Julian Barnes - Metrolandia

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Dos disparatados adolescentes, Christopher y su amigo Toni, se dedican a observar, con agudo ojo cínico, los diversos grados de chifladura o imbecilidad de la gente que les rodea: aburridos padres y fastidiosos hermanos; futbolistas de tercera y visitantes de la National Gallery; futuros oficinistas y bancarios empedernidos; y, sobre todo, esa fauna que viaja cada día en la Metropolitan Line del metro de Londres.
Es la comedia del despertar sexual de la generación inglesa de los sesenta.
La primera novela del autor (1980) merece la lectura, y no solamente por interés de documentarse.

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– Pero no lo he intentado, ni he querido hacerlo.

Estaba enfadado y me sentía culpable; pero, si he de ser sincero, tampoco quería que todo estuviera previsto. Quizá, secretamente, quería reservar todas las emociones -incluso las desagradables- para más tarde.

– No tiene importancia, Chris. No te casaste con una virgen y yo no esperaba que fueses un marido fiel a ultranza. No te creas que no soy capaz de imaginar lo que es aburrirse sexualmente.

¡Oh mierda!: se me escapaba el asunto de las manos. Yo no quería oír nada de todo aquello.

– Honestamente, cariño, pensaba en términos muy generales… casi en términos de moralidad, ejem -(sin convencimiento)-, de filosofía. Y no pensaba en mí en particular. Pensaba en los dos,…en cualquiera.

– No es cierto, Chris; si así fuera, habrías hablado primero de mí.

– ¿…?

– Y en todo caso, aunque no lo preguntes, te hago saber que la respuesta es Sí, una vez, y Sí, sólo una vez, y No, no influyó para nada en nuestra relación pues entonces las cosas no iban muy bien entre nosotros, y No, no me arrepiento particularmente, y No, ni lo conoces ni has oído hablar de él.

Dios. Coño. Joder. Me miró de frente, con franqueza y ojos serenos. Fui yo quien apartó la vista. Todo se había venido abajo.

– Y nunca he vuelto a sentir la tentación. Y ahora, con Amy, no creo que vuelva a sentirla, y todo está en orden, Chris, de verdad, todo, todo, está en orden.

Hostias. Carajo. Coño. De cualquier manera, una mierda. En fin, supongo que mi pregunta había sido contestada.

– Supongo que eso responde a mi pregunta -dije con amargura. Marion se acercó a mí y suavemente me acarició el cuello. Eso me gustó.

¿Qué se supone que tenía que sentir? ¿Qué sentía? Que era bastante gracioso, la verdad. También que era interesante. También que estaba casi orgulloso de que Marion fuera aún capaz de sorprenderme. ¿Celos, rabia, rechazo? Todo eso estaría fuera de lugar. Podía esperar hasta más adelante.

Esa noche hice el amor con Marion con frenética dedicación. Vamos, en realidad, muy bien. Al final, mientras se volvía para dormirse, Marion me sorprendió otra vez.

– ¿Ha estado mejor?

– ¿Mejor que qué?

– Que esa chica de la fiesta de Tim Penny.

Cómo podía hacer chistes sobre eso, cuando, cuando… Pero, con todo, casi me gustaba que pudiera y lo hiciera.

– Bueno, ella no estuvo mal ¿sabes? Realmente no estuvo mal para ser tan joven. Pero lo que yo digo, ¿quién quiere vino del malo cuando se puede conseguir «château» no sé cuántos?

– Borrachín -dijo ahogando una risa.

– Gourmet -le corregí; y dejamos escapar unos susurros mutuos de sueño y felicidad. ¿Estaría de verdad todo en orden?

5. Cuadros de honor

Cuando acepté la invitación de Tim Penny para asistir a la cena de antiguos alumnos fue, sobre todo, por malsana curiosidad. ¿Qué aspecto tendrían doce o trece años después de la última vez que los vi? ¿Quién habría ido, a quién reconocería? ¿Tendría Barton, el que se sentaba delante de mí en clase cuando yo tenía catorce años, el mismo bulto cartilaginoso en la oreja izquierda, o lo tendría camuflado por completo bajo un corte de pelo moldeado con secador? ¿Aún querría Steinway irse pitando al water, en cualquier momento, para hacerse una paja rápida y volver lánguido pero satisfecho? ¿Haría Gilchrist todavía esos ruidos húmedos y obscenos con las manos? (¿Trabajaría acaso en el departamento de efectos especiales de la BBC?) ¿Cuántos serían ya calvos? ¿Habría muerto alguno?

