Partí con el Negro a deshacernos del automóvil. Lo llevamos a la espesura y lo despeñamos en un barranco insondable, más allá de la algarabía de los loros y el desenfado de los monos, donde lo vimos rodar sin escándalo, silenciado por las
hojas gigantescas y las lianas ondulantes y desaparecer devorado por la vegetación, que se cerró sobre su huella sin dejar rastro. En las horas siguientes llegaron uno a uno los seis guerrilleros, todos a pie y por diversos caminos, con la compostura de quienes han vivido largamente en la inclemencia. Eran jóvenes, decididos, serenos y solitarios, tenían las mandíbulas firmes, los ojos afilados y la piel ofuscada por la intemperie, marcados los cuerpos de cicatrices. No hablaron conmigo más de lo necesario, sus movimientos eran medidos, evitando todo derroche de energía. Habían escondido parte de sus armas y no las recuperarían hasta el momento del asalto. Uno de ellos se perdió bosque adentro guiado por un indígena, iba a apostarse en la orilla del río a observar el Penal con catalejos; otros tres se fueron en dirección al aeropuerto militar donde debían instalar los explosivos, siguiendo las instrucciones del Negro; los dos restantes organizaron lo necesario para la retirada. Todos llevaron a cabo sus quehaceres sin aspavientos ni comentarios, como si fuera un oficio rutinario.
Al atardecer llegó por el sendero un jeep y corrí a recibirlo, deseando que fuera al fin Huberto Naranjo. Había pensado mucho en él, con la esperanza de que un par de días juntos podría cambiar por completo nuestra relación y, con suerte, devolvernos ese amor que alguna vez llenó mi vida y hoy parecía descolorido. Lo último que imaginé fue que del vehículo descendería Rolf Carlé con una mochila y su cámara. Nos miramos desconcertados, pues ninguno esperaba ver al otro en ese lugar y en esa circunstancia.
– ¿Qué haces aquí? pregunté.
– Vengo por la noticia, sonrió él.
– ¿Cuál noticia?
– La que ocurrirá el sábado.
– Vaya… ¿cómo lo sabes?
– El Comandante Rogelio me pidió que la filmara. Las autoridades tratarán de silenciar la verdad v yo vine para ver si puedo contarla. ¿Y por qué estás tú aquí?
– Para amasar.
Rolf Carlé escondió el jeep y partió con su equipo siguiendo los pasos de los guerrilleros, quienes ante la cámara se cubrían las caras con pañuelos para no ser reconocidos más tarde. Entretanto yo me dediqué a la Materia Universal. En la penumbra de la choza, sobre un trozo de plástico extendido en el suelo de tierra apisonada, junté los ingredientes tal como había aprendido de mi patrona yugoslava. Al papel remojado le agregué igual proporción de harina y cemento, lo ligué con agua y lo sobé hasta conseguir una pasta firme de un color gris, como leche de ceniza. La estiré con una botella ante la mirada atenta del jefe de la tribu y de varios niños, que comentaban entre ellos en su lengua cantarina, gesticulando y haciendo morisquetas. Preparé una masa gruesa y flexible y con ella envolví las piedras, escogidas por su forma ovalada. El modelo era una granada de mano del Ejército, trescientos gramos de peso, diez metros de acción, veinticinco de alcance, metal oscuro. Parecía una pequeña guanábana madura. Comparada con el elefante de la India, los mosqueteros, los bajorrelieves de las tumbas faraónicas y otras obras fabricadas por la yugoslava con ese mismo material, la falsa granada era muy sencilla. Sin embargo necesité realizar varias pruebas, porque hacía mucho que no practicaba y la ansiedad me atoraba el entendimiento y me agarrotaba los dedos. Cuando logré las proporciones exactas, calculé que no habría tiempo para hacer las granadas, dejarlas endurecer, darles color y esperar el secado del barniz, entonces se me ocurrió teñir la masa para evitar pintarla después de seca, pero al mezclarla con la pintura perdía elasticidad. Comencé a murmurar maldiciones y a rascarme impaciente las picaduras de mosquitos hasta sacarme sangre.
