La vida de Ignacio en Gerona era intensa. El ritmo lento que el calor había marcado a la ciudad no rezaba para él. La salud del muchacho era tan espléndida que le sobraban energías. Había perdido hasta la costumbre de dormir la siesta. Ahora, después de comer, se dedicaba a escribir cartas. Le había entrado la comezón de la correspondencia, un poco porque descubrió que llegar a casa y oír que su madre le decía: "Hay varias cartas para ti", lo hacía sentirse importante. Rasgaba los sobres con aire disimuladamente solemne, enarcando un poco las cejas. Luego guardaba las cartas en el bolsillo, sin dar explicaciones; a veces se acercaba al balcón del comedor y, pese a las ordenanzas municipales, tiraba los sobre al río.
Naturalmente, escribía a Ana María, pero también a antiguos camaradas de la Compañía de Esquiadores, cuyo paradero de pronto le interesó. Entre éstos se contaba Moncho, ¡que había terminado, en junio, la carrera de Medicina! Le escribió tres veces en quince días, rogándole que fuera a Gerona a verlo. Por fin Moncho accedió. También escribió, con la excusa de hablarles de Cacerola, a Royo y a Guillen, al Valle de Tena. De hecho, lo que persiguió al hacerlo fue cerciorarse de que los dos esquiadores con los que compartió tantas guardias y tanto frío y que se pasaron la guerra hablando de vacas y de mujeres, no sabían apenas pergeñar unas líneas y cometían más faltas de ortografía que Paz. Escribió también a Toulouse, a madame Geneviéve Bidot, preguntándole por José Alvear, de quien no sabían nada. Contestó a Julio García. Una carta larga, en la que le daba al ex policía amplias noticias de la actualidad gerundense y le pedía que le enviara revistas norteamericanas. Escribió a Ezequiel. ¡Y a David y Olga!, de quienes había recibido por Navidad una tarjeta con las señas. Sí, de repente Ignacio sintió necesidad de volver a conectar con los maestros. El verano tuvo la culpa de ello: el recuerdo de Olga saliendo del mar a medianoche… ¿Qué estarían haciendo en Méjico, aparte de publicar libros que el obispo de Gerona hubiera juzgado perversos? David y Olga le contestaron a vuelta de correo… Sus palabras rebosaban de cariño y de nostalgia. Le repetían mil veces "Querido Ignacio". Estaban bien, dedicados a la editorial, a organizar actos culturales en el Centro Catalán y a redactar, ¡otra vez!, un Manual de Pedagogía…, ahora con la experiencia acumulada con la derrota. Además le decían que "un español no era del todo español, no estaba completo, si no conocía a Méjico".
– Curioso… -comentó Ignacio, para sí-. Ahora resultará que soy español sólo a medias.
No obstante, se dio cuenta de que seguía queriendo también mucho a los dos maestros y que el vacío que su marcha había dejado en él no podría colmarlo nadie.
Al margen de su sarampión epistolar, Ignacio trabajaba lo suyo en el bufete de Manolo. Precisamente en aquel mes de agosto se produjo el primer choque entre los dos abogados: Manolo-Mijares. Un asunto de límite de propiedad. La Constructora Gerundense, S. A., compró unos terrenos para instalar una fábrica de papel y los propietarios colindantes pleitearon. Había una cláusula confusa en las escrituras y dichos propietarios se sintieron lesionados en sus intereses. Mijares defendería a la Constructora Gerundense, S. A., y Manolo a la parte demandante.
– Algún día tenía que llegar -le dijo Manolo a Ignacio-. Ya estamos frente a los hermanos Costa. Y voy a profetizarte algo: antes de un año tendremos que habérnoslas con tu futuro suegro… No sé qué va a ocurrir, pero ocurrirá algo. Y ése será el primer pleito que defenderás tú sólito, en la Audiencia.
Ignacio se llevó las manos a la cabeza.
– ¡No, por favor! ¡Eso no…!
Manolo lo miró irónicamente.