Tenía un par de horas para matar el tiempo antes de que en el colegio comenzasen a servir… ¿qué?, ¿vino aguado?… De modo que quedé con Toni para tomar una copa. Sugerí -ya que estaba a sólo cinco minutos de Harlow Tewson- que nos encontrásemos enfrente de la National Gallery. Toni contestó que ya no visitaba cementerios. Así que me fui yo solo quince minutos antes.

– ¿Alguna lápida nueva? -preguntó Toni mirándome de soslayo, como antaño, mientras nos acomodábamos ante nuestras copas (vino blanco para mí, whisky y una cerveza negra para él).

– Hay un Seurat en préstamo temporal que está bastante bien. Bueno, y el nuevo Rousseau. Aunque no les he dedicado mucha atención. -(Toni gruñó, y la espuma de la cerveza le dejó marcado un bigote)-. He notado que siempre que entro voy hacia la izquierda: Piero, Crivelli, Bellini… es lo que ahora me gusta.

– Tienes toda la razón: no hay que ir a buscar materia viva en un cementerio. También se puede mirar la obra de todos esos cabrones muertos.

– Hay que estar muerto para que expongan tu obra allí, ¿no?

– Algunos están vergonzosamente vivos. Pero los viejos cabrones que trabajan dentro de unas perspectivas totalmente obsoletas… ésos sí que pueden concentrarse, de verdad, en la técnica y esas cosas, como Crivelli.

No tenía ganas de decir que encontraba a los santos y mártires de Crivelli -los rostros cansados y góticos y las joyas tridimensionales- bueno… bastante conmovedores.

– ¿Te acuerdas de nuestros tontos experimentos allí? -me interesaba ver cómo iba a reaccionar Toni.

– Coño, ¿qué tenían de tontos, eh? -Siempre me olvidaba de lo pronto que se cabreaba-. ¿Acaso no íbamos por buen camino? Admito que estábamos fundamentalmente equivocados en la elección de nuestros especímenes: buscar aunque fuera la más mínima respuesta entre aquellos chupatintas, entre aquella sarta de tenderos que andan rondando por esos sitios, es tan inútil como buscarle el pito a un eunuco. Pero al menos buscábamos. Al menos creíamos que el arte tenía que ver con algo que sucedía de verdad, que no era todo hacerse pajas con acuarela.

– Hmmm.

– ¿Qué quiere decir ese hmmm?

– ¿No te preguntas a veces si, en el fondo, no es más que eso?

– Chris… -Parecía sorprendido, desengañado. No era ni enfado ni desprecio, como yo había esperado-. Venga, Chris, no me digas que tú también. Ya sé que siempre te estoy cabreando. Pero de verdad no piensas así, ¿eh?

Por primera vez parecía capaz de sentirse herido, y yo, por primera vez, no quise apaciguarlo. Recordaba su frase sobre Marion y la esponja.

– No sé. Antes creía que lo sabía. Me gusta todo tanto como siempre: leo, voy al teatro, me gusta el cine…

– Cine de maricones muertos.

– Películas antiguas, de acuerdo. Me gusta todo eso. Siempre me ha gustado. Aunque no sé si existe algún vínculo entre ellos y yo; si la conexión en que nos forzamos a creer existe de verdad.

– No empieces con Wagner y los nazis, por favor.

– De acuerdo, pero ¿no es un poco como las catedrales y la falacia religiosa? Que las pretensiones del arte sean muchas, no las hace más válidas.

– Nooo -dijo Toni, como hablando con un niño.

– Y honestamente, no creo que nuestros experimentos, como les llamábamos nosotros, demostrasen absolutamente nada.

– Nooo.

– Así que el único lugar en donde se puede intentar averiguar si todo se reduce a hacerse o no pajas con acuarelas, como tú has dicho, es en ti mismo.

– Síii.

– Bueno. Pues, supongo que desde que empezamos nuestros experimentos estoy, de forma gradual, cada vez menos convencido.

Levanté la vista esperando ver a un Toni siniestro. Fruncía el ceño y parecía dolido.

– No niego que todo eso no sea… -lo miré otra vez, nervioso-, …divertido, ya me entiendes, conmovedor y todo eso, y también interesante. Pero por lo que se refiere a lo que realmente hace, ¿qué se puede decir? ¿Qué se puede decir, en realidad, a favor de la National Gallery?

– Que es una mierda, estoy de acuerdo.

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