Todas las personas que conocieron a la muchacha opinaron lo mismo: lo más impresionante de ella era la voz. Tenía una voz rota, desgarrada, como bañada en alcohol, que confería un extraño dramatismo a cuanto decía. El doctor Chaos comentaría más tarde que "era una voz hombruna"; juicio erróneo. Era lo más femenino que pudiera concebirse; sólo que no le salía de la garganta, sino de la entraña. Igualmente, todo el mundo comentó que Paz no sonreía nunca. Era cierto. Conchi, que le había dado el ser, no la había visto sonreír apenas. Sólo en sueños. A veces Paz soñaba por las noches y entonces sonreía, tal vez porque el sueño la transportaba a mundos que no había conocido jamás.
Marta y Mateo la consideraron un peligro… desde el punto de vista político. Supusieron que en el barrio de la Barca organizaría su camarilla y que a no tardar fundaría el Socorro Rojo en la ciudad. Siempre hablaba de los presos que redimían penas trabajando. "De todos modos, pensándolo bien -opinó Marta-, ¿qué podrá hacer? Desahogarse, poco más".
Observador de excepción del comportamiento de Paz, de sus inclinaciones y de su probable evolución lo fue, desde el primer momento, el capataz de la fábrica de lejía. En efecto, el hombre, al ver a Paz pegando etiquetas en las botellas, le decía cada mañana:
– Chica, no comprendo por qué estás aquí. De veras. Éste no es tu sitio.
Paz se encogía de hombros y contestaba:
– ¡Bah!
Del 1 de septiembre de 1939 al 1 de abril de 1940
Era cierto. Radio Gerona lo comunicó a sus oyentes, es decir, a toda la población. Al término de un intenso forcejeo diplomático que duró varias semanas, y pese a las gestiones en pro de la paz que llevaron a cabo, dramáticamente, Pío XII y Mussolini, Hitler ordenó que las tropas alemanas cruzaran la frontera polaca. Ello ocurría el día 1 de septiembre.
La explicación que dio el Führer era la misma que venía repitiendo en sus discursos y declaraciones: las tropas polacas "provocaban" a los soldados del Reich con incursiones y golpes de mano, y los ciudadanos alemanes radicados en Polonia "sufrían vejaciones, torturas, o eran asesinados sin piedad". Tratábase, pues, de un "acto defensivo" y no, como pretendían los enemigos de Alemania, "de un ataque injustificado y criminal". Era preciso liberar a las minorías étnicas alemanas de Polonia. Y terminar de una vez con el asunto de Dantzig, el famoso pasillo polaco que partía en dos el territorio alemán, separando del resto la Prusia oriental.
El Gobernador Civil, camarada Dávila, se puso inmediatamente al habla con el general Sánchez Bravo. El hecho de que el ejército polaco hubiese anunciado su voluntad de resistir, se lo aconsejó de ese modo. Ambas autoridades coincidieron en que el asunto tomaba mal cariz, un cariz muy distinto al de las anteriores anexiones alemanas, que habían tenido lugar sin disparar un solo tiro. Claro que, ¿qué podían hacer los polacos? ¿Resistir tres semanas, un mes? El general Sánchez Bravo estaba al corriente del concepto moderno que los generales de Hitler tenían de la guerra -motorización-, así como de los elementos con que contaban, y concluyó que la suerte estaba echada. Existía el compromiso diplomático por parte de Francia e Inglaterra de declarar a su vez la guerra a Alemania si era atacada Polonia; pero ello no podía tomarse en serio. ¿Cómo iban a arriesgarse París y Londres a lo que una guerra significaba, por defender a un país "situado en el Este y con el que nada tenían en común"?
– No ocurrirá nada -dijo el general-. Hitler entrará en Varsovia, y sanseacabó.
Sin embargo, a su regreso al cuartel dio instrucciones al coronel Romero para que organizara un servicio permanente de radioescucha y ordenó a Nebulosa que colgara en la pared un gran mapa de Europa y preparase unas cuantas banderitas. Nebulosa, que prefería esos menesteres a guardar turno para doña Cecilia en la peluquería de señoras, cumplió con placer lo ordenado, pues ahora las banderitas no se clavarían en ciudades españolas. Nebulosa era de los convencidos de que el mundo entero se frotó con gusto las manos viendo a los españoles matarse entre sí.
