José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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A las dos semanas ya no se atrevía siquiera a visitar a las familias burgalesas, cuyos propios problemas los absorbían demasiado. La soledad. Finalmente, desistió. Regresó a Burgos y entró en su casa llorando de rabia. Conchi, su madre, la escuchó, soltó varias palabrotas y finalmente dijo: "Hay que tomar una decisión".

Paz remoloneó por Burgos otras dos semanas. Hasta que una mañana se apoderó de ella la absoluta desesperanza. Vio el papel matamoscas que colgaba de la lámpara del comedor. Estaba atestado. Las moscas se habían quedado pegadas allí. Ya no había sitio para ninguna otra. Pensó que su situación, y la de su madre y la de Manuel -quien se mataba trabajando por unas perras-, era semejante. Además, habían recibido entretanto un impreso del Ayuntamiento que era preciso rellenar: la hoja de empadronamiento. La hoja lo preguntaba todo: edad, sexo, profesión, ingresos…

– Hay que escribir a Gerona -conminó tía Conchi-. Tu tío Matías habló claro: si fracasáis, decídmelo…

Paz dejó que se le cayera hasta media espalda la rubia cabellera.

– Sí, ya lo sé. Pero ¿qué podrá hacer?

– Escríbele…

Paz obedeció. No escribió la carta con tinta, sino con sangre. Dicha carta provocó en Gerona una convulsión, pese a que Matías estaba seguro de que la recibiría un día u otro.

Ya no podía escamotearla, como había hecho con las anteriores a su viaje. Se la enseñó a Carmen Elgazu y a Ignacio. Les contó con detalle su entrevista en Burgos y les dijo: "Les prometí ayudarles… Y debo hacerlo -Volvióse hacia Ignacio-. Se llaman Alvear".

Fue el nombre clave. Ignacio reaccionó con rapidez fulgurante. Por otra parte, también él había estado en Burgos y recordaba de pe a pa la angustia que había experimentado en aquella casa de la calle de la Piedra.

El muchacho dijo, con sorprendente naturalidad:

– Hay que contestarles que se vengan. Que se vengan los tres.; Creo que no va a ser tan difícil echarles aquí una mano…

Matías miró a su hijo con inmensa gratitud. Sin embargo, Carmen Elgazu, que al oír a Ignacio había sentido otra de sus frecuentes punzadas en la ingle, no decía nada. Por fin habló.

– Por mí, de acuerdo. Pero ¿qué va a decir Pilar? ¡Oh, claro, Pilar sería el hueso duro de roer! Su reacción fue el polo opuesto a la de Ignacio.

– ¿Traerlos aquí? Pero… ¿os dais cuenta?

– ¿De qué? -preguntó Ignacio.

Pilar no se arredró. "Son rojos ¿no es eso?". Se atropellaba hablando. Y no daba con el argumento decisivo, convincente, que hubiera deseado encontrar. "A Mateo no le hará ninguna gracia…" "¡Cuánta complicación!". "No traerán nada bueno…" "¿Dónde los meteremos?". Aludió a los crímenes de la UGT… Ignacio cortó en seco.

– Me parece, hermanita, que en el escudo de tu camisa azul sólo hay flechas; que te has olvidado de las rosas…

Pilar tuvo un exabrupto. Miró a su familia. Carmen Elgazu había bajado los ojos.

– ¡Bien! -dijo-. Ya veo que mi opinión no cuenta… Haced lo que queráis.

Y se fue a su cuarto, donde se encerró sollozando.

Eloy, que había presenciado la escena, no acabó de comprender a Pilar. Y mirando a hurtadillas la carta de Paz, que estaba encima de la mesa, pensó para sí: "Paz… Me gusta ese nombre".

Matías escribió a Burgos comunicándoles la buena nueva. También allí hubo sus más y sus menos. A Paz no le hacía ninguna gracia el papel que indudablemente representarían en Gerona. Pensó en Mateo, Jefe Provincial de Falange; pensó en Marta…

Pero no había opción. Y Conchi remachó:

– Mejor eso que morirnos.

Pleito resuelto. Paz contestó a Matías diciéndole que aceptaban y que enviaba por agencia, por carretera, la mesa del comedor, las sillas y dos colchones, lo único aprovechable. Ellos harían el viaje en tren, llevando consigo unos cuantos bultos con ropa y con los cubiertos. La carta terminaba diciendo: "Llegaremos el día veintiséis".

