A la hora del café, Matías brindó escuetamente:
– Me parece un sueño que nos encontremos aquí reunidos. Repito que no me cabe la menor duda de que será para el bien de todos.
– ¡Claro que sí! -corroboró Ignacio, levantando a su vez la taza.
La jornada se completó con la "toma de posesión" de la vivienda que perteneció al Cojo. La escalera enfrió un poco el entusiasmo de los recién llegados, pues estaba oscura, la barandilla se quedaba pegada a la mano y los peldaños crujían. Pero los muebles enviados por la Agencia estaban ya en el piso, en su lugar, amén de algunos otros conseguidos por Mateo en el Servicio de Recuperación. Por otra parte, Carmen Elgazu en persona había limpiado la cocina, que relucía, con enseres nuevos comprados en una tienda de la calle Platería. Carmen Elgazu hubiera querido poner en la casa alguna imagen, pero Pilar se lo prohibió. "¿Para qué? La echarían al fuego". En cambio, Matías, además de meter en el armario, simbólicamente, una botella de anís, colgó en el comedor un calendario, el cual provocó en Manuel una curiosa reacción: el chico se subió a una silla y marcó con una cruz roja la fecha de su llegada a Gerona.
Ocurrió lo previsto: a lo primero todo marchó sobre ruedas. Conchi se entendió de maravilla con el patrón del Cocodrilo, al que tenían sin cuidado los moños grasientos y las horquillas colgando. La mujer se adaptó pronto a las costumbres del bar, consiguiendo efectivamente espantar a las gitanas y mantener a raya a los soldados que bebían más de la cuenta. Y a la postre, si bien el jornal que se sacaba era menguado, siempre se llevaba para casa alguna ventajilla. La molestaba que detrás del mostrador hubiera un retrato de Franco, pero el pícaro patrón le decía: "Pues yo le debo a ese míster el tener otra vez la barriga llena".
Manuel, que se había traído consigo el Atlas y que continuaba con su sueño ilusionado -ver el mar-, aun antes de que se abriera el curso escolar estuvo ya a punto de caer en la red que el celo apostólico de Carmen Elgazu tendía por doquier. Ciertamente, Carmen Elgazu vio que el chico era de buena pasta, lo que atribuyó a que en el pueblo castellano en que Manuel se refugió durante la guerra "debió de recibir buenos ejemplos", y en consecuencia pensó en presentarlo, sin más, a mosén Alberto. La intención de Carmen Elgazu era proponerle al sacerdote que Manuel, mediante una pequeña remuneración, se quedara en el Museo unas cuantas horas al día "en calidad de chico para recados". Manuel, al oír que su tía, aunque con muchos circunloquios, insinuaba esa posibilidad, pegó un brinco, pensando en Paz, su hermana. "¡No, eso no!", protestó. Matías se enteró de lo que ocurría y farfulló varias frases ininteligibles. "¿Se puede saber lo que estás diciendo?", le preguntó Carmen. "Sencillamente, que nunca oí un proyecto tan descabellado".
Por su parte, Ignacio pensó en llevar a Manuel al Campamento de San Feliu de Guíxols; pero Mateo le dijo: "Es inútil. Lo clausuramos pasado mañana, el primero de septiembre".
La espina irritante, desde luego, iba a ser Paz. Paz consiguió colocarse en una fábrica de lejía. Pero se veía bien a las claras que consideraba aquello provisional; que, al igual que Hitler, iría a lo suyo, costase lo que costase. Se abstenía de hablar de política; pero siempre se las arreglaba para dejar constancia de que seguía siendo la misma que antaño vendía tabaco y chicles por los cafés de Burgos, oído alerta y llorando en los lavabos. Nadie se rasgaba las vestiduras por ello, pues algo había en la muchacha que forzaba a admitirla tal cual era. Sin embargo, ¿por qué tanta agresividad? ¿Y a santo de qué tanto rímel en las pestañas?
La muchacha pasó unos días sin dar que hablar. Dedicóse a recorrer por su cuenta, de punta a cabo, la ciudad, que no le pareció tan "rica y próspera" como su tío Matías se la había pintado. "Sí, claro. Cataluña es Cataluña, pero…" No olvidaba que la guerra había destrozado muchos edificios y que todo estaba por recomponer. Pero, así y todo, muchas fachadas eran tan mugrientas como la barandilla de la escalera de su casa y apenas se apartaba uno del centró de la Rambla, del Puente de Piedra, de la calle de José Antonio Primo de Rivera, la impresión de dejadez, incluso de pobreza, recordaba la de muchos barrios de Burgos.
