Isabel Allende - Eva Luna

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Una niña solitaria se enamora del amante de su madre y practica misteriosas ceremonias rituales; una mujer permanece medio siglo encerrada en un sótano, víctima de un caudillo celoso; en el fragor de una batalla, un hombre viola a una muchacha y mata a su padre… Estas son algunas de las historias reunidas en este volumen que recupera, con pulso vibrante, los inolvidables protagonistas de la novela Eva Luna: Rolf Carlé, la Maestra Inés, el Benefactor… Veintitrés relatos de amor y violencia secretamente entrelazados por un fino hilo narrativo y un rico lenguaje que recrea azarosas peripecias en un mundo exuberante y voluptuoso.
Con ternura e impecable factura literaria, Isabel Allende perfila el destino de sus personajes como parte indisoluble del destino colectivo de un continente marcado por el mestizaje, las injusticias sociales y la búsqueda de la propia identidad. Este logrado universo narrativo es el resultado de una lúcida conciencia histórica y social, así como de una propuesta estética que constituye una singular expresión del realismo mágico.

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Cuando terminé de hablar, me puse de pie, me sacudí el polvo y las hojas de la ropa y me fui a la choza a tenderme en la hamaca. Rolf Carlé se quedó sentado frente al fuego.

En la madrugada del viernes llegó el Comandante Rogelio, tan sigiloso que los perros no ladraron cuando entró en la aldea, pero sus hombres lo advirtieron, porque dormían con los ojos abiertos. Me sacudí el entumecimiento de las últimas dos noches y salí a abrazarlo, pero él me detuvo con un gesto, sólo perceptible para mí, tenia razón, era impúdico hacer alardes de intimidad ante quienes no habían tenido amor en tanto tiempo. Los guerrilleros lo recibieron con toscas bromas y palmetazos y pude apreciar cuánto confiaban en él, porque a partir de ese momento la tensión se aflojó, como si su presencia fuera un seguro de vida para los demás. Traía en una maleta los uniformes, doblados y planchados con pulcritud, los galones, las gorras y las botas de reglamento. Fui a buscar la granada de muestra y se la puse en la mano.

– Bien, aprobó él. Hoy haremos llegar la masa al Penal. No aparecerá en el detector de metales. Esta noche los compañeros podrán fabricar sus armas.

– ¿Sabrán hacerlas? preguntó Rolf Carlé.

– ¿Te parece que íbamos a olvidar ese detalle? se rió el Comandante Rogelio. Les mandamos las instrucciones y seguro ya tienen las piedras. Sólo deberán forrarlas y dejarlas secar algunas horas.

– Hay que mantener la masa envuelta en plástico para que no pierda la humedad. La textura se marca con una cuchara y luego se deja endurecer. Al secarse oscurece y queda como metal. Ojalá no se olviden de poner las falsas espoletas antes de que fragüe, expliqué.

– Este país da para todo, hasta para fabricar armas con masa de empanada. Nadie creerá mi reportaje, suspiró Rolf Carlé.

Dos muchachos de la aldea remaron en una curiara hasta el Penal y entregaron una bolsa a los indios de la cocina. Entre racimos de plátanos, trozos de yuca y un par de quesos, iba la Materia Universal, con su aspecto inocente de pan crudo, que no llamó la atención de los guardias, acostumbrados a recibir modestos comestibles. Entretanto los guerrilleros revisaron una vez más los detalles del plan y luego ayudaron a la tribu a terminar sus preparativos. Las familias empacaron sus míseros bienes, ataron las gallinas por las patas, recogieron sus provisiones y sus utensilios. Aunque no era la primera vez que se veían forzados a emigrar a otro punto de la región, estaban desolados, porque habían vivido varios años en ese claro de la selva, era un buen lugar, cercano a Agua Santa, a la carretera y al río. Al día siguiente tendrían que abandonar los conucos, porque apenas los soldados descubrieran su participación en la fuga de los presos, la represalia sería feroz; por motivos menos graves caían como un cataclismo sobre las poblaciones indígenas, destruyendo tribus enteras y arrasando todo recuerdo de su paso por la tierra.

– Pobre gente…, ¡quedan tan pocos de ellos! dije.

– También tendrán un lugar en la revolución, afirmó el Comandante Rogelio.

Pero a los indios no les interesaba la revolución ni ninguna otra cosa proveniente de esa raza execrable, ni siquiera podían repetir esa palabra tan larga. No compartían los ideales de los guerrilleros, no creían sus promesas ni entendían sus razones y si aceptaron ayudarlos en ese proyecto cuyo alcance no eran capaces de medir, fue porque los militares eran sus enemigos y eso les permitía vengar algunos de los múltiples agravios padecidos a lo largo de los años. El jefe de la tribu comprendió que aunque se mantuvieran al margen, la tropa los haría responsables, porque la aldea se hallaba muy cerca del Penal. No les darían oportunidad de explicar, de manera que si de todos modos iban a sufrir las consecuencias, más valía que fuera por una buena causa. Colaboraría con esos barbudos silenciosos, que al menos no robaban sus alimentos ni manoseaban a sus hijas, y luego escaparía. Con varias semanas de anticipación decidió la ruta a seguir, siempre adentrándose en el follaje, con la esperanza de que la impenetrable vegetación detuviera el avance del Ejército y los protegiera por un tiempo más. Así había sido durante quinientos años: persecución y exterminio.

