Suelen expresar su idolatría con la escritura convulsa y con la voz desgarrada, en ocasiones histérica, que lleva a gritar los «¡bravo!», «¡bravo!» al final de los conciertos o a aplaudir, de forma frenética, durante minutos y minutos, prolongando en la atronadora salva de aplausos, el placer obtenido hasta muy poco antes; también a sustituirlo por él del dolor de las manos laceradas gracias al paroxístico batir de las palmas. Así somos los del mundo de la música. Tales convulsiones, tales alteraciones del ánimo, suele propiciar la contemplación de la belleza.
Decían los comentaristas que, era tal la fuerza que de mí emanaba, que, con sólo mi presencia, era más que suficiente para que una sinfónica supiese lo que debía hacer. Se expresaban con libertad y con generosidad que sólo es posible con alguien que ya no va a molestar más, con alguien que no va a poder agradecer, ni reprochar, lo que de él se diga. Con alguien que esté muerto. Se trataba de esa generosidad inane, que no genera nada y que odié siempre porque es inútil y casi siempre descomprometida. Porque nada vale, curiosamente. Sé que no me puedo quejar, que oí y leí en vida lo que otros no llegan nunca a leer o a oír, ya que sólo se dice de ellos una vez que desaparecieron. Y yo sé que, ni ellos, ni yo, tenemos vocación alguna de tubérculos, de patatas que necesitan ser enterradas para que, transcurrido el tiempo, se puedan adornar con flores.
Por eso odio la crítica elogiosa de quienes sólo saben referirla a los muertos o a los que llevan años sin dar frutos y no molestan, ni conturban, ni alteran nada, porque no se arriesgan a hacerlo y reciben elogios de badulaques como ellos que practican la ecuanimidad aisladamente con los muertos, los inanes o los débiles.
¿Sería ésa la crítica que se refería a mí? Es posible, yo ya estoy medio muerto; ya nunca más se le podrá reprochar, por mi culpa, a ningún crítico un elogio inmerecido o contradicho en virtud de una actuación posterior. Ya soy un mito y a pesar de que quisiese arriesgarme ya no tendré oportunidad de hacerlo. Esa evidencia fue la que hizo que algo dentro de mí se destruyese. Cuando me vine a vivir a Brión, tenía el ánimo dispuesto a la permanencia expectante de quien todavía aguardaba algo. Ahora sé que lo que estaba esperando fuese posiblemente el concierto en Turín, sin yo saberlo. Ahora ya no espero nada.
Me llevaron de vuelta al Hotel Sitea y todavía tuve que contemporizar con la gente que había acudido allí a felicitarme, a ver y a ser vistos, a participar en la liturgia inevitable y necesaria que permite que los relevos sean tomados, que a unas generaciones les sucedan otras, que unos nombres vengan a continuación de otros. Y todo hubo de ser presenciado por mí ya desde la otra orilla.
¿Y Xana? A Xana no la vi. En el Hotel no estaba cuando yo llegué, al acostarme todavía no había aparecido por su habitación. Tengo la vaga idea de que, una vez me hube acostado, en la agitada duermevela que precedió a mi sueño de aquel día, se acercó hasta mi cama, besó mi frente y acercó el embozo hasta cubrirme con él los hombros.
Cuando me desperté, tenía una nota de ella encima de mi mesilla de noche. Me comunicaba que nos veríamos ya a bordo del avión. Pensé que podría haber conocido a algún muchacho y, sorprendentemente, ninguna emoción conturbó mi ánimo. Era cierto que algo había sucedido en mi interior.
Nadie me preguntó por ella cuando salí del hotel, nadie lo hizo en el aeropuerto. Pero cuando me senté en el avión ella estaba sentada en el asiento próximo al mío y sonriéndome. Me felicitó por el éxito obtenido, comentó conmigo algunas de las referencias aparecidas en la prensa, pero no hizo ninguna alusión a dónde había ido ella, ni a qué había hecho, ni a ninguna otra cosa que me pudiera facilitar una idea que saciase mi curiosidad. Tampoco lo hizo respecto de las razones que la habían impulsado a obrar como lo hizo y a mí, aunque se me pasó por la cabeza, no se me ocurrió preguntarle nada. Ni siquiera cómo se las había arreglado para llegar hasta el aeropuerto de Milán o cómo había conseguido el asiento vecino al mío.