Matías le advertía: "No te dejes engañar por -las fachadas. Muchas de las familias que ahí viven tienen sus buenos billetes ahorrados y en pocos años prosperarán lo suyo y darán carrera a sus hijos". Paz se encogía de hombros. "No, no, esto no es lo que tú me habías dicho". Al barrio antiguo, que naturalmente era lo noble y magnífico de Gerona, sólo subió una vez. Pero se asfixió en él. ¿A qué tanta muralla, tanto convento, tanta callejuela? Y ya, poniéndose en el terreno que no era el suyo ¿cómo comparar la catedral de Gerona con la de Burgos? Las escalinatas, sí. Las escalinatas de la Catedral le gustaron a Paz. Se lo confesó a Ignacio; e Ignacio le dijo: "¡Y te gustarán más aún! El día que te eches novio, a lo primero te irás con él a la Dehesa, como todo el mundo; pero luego le pedirás que te traiga a esas escalinatas a esperar a que se haga de noche…"
De pronto, el segundo día festivo desde la llegada de Paz, Matías y Carmen empezaron a temblar. En efecto, la muchacha eligió ese día para dar su primer golpe. Haciendo caso omiso de la covacha en que vivía y del desastroso estado del espejo de su habitación, salió de casa dispuesta a capitanear, sin más explicaciones, el clan de las mujeres que en aquel verano mórbido llevaban blusas temerarias; se puso una blusa roja, de un rojo mucho más violento que el que exhibía Adela, blusa que incendió la calle de la Barca y que arrancó al paso comentarios de este tenor: "¿Qué buscas, nena? ¿Ser mamá antes de tiempo?". Blusa que se hinchaba al compás de la respiración y que dejaba al descubierto la carne temblorosa.
Casi parecía imposible que una escueta prenda provocara tal revuelo. Ignacio estaba seguro de que su prima había elegido aquel color en homenaje a sus ideas. La Torre de Babel, que vio a Paz en la Rambla, lanzó un silbido que lo convirtió en pájaro. 'La Voz de Alerta', que había salido al balcón, al ver de lejos aquella mancha colorada sintió de pronto la necesidad de hacerle caso a Montse, su criada, y casarse lo antes posible. En cuanto a Pilar, que no vio a su prima, pero que se enteró de lo que ocurría, comentó, mientras se acicalaba los ojos con un poco más de rímel que de costumbre: "Me di cuenta en seguida. Es una descarada".
Paz gozó lo suyo al comprobar que había hecho diana. Sentía tanta sangre en las venas, y que ésta circulaba tan de prisa, que se decía para sí: "Ahora verán. ¡Sabrán cómo me llamo!". Si, necesitaba resarcirse de las terribles humillaciones de aquellos años. Su propio tío Matías le había dicho: "Se acabó la encerrona…" Pasó delante de una zapatería y se prometió a sí misma comprarse unos zapatos de tacón alto. Pasó delante de una confitería y se le hizo la boca agua. Se le acercó un hombre con blusón de matarife y lo dejó plantado diciéndole: "¿Qué buscas? ¿No tiene pechos tu mujer?". Al final de la Rambla vio un carrito de helados -La Mariposa- y compró un cucurucho y prosiguió su caminata lamiéndolo con intencionada desfachatez.
Hasta que, de repente, cruzó el Oñar y se encontró frente a los cuarteles. Entonces se desanimó e hizo marcha atrás. Pero nadie se dio cuenta del cambio, habida cuenta de que su blusa seguía teniendo el color de la alocada vida.
Matías no quiso intervenir. Comprendió lo que le ocurría a su sobrina. "Quiere vivir, quiere vivir. ¿Hay algo más natural?".
Por fortuna, al día siguiente Paz optó por la prudencia. Se fue a la fábrica sin pintarse siquiera. Sus compañeras de trabajo le preguntaron si tenía novio y ella contestó: "Sí, el obispo". Todas se rieron, excepto la más anciana, que siempre aseguraba que el olor a lejía le gustaba. "Pues a lo mejor eso del obispo es verdad", comentó la vieja. Y Paz se quedó mirándola y dijo: "¿Y por qué no va a serlo?".
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