El Comandante Rogelio mandó al Negro en el jeep a comprar un par de chivos. Por la noche nos sentamos con los indios alrededor del fuego, asamos los animales en las brasas y destapamos unas botellas de ron, reservadas para esa última cena.

Fue una buena despedida, a pesar de la inquietud que impregnaba el ambiente. Bebimos con moderación, los muchachos entonaron algunas canciones y Rolf Carlé provocó admiración con unos trucos de magia y con las fotos instantáneas de su máquina, prodigioso aparato capaz de escupir al minuto las imágenes de los indios atónitos. Finalmente dos hombres se dispusieron a montar guardia y los demás nos fuimos a descansar, porque nos esperaba una faena pesada.

En la única choza disponible, alumbrada por la lámpara de querosén que parpadeaba en un rincón, los guerrilleros se acomodaron en el suelo y yo en la hamaca. Me había imaginado que pasaría esas horas a solas con Huberto, nunca habíamos estado juntos una noche completa, sin embargo me sentí satisfecha con el arreglo; la compañía de los muchachos me tranquilizó y pude por fin dominar mis temores, relajarme y dormitar. Soñé que hacía el amor balanceándome en un columpio. Veía mis rodillas y mis muslos entre los vuelos de encaje y tafetán de unas enaguas amarillas, subía hacia atrás suspendida en el aire y veía abajo el sexo poderoso de un hombre esperándome. El columpio se detenía un instante arriba, yo levantaba la cara al cielo, que se había vuelto púrpura y luego descendía velozmente a enclavarme. Abrí los ojos asustada y me encontré envuelta en una niebla caliente, escuché los sonidos turbadores del río a lo lejos, el clamor de los pájaros nocturnos y las voces de los animales de la espesura. El tejido áspero del chinchorro me raspaba la espalda a través de la blusa y los mosquitos me atormentaban, pero no pude moverme para espantarlos, estaba aturdida. Volví a hundirme en un sopor pesado, empapada de transpiración, soñando esta vez que navegaba en un bote estrecho, abrazada a un amante cuyo rostro iba cubierto por una máscara de Material Universal, que me penetraba con cada impulso de las olas, dejándome llena de magullones, tumefacta, sedienta y feliz, besos tumultuosos, presagios, el canto de aquella selva ilusoria, una muela de oro entregada en prenda de amor, un saco de granadas que estallaban sin ruido sembrando el aire de insectos fosforescentes.

Me desperté sobresaltada en la penumbra de la choza y por un momento no supe dónde me hallaba ni qué significaba ese estremecimiento en mi vientre. No recibí, como otras veces, el fantasma de Riad Halabí acariciándome desde el otro lado de la memoria, sino la silueta de Rolf Carlé sentado en el suelo frente a mí, la espalda apoyada en la mochila, una pierna doblada y la otra extendida, los brazos cruzados sobre el pecho, observándome. No pude distinguir sus facciones, pero vi el brillo de sus ojos y de sus dientes al sonreírme.

– ¿Qué pasa? susurré.

– Lo mismo que a ti, replicó él, también en voz baja para no despertar a los demás.

– Creo que yo estaba soñando…

– Yo también.

Salimos sigilosamente, nos dirigimos a la pequeña explanada del centro de la aldea y nos sentamos junto a las brasas moribundas de la hoguera, rodeados por el murmullo incansable de la selva, alumbrados por los tenues ramalazos de luna que atravesaban el follaje. No hablamos, no nos tocamos, ni intentamos dormir. Esperamos juntos el amanecer del sábado.

Cuando comenzó a aclarar, Rolf Carlé partió a buscar agua para colar café. Yo me puse de pie y me despabilé, me dolía el cuerpo como si hubiera recibido una paliza, pero me sentía por fin apaciguada. Entonces vi que tenía los pantalones manchados con una aureola rojiza y eso me sorprendió, hacía muchos años que no me ocurría, casi lo había olvidado. Sonreí contenta, porque supe que no volvería a soñar con Zulema y que mi cuerpo había superado el miedo al amor. Mientras Rolf Carlé soplaba las brasas para avivar la fogata y colgaba la cafetera en un gancho, fui a la cabaña, saqué una blusa limpia de mi bolso, la rompí en pedazos para usarlos como toallas y me dirigí al río. Volví con la ropa mojada, cantando.

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