Isabel Allende - Eva Luna

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Una niña solitaria se enamora del amante de su madre y practica misteriosas ceremonias rituales; una mujer permanece medio siglo encerrada en un sótano, víctima de un caudillo celoso; en el fragor de una batalla, un hombre viola a una muchacha y mata a su padre… Estas son algunas de las historias reunidas en este volumen que recupera, con pulso vibrante, los inolvidables protagonistas de la novela Eva Luna: Rolf Carlé, la Maestra Inés, el Benefactor… Veintitrés relatos de amor y violencia secretamente entrelazados por un fino hilo narrativo y un rico lenguaje que recrea azarosas peripecias en un mundo exuberante y voluptuoso.
Con ternura e impecable factura literaria, Isabel Allende perfila el destino de sus personajes como parte indisoluble del destino colectivo de un continente marcado por el mestizaje, las injusticias sociales y la búsqueda de la propia identidad. Este logrado universo narrativo es el resultado de una lúcida conciencia histórica y social, así como de una propuesta estética que constituye una singular expresión del realismo mágico.

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Rolf conocía la ruta, porque había andado por allí a menudo cuando iba con Jochen a cazar culebras, a colocar trampas para zorros o a buscar leña. En ocasiones los hermanos se sentaban bajo los árboles frente al cerco de alambre de púas, ocultos por el follaje. La distancia no les permitía ver con claridad y se limitaban a escuchar las sirenas y a husmear el aire. Cuando soplaba viento, ese olor peculiar se metía en las casas, pero nadie parecía notarlo, porque jamás se hablaba de ello. Esa era la primera vez que Rolf Carlé, o cualquier otro habitante de la aldea, cruzaba las puertas metálicas y le llamó la atención el suelo erosionado, limpio de toda vegetación, yermo como un desierto de polvo estéril, tan diferente de los campos de la región en esa época del año, cubiertos de una suave pelusa verde. La columna recorrió un largo sendero, atravesó varias barreras de alambres enrollados, pasó bajó las torres de control y los emplazamientos donde antes estaban las ametralladoras y llegó por fin a un gran patio cuadrado. A un lado se alzaban galpones sin ventanas, al otro una construcción de ladrillos con chimeneas y al fondo las letrinas y los patíbulos. La primavera se había detenido en las puertas de la prisión, todo era gris, envuelto en la bruma de un invierno que se había eternizado allí. Los aldeanos se detuvieron cerca de las barracas, todos juntos, tocándose para darse ánimo, oprimidos por esa quietud, ese silencio de caverna, ese cielo vuelto ceniza. El comandante dio una orden y los soldados los empujaron como ganado, llevándolos hasta el edificio principal. Y entonces todos pudieron verlos. Estaban allí, docenas de ellos, amontonados en el suelo, unos encima de otros, revueltos, desmembrados, una montaña de pálidos leños. Al principio no pudieron creer que fueran cuerpos humanos, parecían marionetas de algún macabro teatro, pero los rusos los punzaron con los fusiles, los golpearon con las culatas y tuvieron que aproximarse, oler, mirar, permitir que esos rostros huesudos y ciegos se les grabaran a fuego en la memoria. Cada uno sintió el ruido de su propio corazón y nadie habló, pues nada había que decir. Por largos minutos permanecieron inmóviles hasta que el comandante tomó una pala y se la pasó al alcalde. Los soldados repartieron otras herramientas.

– Empiecen a cavar, dijo el oficial sin levantar la voz, casi en un susurro.

Enviaron a Katharina y a los niños más pequeños a sentarse al pie de las horcas mientras los demás trabajaban. Rolf se quedó con Jochen. El suelo estaba duro, los guijarros se le incrustaban en los dedos y se le metían entre las uñas, pero no se detuvo, agachado, con el pelo en la cara, sacudido por una vergüenza que no podría olvidar y que lo perseguiría a lo largo de su vida como una incansable pesadilla. No levantó la vista ni una sola vez. No escuchó a su alrededor más sonidos que el hierro contra las piedras, las respiraciones jadeantes, los sollozos de algunas mujeres.

Había caído la noche cuando terminaron los hoyos. Rolf notó que habían encendido los focos de seguridad en las torres de vigilancia y que la noche se había vuelto clara. El oficial ruso dio una orden y las gentes del pueblo tuvieron que ir de dos en dos a buscar los cuerpos. El niño se limpió las manos refregándolas contra el pantalón, se sacudió el sudor del rostro y avanzó con su hermano Jochen hacia aquello que los estaba aguardando. Con una ronca exclamación su madre intentó detenerlos, pero los muchachos siguieron adelante, se inclinaron y tomaron un cadáver por los tobillos y las muñecas, desnudo, calvo, huesos y piel, liviano, frío y seco como porcelana. Lo levantaron sin esfuerzo, aferrados a esa forma rígida, y echaron a andar en dirección a las tumbas cavadas en el patio. Su carga osciló levemente y la cabeza cayó hacia atrás.