– ¿Qué te ocurre, Ignacio? Algún día has de hacer oír tu voz en la Sala, ¿no crees? -Viendo que Ignacio seguía con cara de susto, añadió-: Si, llegado ese día, no has reaccionado aún, le pediremos a tu prima que te preste el micrófono…
Ésa era la gran fuerza de Manolo: su sentido del humor. Manolo lo atribuía a que había leído mucho a Chesterton y a Bernard Shaw, y no era cierto. Era algo innato, y la vida lo divertía. Gozaba viviendo y buscándoles matices a las situaciones. "Si no le diéramos color a ese acto extraño que es respirar, los días se harían interminables", solía decir.
Ignacio había comprobado esto con motivo de la ausencia de Esther. Manolo no sólo superó su tristeza inicial, sino que aprovechó al máximo su independencia. En una de las cenas que organizaron los dos en el casi solitario restaurante de la Barca, desde cuya terraza se oía discurrir el agua del Ter y el diálogo nocturno de los árboles de la orilla, el jefe de Ignacio le confesó a éste que había hecho honor al temperamento macho de la raza: había engañado a Esther, por primera vez desde que llevó a ésta al altar.
– Pero no temas. No ha sido con la doncella… Eso hubiera sido humillante para mi mujer. Y para mí… Me ha salido al paso una señora… ¡Bueno! El caso es que lo he aprovechado. Con alevosía y, naturalmente, con nocturnidad.
Ignacio se quedó perplejo… sólo a medias. Estaba acostumbrado a confesiones de esa índole. Todos los maridos adúlteros que conocía, aunque no hubieran estado en Méjico, no se consideraban españoles ciento por ciento si no le habían contado su aventura a un amigo. Él mismo, Ignacio, sin ser marido aún, ardía en deseos de contarle a alguien sus relaciones con Adela. Le faltaba este detalle para encontrarle todo su sabor.
– Así, pues… -dijo Ignacio, contestando a la confesión de Manolo-, lo que tú entiendes por darle color a la respiración es que Esther, a su regreso, no te encuentre desentrenado.
– Exacto.
Entonces Manolo se creyó en la obligación de disculparse.
– No es que alabe mi conducta, entiéndeme… Pero ese bochorno de agosto… ¿Te das cuenta?
Manolo encendió una pequeña pipa que acababa de comprarse. Pero la temperatura era tan tibia, que acto seguido la apagó y encendió un cigarrillo.
– Verás… Esther es muy celosa, ¿sabes? No puedes hacerte idea… ¡Sí, comprendo que te sorprenda! Lleva pantalones, juega al tenis, es liberal… Monsergas. En este asunto me tiene en un puño. Me controla al minuto. Y ahora resulta que tiene motivos para ser así… Ahora resulta que obra santamente…
Ignacio no sabía que decir.
– Me fastidia este control, Ignacio. Así que, en cuanto se ha presentado la ocasión, he traspuesto la barrera… como cada quisque.
El cigarrillo de Manolo punteó en la semioscuridad. Ignacio le preguntó a Manolo:
– Por curiosidad…Si Esther se enterase de esto, ¿te lo perdonaría?
Manolo abrió los ojos de par en par, con expresión cómica.
– ¡Ni pensarlo…! Se quedaría en Jerez con sus papas. Y borraría mi imagen de la memoria de mis hijos.
Ignacio porfió con malicia:
– Y si ella te hiciera a ti algo parecido, ¿qué?
Manolo se acomodó en el sillón.
– Me pegaría un tiro.
Ignacio movió la cabeza.
– Entonces… -dijo-, todo eso de Bernard Shaw y de Chesterton y de Oxford, nada… Entonces resulta que sois tan ingleses como pueda serlo mi amigo Cacerola.
Manolo se encogió de hombros.
– Así es…
Ignacio se quedó pensativo. En el fondo le había impresionado que Manolo hubiera engañado a Esther. Manolo se dio cuenta y le dijo:
– Todo esto te demostrará una cosa, Ignacio: el matrimonio es un compromiso extraño… En el mejor de los casos se sostiene por un hilo… -marcó una pausa-. La convivencia, entiéndelo… La convivencia es algo terriblemente difícil.
Nueva sorpresa. El tono de Manolo era reticente.
– Pero tú has tenido suerte, ¿no es cierto? Vuestro matrimonio… prácticamente es perfecto.
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