José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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– Todo es subconsciente, ¿comprendes, Ana María? Nos movemos por impulsos ignorados, como esa agua que viene de lejos. Por impulsos que no son nuestros, que no nos pertenecen. A ti, por ejemplo, te asusta el viento. Lo he notado; a mí, por el contrario, me gusta. ¿Por qué será? Algún antepasado tuyo se vería envuelto en una galerna o en un huracán… A mí, como sabes, me dan asco los mariscos… Hay aquí algo oculto, remoto… Debes leer a Freud. ¡Y preguntarle qué son los sueños!

Por cierto, ¡si te contara lo que soñé anoche! Oh, sí, todo tiene un significado, incluso esa voracidad que nos invade a veces al ver una tostada de pan untada con mantequilla…

San Feliu de Guíxols estaba hermoso porque los pescadores, en los bancos del paseo del Mar, tomaban el sol y miraban el rizado del agua más allá del puerto y la Punta de Garbí, intentando profetizar el tiempo que haría. Ignacio decía que los pescadores miraban raramente al cielo, o que sólo lo hacían como orientación, con un sentido funcional. Lo que les interesaba de veras era el mar. "Los que miran al cielo son los campesinos, la tierra, la tierra escueta y parda, es terriblemente inexpresiva. Es mucho más expresivo el mar".

Una nota desagradable en el mar de San Feliu de Guíxols: el balandro de don Rosendo Sarró. Se lo habían construido durante el invierno, de acuerdo con sus instrucciones. Allí estaba, como una bandera, como una admonición. Blanco, con unas franjas encarnadas. Un poco como si fuera de la Cruz Roja… Se llamaba Victoria.

– ¿Por qué le pusisteis ese nombre? Debía llamarse Ana María…

– No, Ana María no le pega a un balandro. Aunque Victoria tampoco me gusta. No sé…

– Yo sí lo sé… -decía Ignacio-. Tu padre le puso un nombre autobiográfico.

Ana María se reía. "_ Aquel verano había mucha más gente que el anterior. Amistades de Ana María y de los padres de ésta. Ignacio fue presentado a ellas. Todavía Ana María no se atrevía a decir: "Mi novio…", o "mi prometido…" Decía: "Os presento a un amigo… Ignacio Alvear".

El nombre gustaba a las amigas de Ana María. Y les parecía bien que fuera abogado y que tuviera el pelo negro y unos ojos que perforaban las cosas. Ahora bien, ¿y su familia? ¿De qué familia era? Porque Ana María rehuía, durante la semana, salir a solas con otro muchacho…

– Su padre es funcionario de Telégrafos.

Los pensamientos de las amistades de la familia Sarró retrocedían. Pero a Ana María no le importaba. "Son señoras cursis. Y mis amigas, niñas bien…" Ana María era valiente, lo era su amor. Lo era tanto, que la chica se había puesto a estudiar mecanografía y taquigrafía con el objeto de ayudar a Ignacio una vez casados. Su madre le había comprado una máquina portátil y se pasaba un par de horas cada tarde tecleando. Y tres veces a la semana iba a clase de taquigrafía con un esperantista de San Feliu, un hombre que escribía a una velocidad increíble. "Como siga usted así, pronto escribirá más de prisa que yo". Ignacio se sentía conmovido por aquella prueba de buena voluntad.

– Es lo menos que puedo hacer. Porque no puedo estudiar Derecho Romano, ¿verdad? Soy ya vieja para eso…

Ana María gozaba con cualquier cosa. Bailando sardanas, desde luego. Trenzaba los pasos con gracia singular. Y se miraban haciendo signos de aprobación. También gozaba mucho saliendo de paseo en bicicleta con Ignacio. Ana María tenía una bicicleta rutilante, último modelo. Ignacio se veía obligado a alquilar una, vieja y torcida, de manillar alto y ridículo, pero que servía para la ocasión.

A veces, pedaleando, pedaleando, llegaban hasta Playa de Aro… E incluso hasta Palamós. El asfalto y la brisa incitaban a su juventud a esforzarse. "¡Ana María… espérame! ¡Que yo llevo un cacharro!". "¡Nada de eso…! ¡Demuestra que hiciste la guerra!".

