Dino Buzzati - Un amor

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Un amor es una novela de gran intensidad literaria, que absorbe al lector desde la primera página. Narra la historia de un enamoramiento, de una experiencia personal inusitada y turbadora. Si bien por su tema, por su enfoque y por su escenario difiere del resto de las novelas de Buzzati, tiene en común con ellas su calidad, un trasfondo de preocupación ética y una poesía en la que reconocemos inequívocamente a su autor. Cuando se publicó por primera vez en 1963, Un amor se convirtió rápidamente en uno de los primeros «best sellers» de la historia de Italia. Esa aceptación por parte del público no ha cesado tantos años después, y hoy sigue siendo considerada como una de las obras maestras de Buzzati. Esta edición ha recibido el Premio de Traducción del Ministerio Italiano de Asuntos Exteriores en el año 2005.

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«Menuda canalla eres tú».

«Ánimo, lumbrera. Un poco de tercer grado te viene bien».

«¿Y de mí qué decía?»

«¡Ya salió! De ti decía que eras aburrido, que no le dabas respiro, que para tenerte tranquilo había de telefonearte veinte veces al día, que, cuando tenía que hacer el amor contigo, se sentía a morir, que no te dejaba poner los pies en su casa de noche…»

«Es cierto».

«Así de noche estaba libre para hacer de las suyas. Tienes lo que se dice motivos para estar orgulloso. ¿Sabes que por una temporada dormían allí Fausta y su amigo?»

«Sí, me lo había dicho».

«¿Y también te dijo que dormían los tres en la misma cama, él en medio y con una chica a cada lado? ¿Acaso crees que hablaban de filosofía?… Pero, ¿qué te pasa? Tú no estás bien… estás pálido como… La culpa es mía… anda, vamos, ven a tomar un whiskey a mi casa y después te vas a la camita».

Piera vivía en una casa nueva, tenía un pisito con terraza, muebles de bastante buen gusto, un gran armario lleno de vestidos, pero Antonio no sentía curiosidad por mirar, el mundo entero se le agitaba dentro.

«Anda, siéntate, tienes una cara… te sentías a morir, ¿verdad?, cuando te hablaba de tu amorcito. Sí, yo soy mala, ¿sabes que soy mala?»

«No, no tienes cara de mala».

«Pero contigo hay que ser malo, ahora comprendo muchas cosas: si yo hubiera estado en el lugar de Laide, te las habría hecho peores».

«¿Porqué?»

«Porque, con toda tu inteligencia, eres el hombre más idiota que he conocido en mi vida e, igual que te creías todas las historias que te contaba Laide, ahora te crees todo lo que te cuento yo…»

«Entonces, ¿no son ciertas?»

«¿Qué sé yo? Algunas, sí y otras menos, tú esta noche necesitabas una ducha escocesa».

Y lanzó una carcajada con ganas.

«Desde luego, son cosas espantosas; como comprenderás, para mí…»

«Imagínate si comprendo lo espantosas que son: te las he dicho aposta. Pero ahora, después de haber hablado de Laide, ¿por qué no hablamos un poco también de ti?»

«¿En qué sentido?»

«A ver, dime, por ejemplo: tú la odias ahora, la desprecias, tal vez la maldigas, la estrangularías, ¿verdad?»

«Reconocerás que conmigo se ha portado como…»

«¿Cómo una puta, quieres decir? Pero, ¿acaso crees tú ser mejor que ella?»

«Yo la quería, yo con ella siempre he sido honrado».

«Sé sincero: ¿te habrías casado con ella?»

«¡Qué cosas dices! Bastaría pensar en la diferencia de edad, ella misma habría dicho que no».

«La diferencia de edad: no me hagas reír. ¿Es que no estabas enamorado de ella?»

«Por desgracia, sí».

«Entonces, ¿te habrías casado con ella?»

«Pero piensa simplemente en la vida que ha llevado».

«Ahí te esperaba yo, querido señor mío de buena familia. Un burgués, eso es lo que eres -ése es el asunto-, asquerosamente burgués, con la cabeza llena de prejuicios burgueses, orgulloso de tu respetabilidad burguesa. ¿Qué querías que hiciese Laide con tu respetabilidad burguesa? ¿Y tú qué eras para ella?»

«Yo la he querido en serio».

«¿Que la has querido en serio? Simplemente, te enamoraste de ella, la necesitabas, hiciste de todo para tenerla, de forma brutal, pero lo hiciste. Ahora bien, la considerabas una desgracia, ¿es o no es cierto que la considerabas una desgracia?»

«Es que era una desgracia».

«¿Y llamas a eso amor? Pero, ¿la hiciste entrar en tu vida? ¿La admitiste en tu casa? ¿Le presentaste a tu familia?»

