José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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El problema radicaba en que no podía aplicar en todas partes el mismo discurso, pues Amanecer lo reproducía íntegro cada vez y los lectores se hubieran dado cuenta. Por fortuna, el tema de la División Azul le daba ahora mucho de sí… Además de que había descubierto un slogan que arrancaba invariablemente fuertes aplausos: El pan negro que comemos estos días es mucho más grato y confortable que el pan blanco obtenido con vilipendio.

Los hermanos Costa alquilaron una torre en Palamós y depositaron allí a sus esposas. Ellos irían y vendrían, siguiendo al compás que les marcaran la Constructora Gerundense, S. A. y la Emer. Ambas sociedades les daban mucho trabajo, pese a que Carlos Civil, el hijo del profesor Civil, estaba demostrando insospechadas dotes de mando. Pero Emer se había comprometido a entregar el 30 de septiembre las obras de la nueva Cárcel, en el vecino pueblo de Salt -se adjudicaron la subasta sin mayores dificultades- y en la misma fecha debía estar terminado el edificio de Fundiciones Costa, empresa que, como es sabido, era la íntima y personal condecoración de los dos hermanos. Además… ¡don Rosendo Sarró! Y su representante en Gerona, Gaspar Ley. No los dejaban vivir. Los Costa se habían considerado siempre a sí mismos fenómenos de actividad. Pero don Rosendo Sarró les daba ciento y raya. No le bastaba con sus exportaciones "a los países beligerantes"; ahora estaba empeñado en darle un empujón a la industria de los aglomerados de corcho -de ahí que necesitase el pequeño puerto de San Feliu de Guíxols- y en hacer combinaciones con las Compañías de Seguros. Los planes que les había expuesto a los Costa eran tantálicos… y casi ofensivos. "Ustedes se andan por las ramas, amigos míos -les había dicho Gaspar Ley-. ¡Construir una cárcel! ¡Explotar una fundición… y canteras de piedra! Lo siento, señores, pero don Rosendo Sarró, cuando habla en la intimidad, les llama a ustedes… Zos picapedreros".

Los Costa se tragaban todo esto con dificultad. Aunque comprendían que Gaspar Ley tenía razón. No obstante, su defensa era buena. "¿Es que puede usted comparar la situación de don Rosendo con la nuestra? Nosotros somos ciudadanos de tercera, como esas cartillas de racionamiento… Cada sábado tenemos que presentarnos a la Policía". "Nada, nada -insistía Gaspar Ley-. Que continúan ustedes con la mentalidad de antes de la guerra".

El amor propio de los Costa rugía… Por de pronto, apartaron por completo de los negocios a sus esposas, aunque éstas, por ser "adictas", seguían firmando todos los papeles, y cuando, los domingos, los dos hermanos se iban a Palamós y encontraban a aquéllas jugando al bridge con otras señoronas veraneantes -influencia de Esther-, ellos ponían cara de circunstancias.

– ¡Si por lo menos aprendierais a jugar! -les reprochaban ellas-. Podríais tomar parte en los campeonatos…

– ¿En los campeonatos? ¡Si mañana hemos de estar en Gerona otra vez, a primera hora!

– ¡Oh, perdón! Se nos había olvidado.

Otra pareja que abandonó la ciudad: Jorge y Chelo. De entre todas las masías que aquél poseía eligieron una cerca de Arbucias, rodeada de inmensos prados, y empezaron a acondicionarla a su gusto. Carlos Godo fue precisamente el arquitecto que, a sugerencia de Agustín Lago, les hizo el proyecto, que les encantó. Por supuesto, instalaron en la casa calefacción. Y en unos terrenos aparte, junto a la vivienda de los colonos, la granja… Por fin Jorge había confesado que sí, que no le importaría permanecer muchos días del año en la masía y poner en ella una granja. ¡Ay, las vueltas que daba el mundo! El ex aviador Jorge de Batlle, que había soñado con volar sobre Moscú, sueño que ahora hubiera podido realizar, de haberse alistado en las escuadrillas de la División Azul, se pasaba el día rodeado de libros de Avicultura. ¡Los "desafectos" de Gerona podían estar tranquilos! Jorge no los iba a perseguir ni a denunciar. Le interesaban más las incubadoras, las mezclas alimenticias y la posibilidad de conseguir huevos de dos yemas.