El jefe de los indios, que había seguido cada etapa del proceso con la mayor curiosidad, salió de la choza y regresó poco después con un puñado de hojas y un cazo de greda. Se acuclilló a mi lado y se puso a masticar las hojas con paciencia. A medida que las convertía en papilla y las escupía en el recipiente, la boca y los dientes se le volvían negros. Después exprimió ese mejunje en un trapo, obtuvo un líquido oscuro y oleoso, como sangre vegetal y me lo pasó. Incorporé los escupitajos a un poco de masa y vi que el experimento servía, al secarse quedaba de un color parecido a la granada original y no alteraba las virtudes admirables de la Materia Universal.
Por la noche regresaron los guerrilleros y después de compartir con los indios unos trozos de casabe y pescado cocido, se instalaron a dormir en la choza que les habían asignado.
La selva se volvió densa y negra, como un templo, bajaron las voces y hasta los indios hablaban en susurros. Poco después llegó Rolf Carlé y me encontró sentada ante los leños todavía ardientes, abrazada a mis piernas, con la cara oculta entre las rodillas. Se agachó a mi lado.
– ¿Qué te pasa?
– Tengo miedo.
– ¿De qué?
– De los ruidos, de esta oscuridad, de los espíritus maléficos, las serpientes y los bichos, de los soldados, de lo que vamos a hacer el sábado, de que nos maten a todos…
– Yo también tengo miedo, pero no me perdería esto por nada.
Le tomé la mano y se la retuve con firmeza por unos instantes, su piel estaba caliente y tuve la impresión renovada de conocerlo desde hacía mil años.
– ¡Qué par de tontos somos! traté de reírme.
– Cuenta una historia para distraernos, pidió Rolf Carlé.
– ¿Cómo te gustaría?
– Algo que no le hayas contado a nadie. Invéntala para mí.
“Había una vez una mujer cuyo oficio era contar cuentos. Iba por todas partes ofreciendo su mercadería, relatos de aventuras, de suspenso, de horror o de lujuria, todo a precio justo. Un mediodía de agosto se encontraba en el centro de una plaza, cuando vio avanzar hacia ella un hombre soberbio, delgado y duro como un sable. Venía cansado, con un arma en el brazo, cubierto del polvo de lugares distantes y cuando se detuvo, ella notó un olor de tristeza y supo al punto que ese hombre venía de la guerra. La soledad y la violencia le habían metido esquirlas de hierro en el alma y lo habían privado de la facultad de amarse a sí mismo. ¿Tú eres la que cuenta cuentos? preguntó el extranjero. Para servirte, replicó ella. El hombre sacó cinco monedas de oro y se las puso en la mano. Entonces véndeme un pasado, porque el mío está lleno de sangre y de lamentos y no me sirve para transitar por la vida, he estado en tantas batallas, que por allí se me perdió hasta el nombre de mi madre, dijo. Ella no pudo negarse, porque temió que el extranjero se derrumbara en la plaza convertido en un puñado de polvo, como le ocurre finalmente a quien carece de buenos recuerdos. Le indicó que se sentara a su lado y al ver sus ojos de cerca se le dio vuelta la lástima y sintió un deseo poderoso de aprisionarlo en sus brazos. Comenzó a hablar. Toda la tarde y toda la noche estuvo construyendo un buen pasado para ese guerrero, poniendo en la tarea su vasta experiencia y la pasión que el desconocido había provocado en ella. Fue un largo discurso, porque quiso ofrecerle un destino de novela y tuvo que inventarlo todo, desde su nacimiento hasta el día presente, sus sueños, anhelos y secretos, la vida de sus padres y hermanos y hasta la geografía y la historia de su tierra. Por fin amaneció y en la primera luz del día ella comprobó que el olor de la tristeza se había esfumado. Suspiró, cerró los ojos y al sentir su espíritu vacío como el de un recién nacido, comprendió que en el afán de complacerlo le había entregado su propia memoria, ya no sabía qué era suyo y cuánto ahora pertenecía a él, sus pasados habían quedado anudados en una sola trenza. Había entrado hasta el fondo en su propio cuento y ya no podía recoger sus palabras, pero tampoco quiso hacerlo y se abandonó al placer de fundirse con él en la misma historia…”
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