Al llegar a Madrid decidimos, a la vista de la gente que allí nos estaba esperando, que, en Lavacolla, habría demasiado alboroto organizado y que era preferible evitárnoslo llegando a Brión de la misma manera en que yo lo había hecho la primera vez. Por eso, sin salir de Barajas, alquilamos un coche sin chófer, cuando hubimos cancelado nuestro vuelo.
No tuve inconveniente en que fuese Xana quien sacase el coche de Madrid y en que, al llegar a la desviación que lleva hasta Segovia y puesto que ella no conocía la ciudad, nos acercásemos hasta ella.
Por eso llegamos a Brión al cabo de dos días y aunque nadie que no fuesen Elisa y Paco nos estaba esperando, ya todo el mundo tenía noticia de todo lo sucedido, de mi lugar de residencia e incluso la fotografía en el Baratti y Milano había sido ampliamente comentada.
Es curioso ver que tantas cosas, tantos órganos, tantas ideas, tantos deseos, tantos hábitos, todo un destino, se hallan así en suspenso, no en una simiente -esto sería el milagro ordinario de la planta, del animal y del hombre- sino en una sustancia extraña e inerte en una gota de miel.
Maurice Maeterlinck, La vida de las abejas , Libro Cuarto.
Al llegar a Brión no había nadie esperándonos. Cuando aparcamos el coche, delante de la casa, hicimos sonar el claxon de manera estrepitosa y oímos ladrar a los perros; pero nadie salió a recibirnos. No recuerdo si nos sorprendió o no el hecho de que no hubiese nadie. Supongo que no. Veníamos los dos muy cansados, yo más que ella, lógicamente, y decidimos dejar las maletas dentro del automóvil, en espera de que Paco las transportase, en cualquier otro momento, al interior de la vivienda; mientras tanto esperaríamos sentados en el salón, o lo haríamos paseando por la finca, a que Elisa y Paco regresasen. Reconozco que fue una estratagema, tan válida como cualquier otra, de retener a Xana a mi lado. Quiso ser ella quien descargase mi equipaje, pero no se lo consentí; a pesar de que yo mismo hubiese podido soportar perfectamente el peso de las maletas y el esfuerzo de acarrearlas hasta el interior de la vivienda.
Supuse no sin razón, que, una vez puestos en tierra los equipajes, ella se iría en el coche con la disculpa de devolverlo en la agencia de alquiler y pagar la factura correspondiente; y yo no podía consentir tal cosa. Pude retenerla gracias a esto.
Entretuvimos la espera comiendo alguna fruta que encontramos en la nevera y, luego, caminamos hasta la iglesia de la Santa; pero no pudimos visitarla. Había que avisar a la señora que guarda las llaves y, tan sólo el pensarlo, me causaba un incomodo más que suficiente como para no intentar nada y dejar nuevamente pospuesta la visita; decididamente la haríamos en otra mejor ocasión.
De regreso a casa, caminando por la carretera asfaltada, le conté cómo, en una oportunidad que me parecía lejana, me había parecido verla pasar fugazmente a bordo de un coche y ella, esta vez, se sonrió. Apenas se sonrió, pero no dijo nada. Con lo que me quedé con las ganas de saber si, efectivamente, había sido ella a quien yo había visto; si le hacía ilusión que la hubiese visto o, bien, de lo que se trataba era de lo grato que resultaba el que lo recordase con tanta nitidez y lujo de detalles. Bajó la mirada y se sonrió.
Al llegar a la entrada de la finca, Yakin y Boaz, estaban esperándonos. Habían permanecido al pie de la puerta por la que habíamos salido y, al vernos regresar, nos volvían a hacer tal número de fiestas que llegué a suponer que lo que tenían, más que ningún otro sentimiento, era el que produce el vacío de estómago.
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