Así fue. En la fecha indicada, ya a finales de agosto, los "Parientes de Burgos" -tía Conchi, Paz y Manuel-, al término de un viaje agotador en coches de tercera, llegaron a la estación de Gerona.

Al oír los silbidos estridentes de la locomotora, indicio de que el tren iba a detenerse, los tres se asomaron a la ventanilla. Vieron vagones inhabilitados en las vías muertas, un hangar abarrotado de cajas de agua mineral, y adivinaron allá al fondo, un momento, la silueta de un campanario, que dominaba sobre los tejados.

Su desasosiego era grande. Y no obstante, apenas el convoy se detuvo en el andén, todo transcurrió de tal modo que tía Conchi creyó estar soñando. Matías e Ignacio estaban allí, de pie, no sólo dispuestos a darles un abrazo de fervorosa bienvenida y a hacerse cargo del equipaje que llevaban, sino que un cochambroso pero enorme taxi estaba ya esperando fuera, para conducirlos a todos al piso de la Rambla.

¡Y cuántas sorpresas iban a recibir en ese hogar de Gerona, que desde Burgos habían imaginado hosco y cerrado! Todo el mundo los abrazó, y Matías e Ignacio les demostraron en un santiamén que desde que recibieron la carta afirmativa de Paz se habían preocupado de cuanto pudiera hacerles falta. En primer lugar, tenían piso; precisamente el piso que fue del Cojo, a cien metros escasos de la barbería de Raimundo. Piso un poco húmedo, pero barato y sin goteras. En segundo lugar, tenían el permiso de residencia, extendido por el propio Gobernador. "Toma -le dijo Matías a Paz, entregándole los papeles-. Ahí está todo. No falta más que vuestra firma". En tercer lugar, Conchi podría empezar a trabajar cuando quisiera… en el conocido Bar Cocodrilo, cuyo patrón necesitaba una mujer para todo y que supiera espantar a las gitanas. Por último, Paz encontraría también empleo sin dificultad -aunque faltaba saber qué clase de trabajo le apetecía- y Manuel, en cuanto empezara el curso, podría ingresar en el Grupo Escolar San Narciso, en el que también se había matriculado el pequeño Eloy.

– Se acabó, pues, la encerrona de Burgos -les dijo Matías-. Aquí nadie os echará la vista encima. Veréis como todo saldrá bien…

El sueño de Conchi tuvo su confirmación plena a la hora del almuerzo, pues Carmen había preparado en su honor una comida especial y el mantel de las grandes ocasiones.

Fue, en verdad, un almuerzo de buena voluntad por parte de todos, incluida Pilar. Ignacio estuvo ocurrente, por más que su tía Conchi, al igual que le sucedió durante su estancia en Burgos, no acabó de gustarle, tal vez por su peinado y por sus negras uñas. Matías se desvivió con todos, atento al mínimo detalle. Y Pilar… hizo de tripas corazón. Por supuesto, su prima Paz se le atragantó, entre otras razones porque tuvo que aceptar que era muy guapa, pero consiguió disimular, y, aparte de eso, tuvo la fortuna de sentir espontánea simpatía por Manuel. Se pasó todo el rato haciéndole carantoñas y diciéndole: "No sabía yo que estuvieras tan crecido y que tuvieras la nariz tan chata". Matías se cansó de repetir, en tono jocoso: "¡Pero si te lo había descrito con pelos y señales, mujer!".

También los de Burgos se comportaron lo mejor que supieron. Paz se mostró tal cual era: dura y tenaz, pero con innegable influjo personal. Tenía una cualidad: era incapaz de fingir. Así, por ejemplo, en un momento en que Carmen Elgazu dijo: "Lo bueno que tienen las ciudades pequeñas es que en ellas todo el mundo se conoce", Paz replicó: "Pues yo creo que eso es lo que tienen de malo. ¡Menudo chismorreo habrá por aquí!". Pero Paz tenía un defecto: a veces su sinceridad podía herir. Así ocurrió con Ignacio. De pronto, y sin venir a cuento, la muchacha le preguntó a su primo: "¿Y qué tal en Esquiadores? Dispararías a gusto ¿verdad?". Fue una intervención desafortunada, que Ignacio resolvió, contestando con tranquilidad: "No lo creas. Me pasé el tiempo esquiando y en los esquís no hay gatillos". En cuanto a Manuel, que ocupaba la silla de César, daba la impresión de sentirse feliz. Si algo se caía al suelo se precipitaba a recogerlo y se llevaba el pan a la boca con unción, como si lo considerara algo sagrado.

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