Elia Kazan - Actos De Amor
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Costa quiso que Teddy se colocara a la cabecera de la mesa y Ethel, al extremo opuesto, el doctor y mistress Laffey, uno junto al otro en la parte opuesta a la puerta de la cocina, y su propia silla cerca de esa puerta ya que él sería quien serviría. Rechazó todas las ofertas para ayudarle.
– Todo lo que hacéis vosotros, comer lo que yo traiga -dijo.
Sirvió el «Soave Bolla» y brindó por mistress Laffey, deseándole aquello que él sabía ella no gozaba, salud y felicidad. La mujer se rió atipladamente. Se ruborizó después como una adolescente, volviéndose hacia su marido para observar lo que él pensaba de toda esa galantería.
Costa, entretanto, había desaparecido. Familiarizado ya más que nadie con los recursos de la despensa, regresó con cinco platos del juego que regalaron a los Laffey en su boda, y que Costa había descubierto en el fondo de un estante superior. Eran piezas adornadas, con los bordes festoneados y dorados.
– ¡Oh, Edward! ¿Recuerdas? -gorjeó mistress Laffey.
– Me acuerdo -respondió el doctor Laffey. Se inclinó y besó a su esposa en la frente, un gesto sentimental llevado a cabo sin ningún sentimiento.
Se presentó entonces la erupción.
– Desearía -dijo Costa mientras aclaraba el centro de la mesa para colocar su gran ensalada griega-, desearía únicamente que ese cura jugador de golf estuviese aquí. Ahora recuerdo muchas cosas para decirle.
– Es un hombre excelente -dijo el doctor Laffey-. Yo esperaba que lo convencería a usted…
– Me convence de nada -dijo Costa-. Quizá yo le convenza a él de algo.
– ¿De qué, por ejemplo? -preguntó el doctor. Sabía que había llegado el momento de la confrontación.
El lugar en el centro de la mesa se había aclarado.
– Las ideas griegas no cambian -dijo Costa. -Entonces, ¿por qué seguimos encontrándonos? -El doctor Laffey agarró el toro por los cuernos.
– Estamos esperando que usted vea el modo adecuado -dijo Costa.
– Esto resulta francamente arrogante por su parte -dijo el doctor Laffey. Sabía que era el momento de atacar-. ¿No lo crees así, Teddy? ¿Y tú, Ethel, no lo crees realmente?
– Yo no -respondió Ethel.
– Ya sé lo que tú piensas -dijo el doctor despreciativamente-. Hace ya muchos años que no espero ninguna lealtad de ti…
– No digas eso -gritó Emma Laffey con fuerza sorprendente. Y prosiguió, en murmullo, inclinándose para que pudiera oírse debidamente-: Edward, por favor, no digas eso.
– Estáte callada, Emmie -dijo el doctor Laffey-. No sirve de nada posponer el asunto. Desearía que te dieses cuenta de qué tú tampoco me ayudas en absoluto, así que deja esto para mí.
Mistress Laffey se dio un golpecito a un lado de la cabeza y miró al techo. Un párpado comenzó a temblaría.
– Doctor Laffey -dijo Costa-, no es cortés hablando a su esposa en este estilo delante de forasteros. Ella es mujer excelente, sensible…
– No se mezcle también, por favor, en este terreno de mi vida familiar -respondió el doctor Laffey-. No pienso tolerarlo.
Se volvió entonces bruscamente en su silla, presentando el costado de su cuerpo a Costa, y se dirigió a Teddy.
– Puedo hablar contigo, y sólo contigo, un momento. Primero deja que te diga que respeto ese uniforme. Supongo que eres lo que pareces ser, un joven oficial de tercera clase de la Marina, de buena conducta, y que respetas los credos de esta sociedad como debes respetar los de la mujer que has escogido para ser la madre de tus hijos.
– Papá, ¡qué rollo! -dijo Ethel.
– Cállate, por favor -dijo el doctor-. Callaos, todos vosotros. Dejadme hablar sin interrupción con el muchacho que está solicitando convertirse en mi yerno. ¿Puedo hacer eso? ¿Por una vez?
– ¿Y quién lo detiene? -preguntó Costa.
– Usted. Usted atemoriza a su hijo. El chico tiene miedo a tener sus propias opiniones. No puedo comprender, a menos que se libere de su dominio, cómo puede ser un oficial naval eficiente.