Por su parte, el Gobernador llamó inmediatamente a Mateo y discutió con él, como siempre, las fórmulas idóneas para informar a la población. Acordaron que al referirse a las operaciones no emplearían nunca, bajo ningún pretexto, la palabra invasión -que era la utilizada por Radio París y por la BBC de Londres-, sino que dirían avance alemán. En cambio, popularizarían la frase guerra relámpago que, en vista del arrollador éxito inicial que obtenía el ejército del Führer, había empezado a emitir Radio Berlín.
– En resumen -concluyó el Gobernador-, vamos a dar la impresión de que se trata de un episodio más, sin importancia y que terminará en seguida.
Mateo asintió. Sin embargo, muy pronto había de producirse la sorpresa. Exactamente cuarenta y ocho horas después, o sea, el 3 de septiembre, Inglaterra y Francia, dando un mentís a las autoridades gerundenses, afrontaron el riesgo y declararon la guerra a Alemania.
El Gobernador quedó mudo de asombro, lo mismo que Mateo y que el general Sánchez Bravo. Asombro que aumentó más aún al conocerse a renglón seguido la noticia de que Italia permanecería neutral, decisión basada al parecer en un informe que Mussolini pidió a sus generales, "los cuales estimaron que el ejército italiano no estaba preparado para afrontar un conflicto armado a escala europea o mundial". El camarada Dávila no hubiera osado imaginar siquiera que el eje Berlín-Roma fuese vulnerable bajo ningún aspecto y, por otra parte, no acertaba a explicarse que Mussolini, digno sucesor de los emperadores romanos, se expusiera a parecer débil ante los demás países. Mateo sugirió al Gobernador -recordando su reciente conversación con Aleramo Berti- que en la actitud italiana podían muy bien haber influido el rey, de espíritu escasamente combativo, y Ciano, Pacifista a ultranza, pese a su porte arrogante. El Gobernador se acarició el vendaje de su dedo meñique y de un tirón se quitó las gafas negras, depositándolas sobre la mesa, como si tener descubiertos los ojos pudiera ayudarle a comprender.
En cambio, el hombre estimó lógico a todas luces que Franco se decidiera también por la neutralidad y que enviara a los países beligerantes un mensaje rogándoles "que localizaran el conflicto". "España no puede hacer otra cosa -sentenció el camarada Dávila-. España ha de dedicarse a la reconstrucción".
Bueno, la realidad era ésta: la guerra había estallado, cinco meses después de que en España hubiera "estallado la paz", expresión grata a 'La Voz de Alerta', quien le daba un significado glorioso. Y ello había demostrado una cosa: que el Gobernador podía equivocarse… Eso le dijo Mateo a su jefe y amigo, en el despacho de éste, mientras, fruncido el entrecejo, el muchacho jugueteaba con su mechero de yesca. El Gobernador hizo un ademán de impotencia y comentó: "Es cierto, me equivoqué. Pero creo que se ha equivocado medio mundo". Y tomó las gafas negras y se las colocó de nuevo.
Los acontecimientos se precipitaron. El día 8 las tropas alemanas entraron en Varsovia. Sin embargo, la guerra continuó aún y las emisiones del mundo entero se hacían lenguas del heroísmo de los polacos, al tiempo que anatematizaban la furia de los bombardeos que llevaba a cabo la aviación germana, a las órdenes del mariscal Goering. Entonces, en plena hecatombe, saltó al aire otra sensacional noticia: los rusos, emulando el pretexto invocado por Hitler, el 17 de septiembre cruzaron también, por el Este, la frontera polaca, "al objeto de proteger a las minorías ucranianas y a los rusos blancos que había en aquella franja de territorio". La cosa estaba clara: Alemania y Rusia se disponían a repartirse Polonia, como quien se reparte un queso de bola, lo cual explicaba plausiblemente su reciente pacto de no agresión. El general Sánchez Bravo, después de analizar ante el mapa la operación confluente, comentó: "Sin embargo, hay algo que no entiendo. Los territorios que se anexiona Alemania son ricos -Cracovia, la Alta Silesia, etcétera-; en cambio, los territorios que se anexiona Rusia son pobres y pantanosos". Luego añadió: "Tal vez lo que buscan los rusos sea disponer de mano de obra".
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