Rolf se volvió para mirar a su madre, la vio doblada por las náuseas y quiso hacerle un gesto de consuelo, pero tenía las manos ocupadas.

La faena de sepultar a los prisioneros terminó pasada la medianoche. Llenaron las fosas y las cubrieron de tierra, pero aún no había llegado el momento de irse. Los soldados los obligaron a recorrer las barracas, a meterse en las cámaras de muerte, a examinar los hornos y pasar bajo las horcas. Nadie se atrevió a rezar por las víctimas. En el fondo sabían que a partir de ese instante intentarían olvidar, arrancarse ese horror del alma, dispuestos a no mencionarlo nunca, con la esperanza de que el paso de la vida pudiera borrarlo. Por fin regresaron a sus casas arrastrando los pies, muy lentamente, agotados.

El último era Rolf Carlé, caminando entre dos filas de esqueletos, todos iguales en la desolación de la muerte.

Una semana más tarde apareció Lukas Carlé, a quien su hijo Rolf no reconoció, porque cuando se fue al frente él todavía no tenía uso de razón y el hombre que entró bruscamente en la cocina esa noche no se parecía en nada al de la fotografía sobre la chimenea. Durante los años que vivió sin padre, Rolf se inventó uno de dimensiones heroicas, le puso uniforme de aviador y le tapizó el pecho de condecoraciones, convirtiéndolo en un militar soberbio y valiente, de botas lustrosas en las cuales un niño podía mirarse como en un espejo. Esa imagen no guardaba relación alguna con el personaje surgido de súbito en su vida, de modo que no se molestó en saludarlo, confundiéndolo con un mendigo. El de la fotografía llevaba bigotes bien cuidados y sus ojos eran plomizos como nubes de invierno, autoritarios y fríos. El hombre que irrumpió en la cocina vestía un pantalón demasiado grande amarrado con una cuerda en la cintura, una casaca rota, un pañuelo sucio atado en el cuello y en vez de las botas de espejo, sus pies iban envueltos en trapos. Era un tipo más bien pequeño, mal afeitado con el pelo erizado y cortado a mechones. No, no era nadie que Rolf conociera. El resto de la familia, en cambio, lo recordaba con precisión. Al verlo, la madre se tapó la boca con ambas manos, Jochen se puso de pie volteando la silla en la prisa por retroceder y Katharina corrió a cobijarse bajo la mesa, un gesto que no había hecho en mucho tiempo, pero que su instinto no había olvidado.

Lukas Carlé no volvió por nostalgia del hogar, puesto que nunca sintió que pertenecía realmente a ese pueblo o a ningún otro, era un ser solitario y apátrida, sino porque estaba hambriento y desesperado y prefirió el riesgo de caer en manos del enemigo victorioso al de seguir arrastrándose por los campos. Ya no resistía más. Había desertado y tuvo que sobrevivir ocultándose de día y circulando de noche. Se apoderó de la identificación de un soldado caído, planeando cambiar su nombre y borrar su pasado, pero pronto comprendió que en ese vasto continente destrozado no tenía adonde ir. El recuerdo de la aldea, con sus casas afables, huertos, viñedos y la escuela donde trabajó tantos años, le resultaba muy poco atrayente, pero no tenía otra elección. Durante la guerra obtuvo algunos galones, no por méritos de coraje, sino por ejercicio de crueldad. Ahora era otra persona, pues había tocado el fondo pantanoso de su alma, sabía hasta dónde era capaz de llegar. Después de haber alcanzado los extremos, de haber traspasado el límite de la maldad y del placer, le parecía una suerte minúscula volver a lo de antes y resignarse a enseñar a un grupo de mocosos malcriados en una sala de clases. Razonaba que el hombre está hecho para la guerra, la historia demuestra que el progreso no se obtiene sin violencia, aprieten los dientes y aguanten, cierren los ojos y embistan, que para eso somos soldados. El sufrimiento acumulado no logró provocarle ninguna añoranza por la paz, sino más bien acuñar en su mente la convicción de que sólo la pólvora y la sangre pueden gestar hombres capaces de conducir la barca zozobrante de la humanidad a buen puerto, abandonando en las olas a los débiles e inútiles, de acuerdo a las leyes implacables de la naturaleza.

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