– No preocuparse, un alto respeto, ¡también eficiente!
– Padre, por favor, quisiera oír lo que el doctor Laffey ha de decirme.
– Tú oyes, todos oímos.
– Quiero oírle ahora, y quiero responderle ahora.
– Muy bien, muy bien, sí, qué, doctor, ¿qué? ¡Hable!
– En primer lugar, siéntese, por favor, siéntese en su silla.
Costa miró rápidamente hacia la cocina donde su ensalada estaba perdiendo el frescor en su baño de aceite de oliva, jugo de limón y vinagre.
– Deja estar la maldita ensalada, padre… -dijo Teddy.
– No me hables en ese tono, chico, Teddy. ¡No olvides quién eres y quién soy!
– Quiero olvidarlo. Respeto tus deseos, pero ahora el problema no eres tú. Es el doctor Laffey. Así que calla y siéntate.
Teddy supo impresionar a Costa. Costa se sentó.
– Doctor Laffey, estaba usted diciendo algo sobre mi uniforme. -Teddy sonrió al doctor y esperó.
– Quiero que sepas -comenzó el doctor Laffey- que yo también estuve en la Marina durante la pasada guerra, como teniente al mando de tres cuerpos militares médicos que desembarcaron en Tarawa en la primera oleada. Los muertos tuvieron que apilarse como leña en la playa de aquella isla que todos hemos olvidado. Operábamos a la luz de cuatro linternas en una pequeña casamata japonesa una hora después de que los marinos la habían hecho desalojar. Durante esas primeras treinta y seis horas tratamos a más de un centenar de hombres. Únicamente cuatro murieron. De modo que yo no pido tu respeto, te lo exijo.
– Y yo se lo entrego -dijo Teddy.
– Yo también -dijo Costa-, pero por el amor de Dios, diga algo.
– El motivo por el que nosotros luchamos entonces, y que tu uniforme simboliza todavía, es la democracia. La igualdad. ¿Cómo puedes tú decir por un lado que quieres a mi hija, y por el otro ignorar sus deseos, despreciar todo aquello en que ella cree? Eso no es democracia. Tu padre es una reliquia de un pasado muerto, es antediluviano; pero tú, ¿cómo eres tú?
– En este asunto, tengo la intención de satisfacer a mi padre.
– ¡Pero lo que él representa es la intolerancia! ¿Cómo puede un oficial de la Marina de los Estados Unidos tomarlo seriamente?
– Yo lo tomo seriamente -dijo Ethel.
Todos sabían que así era.
– Preferiría hacer algo ilógico, llegar incluso a la locura para él, que algo sensato para usted. ¿Qué gana usted haciendo mofa de su tradición? Es mejor que la de usted y es mejor que la mía.
El doctor Laffey miró fijamente a su hija.
– ¿Y cómo puedes esperar convencerme con todas esas patrañas sobre nuestra religión? ¿Nosotros religiosos? ¡Tú! El hombre que acaba de matar a su esposa con algunas palabras escogidas. Mírala, sentada ahí a tu lado. Anulada por tu mano. Mírala. Te desafío. Perdóname, madre, pero…
– No, tienes razón, tienes razón. -Mistress Laffey se echó a llorar.
– Siento haber dicho eso -dijo Ethel.
– No lo sientes -dijo el doctor Laffey-. ¡Ni lo pretendas!
Mistress Laffey se levantó torpe y lentamente, cogió su bastón, y rechazando todas las ayudas que se le ofrecían, se alejó de la mesa.
Siguió un silencio.
Costa recordó la ensalada, pero no hizo nada.
– Hay muchas cosas que podría decirte a ti y de ti -dijo el doctor Laffey a su hija-. Pero prefiero no hacerlo.
– ¡Di lo que quieras! -le retó Ethel.
El doctor Laffey sonrió a su hija y salió del comedor.
Teddy se acercó a su padre y le besó.
– Es todo tuyo, Kitten -oyeron que el doctor decía desde el salón-. Haz lo que quieras…
Se detuvo. Había oído que Ethel estaba sollozando.
Ethel que se arrojó, no hacia Teddy, sino hacia su padre. Con igual gesto instintivo, Costa la sentó en su regazo, apoyando la cara de la muchacha contra su grueso y musculoso cuello.
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