«Todo esto es absurdo».

«Absurdo, ya lo sé. También yo fui a chocar contra ese maldito muro. Por si te interesa, te diré que también yo tuve un amigo, un ingeniero, un buen mozo. Le habría gustado casarse conmigo. También él era un burgués, pero un poco menos que tú. Cuando su madre se enteró, fue el fin del mundo: "Si te casas con ésa", le dijo, "para mí será como si te hubieras muerto". Una mujer de principios rígidos. ¡Ah, cómo me gustan a mí los principios rígidos!»

«¿Y te dejó?»

«No. Aún nos vemos, pero yo soy la puta, verdad; para él siempre seré la puta. Vosotros los burgueses nos consideráis una raza inferior, aunque nos necesitéis, aun cuando os arrastréis a nuestros pies. ¿Y tú llamas amor a eso? La posición social, la estima del mundo, la dignidad, el prestigio familiar: bonitos asuntos. ¿Quién nos ha hecho como somos? Yo escupo en vuestra dignidad».

«Ya, pero hay miles de muchachas que trabajan».

«Me lo esperaba, hace media hora que me lo esperaba. La pregunta infalible: "Pero, ¿por qué no vais a trabajar?" ¿Quieres saber por qué? Porque vosotros, los burgueses, con vuestro sucio dinero, nos habéis impedido ir a trabajar».

«¿Eres marxista por casualidad?»

«¡Qué voy a ser marxista! Soy fascista. ¿Qué tendrá que ver el marxismo? Si acaso, tendrá que ver la caridad cristiana. ¿Te has preguntado alguna vez dónde nació Laide, en qué ambiente se crió, entre qué gente vivió, qué educación recibió, quién la quiso de verdad, cuando era una niña? Te he contado cosas horrendas de ella, pero, ¿sabes lo que te digo? Es mucho menos puta que yo, Laide. Ella carece del vicio que tengo yo, ella aprecia el buen nombre, ella no es tan valiente como yo, tal vez porque -discúlpame, ¿eh?- es menos inteligente. Tal vez yo no, pero ésa, si hubiera nacido en una familia como la tuya, ¿crees que se habría puesto a hacer de chica de alterne? Una mujer de principios rígidos es lo que habría llegado a ser, me parece verla: inflexible con las chicas de costumbres fáciles, idéntica a la que podría haber sido mi suegra y no lo fue y a quien ojalá lleve el diablo».

«Pero, ¿por qué me sueltas este sermón? ¿Me consideras un moralista idiota? A fin de cuentas, me parece que no tengo demasiados prejuicios, ¿no?»

«¡Qué valor tienes! Eso cuando te resulta cómodo, pero tu falta de prejuicios la dejas en la portería, al volver a casa».

«Bueno, pero, ¿qué hizo ella por mí?»

Piera guardó silencio, lo miró con una sonrisa melancólica y bondadosa.

«A ver, lumbrera. ¿Has intentado alguna vez ponerte en su lugar? Fuerza un poco las meninges. Imagínate que eres una chiquilla que sale adelante mal que bien prostituyéndose. Conoces a un hombre ya mayor que dice haberse enamorado de ti, un soltero, no rico precisamente, pero que se gana bien la vida, y ese hombre no te propone casarse contigo, no, porque eso no tendría ni pies ni cabeza: las conveniencias sociales y trolas por el estilo. Te propone que seas su amante fija y te ofrece un estipendio. Lo que pide es comprarte, en pocas palabras. Tú haces tus cálculos, sopesas la conveniencia y aceptas. Él te paga y, como te paga, debes salir con él, ir de paseo con él, acostarte con él: porque te paga. Además, está enamorado en serio y, por tanto, tiene celos, sospechas, resulta aburrido, pero tú no eres su mujer, eres sólo la amiguita clandestina, la pequeña mantenida. No estás admitida en su casa, no frecuentas las casas de sus amigos, él lleva una vida aparte y en su vida de verdad, la que cuenta, tú no metes la nariz. ¿Has captado la idea? Y ahora, ¿quieres decirme cómo tú, la chica, podrías quererlo de verdad?»

«Siempre habría sido mejor que antes, para ella».

«¿Estás seguro? Mejor para la seguridad de la pasta, pero, ¿y la libertad? Vendida al mejor postor con la obligación de la exclusividad».

«Yo nunca le he negado la libertad».

«¡Qué valor tienes! Entonces, si tú hubieras sabido que ella se acostaba regularmente con ese cara de cordero, ¿cómo se llama?»

«¿Marcello?»

«Eso. Si tú hubieras sabido que se acostaba con Marcello, ¿qué habrías dicho?»

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