Claro que se lo demostraba… De pronto le daba alcance en cualquier tramo solitario de carretera y entonces se apeaban y se sentaban en la cuneta y se besaban. Nada más. Ignacio respetaba a la muchacha de forma tal, que Ana María se lo agra- decía. "Te lo agradezco, Ignacio…" Ignacio no podía decirle que a quien debía agradecérselo era a Adela.

Era un verano espléndido, sin apenas nubes. Y eso que Ignacio, puesto en guardia a raíz de su conversación con Manolo, procuraba adivinar cuáles podían ser, más adelante, los motivos de roce con Ana María.

Poca cosa. Encontraba escasas discrepancias. Alguna vez Ana María le reñía porque no le interesaban la música, ni el teatro, ni el ballet. Ignacio se preguntaba si aquellos baches de educación llegarían a tener tanta importancia como el vaho en los espejos del baño y como un dolor en la tercera vértebra. Tal vez sí. Tal vez sí. Manolo no hablaba nunca gratuitamente. De todos modos, ¿existía algún matrimonio perfectamente sincronizado, aun perteneciendo a la misma clase? Sus padres, Matías y Carmen, no estuvieron nunca de acuerdo en la manera de educar a los hijos. La cuestión era saber soportarse. ¿Soportarse? ¿Cómo era posible que utilizara ya este verbo, si las bicicletas estaban allí, esperando a su juventud, y el asfalto era gris, pero cómodo, y la brisa mecía a sus espaldas los cañaverales?

Ana María reflexionaba también por cuenta propia. Sobre todo en la playa, por las mañanas. Lo que más le preocupaba de Ignacio, aparte de la inestabilidad emotiva, crónica, del muchacho -de repente éste parecía ponerse una careta y era capaz de cualquier desplante, por simples ganas de mortificar-, eran sus dudas religiosas. Los domingos por la mañana iban a misa y él asistía a ella distraído, pensando en las musarañas. En ocasiones adoptaba incluso una postura irónica. Y cuando el párroco soltaba alguna barbaridad, lo que ocurría a menudo, le daba un codazo y le decía: "Eso es una idiotez".

Lo malo era que Ignacio parecía estar documentado en heterodoxia… Porque Ana María tampoco aceptaba de la religión una serie de costumbres externas, anacrónicas. Y la molestaban la intolerancia y la excesiva seguridad. Pero había algo para ella sagrado, tan sagrado como para el profesor Civil: los Evangelios… Pues bien, ahí radicaba precisamente el punto de fricción. Ignacio no le ocultaba que de un tiempo a esta parte los Evangelios le parecían contradictorios. Que algunos, como el del "sagaz administrador", no los comprendía. Y que era muy difícil saber a ciencia cierta lo que Cristo dijo, puesto que Cristo habló en arameo -como Teresa Neumann, la estigmatizada, cuando estaba en trance- y la Iglesia no ofrecía sino traducciones. A menudo, traducciones de traducciones…

– ¿Qué significa, en arameo, espíritu? ¿Lo sabes tú…? ¿Y hombres de buena voluntad? ¿Y la palabra Padre? ¿Y la palabra cielo? ¿Qué quiso dar a entender Jesús cuando dijo: "si no os hicierais semejantes a los niños no entraréis en el reino de los cielos"? ¿Que hemos de renunciar a nuestra madurez?

Ana María sufría.

– Pero ¿por qué has de torturarte así? Doctores tiene la Iglesia, ¿no te parece?

– Sí, claro… Pero ¿quién me garantiza que esos doctores han avanzado más que yo?

– ¡Por Dios, Ignacio! ¡No hables así!

Ignacio procuraba tranquilizarla.

– Ana María, pequeña…, no te preocupes. No he perdido la fe. No creo perderla nunca. Te amo a ti y amar es ya creer en Dios… Lo que ocurre es que aspiro a ser religioso de una manera más consciente. ¡Sí, ya sé lo que vas a decir! ¡Vas a decir que quiero un Dios a mi medida! No se trata de eso. Más bien se trata de lo contrario. Presiento que Dios es mucho más grande de lo que quieren hacernos creer, de lo que nos han dicho hasta ahora. ¡Bueno! Dejemos eso por hoy… ¿Sabes lo que me hace falta? Confesarme… Esta semana me confesaré con el padre Forteza y el próximo domingo oiré la misa, toda la misa, de rodillas. ¿Vale? Bien… Pues vamos a celebrarlo. Vámonos al rompeolas a ver el mar…

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