos)-. En fin, dejémonos de política y de rollos. No voy a hacerles perder el tiempo con lo que yo piense. Lo diré de la forma más simple que pueda. Cuando tengan mi edad -(gritos de «qué dice» y «si está hecho un pimpollo»; Barker sonrió; su voz adquirió la calidad de un cálido graznido)-, sabrán lo que yo siento. En mis manos he tenido a muchas personas: es como contemplar el fluir de un caudaloso río de niños hacia el gran mar de la madurez. Y nosotros los profesores somos sus guardianes, los encargados de la banca, los que hacemos que el tráfico sea fluido. Ocasionalmente -(puso cara seria)-, tenemos que tirarnos al agua para sacar a alguno. Y aunque las aguas, a veces, bajen turbulentas, sabemos que este caudaloso río de niños al final llegará al mar. Esta noche me he convencido de que mis modestos esfuerzos han sido recompensados. Seré capaz de retirarme a mi caseta de esclusero con orgullo. Les doy las gracias. Ahora, un hombre viejo los dejará tomar el café en paz.

Llegué a casa algo bebido (Tim y yo hicimos un par de brindis por los ferrocarriles en el bar de la estación de Baker Street, y sonreímos comentando el discurso de Barker), pero alegre. Marion ya estaba en la cama, con una voluminosa biografía del grupo Bloomsbury que la tenía aplastada como si fuese un pisapapeles. Me desaté los cordones de los zapatos, trepé hasta la cama y deposité una mano sobre la parte superior delantera de su camisón.

– He olvidado cómo eran -musité.

– Entonces, estás borracho -respondió ella, pero sin severidad.

Quité la mano tirando del camisón hacia mí, y soplé con fuerza hacia dentro. Luego, eché un vistazo.

– Si el pezón se pone verde, como en esos tests en los que te hacen soplar… sí, vamos allá. Tienes razón otra vez, mi amor, como siempre. -(Me enderecé para ponerme de rodillas y la miré como un niño pequeño)-. Esta noche Huevo Colgante me ha ofrecido trabajo.

– ¿De qué? -Retiró mi mano de encima del camisón, adonde volvía confiada una y otra vez-: ¿De qué?

– A Huevo Colgante le llamaban Huevo Colgante -continué con el tono del viejo a quien se le hace una entrevista-, porque cuando nadábamos en el colegio, desnudos, cosa que hicimos hasta llegar a sexto curso, lo que quiero decir es que en sexto ya no fuimos a nadar más, pero cuando íbamos antes, siempre era desnudos, y Leigh, recuerdo, creo que cualquiera de nuestra generación sería capaz de recordarlo, podemos telefonear a Penny si no me crees, él lo confirmaría, tenía un huevo que le colgaba unos, oh, si no me falla la memoria y esas cosas, unos cinco centímetros por debajo del otro. Era la época en que estaban de moda las botas con elástico lateral, y nosotros, mis amigos y yo claro, solíamos decir que Huevo Colgante era el único chico del mundo con un escroto con elástico lateral. Y ahora, Huevo Colgante me ofrece trabajo. No lo entiendo. ¿Acaso no tengo ya uno?

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