Chelo le decía:

– ¿Sabes que cada día tienes mejor aspecto?

Era verdad. Jorge mejoraba. Los aires de Arbucias, pueblo al que los 'rojos' habían mandado a tantos y tantos niños para protegerlos de los bombardeos, niños que luego fueron llevados a Rusia y cuya suerte preocupaba ahora a Cosme Vila, le sentaban bien. Por otra parte, adoraba a Chelo.

– Has sido mi ángel. Eres a la vez Marta y María.

– ¡Eh, cuidado…! Soy Chelo nada más.

Sólo una nube en el horizonte de Chelo: había recibido una carta de su hermana, Antonia, fechada en el noviciado, en la que ésta le decía: "Me ha escrito papá desde el Penal. Se nota que está muy triste. ¡Recemos por él!". A gusto Chelo hubiera hecho un viaje al Puerto para visitar a su padre. Pero no se atrevió a proponérselo a Jorge. En este caso concreto, no sabía cómo él iba a responder.

Una veraneante feliz: Adela. La guapetona Adela había convencido a su marido, Marcos, para que le alquilara una casita en Playa de Aro para todo el mes de agosto. Marcos se había resistido a ello, por la sencilla razón de que él tenía sus vacaciones en septiembre. Pero Adela, pensando en Ignacio -ambos se deseaban con el ardor de siempre-, le objetó que en septiembre a veces el tiempo se ponía malo. "Y yo necesito baños de sol, ya lo sabes. El médico me lo ha dicho".

¡Adela, en Playa de Aro, tendida sobre la dorada arena…! En cuanto los guardias civiles de que Julio García había hecho mención en su carta se descuidaban, ¡zas!, se quitaba el albornoz. Y le ofrecía al sol -en espera de Ignacio- su piel todavía tersa. Incluso por las tardes se subía a la azotea y allí, sin más testigo que el cielo, se desnudaba por completo y se tendía sobre un colchón rojo, de goma, pensando, pensando…

Otro veraneante feliz: la Torre de Babel. La Torre de Babel se iba todos los fines de semana a Llafranch, con un Topolino que le había tocado en un concurso organizado precisamente por Caldo Potax. Caldo Potax había convocado un fácil concurso -la altitud exacta, sobre el nivel del mar, del Santuario de Nuestra Señora de Fátima-, ofreciendo como premio el diminuto coche. Los acertantes fueron muchos y se procedió a efectuar entre ellos el consabido sorteo, saliendo favorecido el ex empleado del Banco Arús, que sin duda estaba de buenas. ¡Los gerundenses se reían viendo a la Torre de Babel en el Topolino! Pero todo era propaganda para la Agencia Gerunda. La Torre de Babel, dada su estatura, para entrar en el vehículo se veía obligado a encogerse como mosén Iguacen ante el señor obispo, y para conducir debía separar grotescamente las piernas. Pero la Torre de Babel hacía todo eso con gusto y silbaba por esas benditas carreteras, rumbo a Llafranch… A veces -muy pocas- silbaba antiguas canciones de la UGT.

Dispersión veraniega… En las grandes plazas de toros, la llamada Fiesta Nacional iba recobrando el auge de otros tiempos. El señor Grote, en el Café Nacional, afirmaba que dicho auge coincidía siempre con las dictaduras, las cuales hurgaban con admirable ahínco en la llamada entraña de la raza. "Y en España, amigos, ya se sabe. Si hurgamos, de verdad de verdad, en la entraña de la raza, encontramos un toro".

En cambio, el fútbol se había concedido una tregua hasta el otoño, excepto la celebración de un partido internacional con la "nación hermana", Portugal. Dicha tregua influyó decisivamente en la conducta del capitán Sánchez Bravo, presidente del Gerona Club de Fútbol, el cual hizo saber a los restantes miembros de la Junta Directiva que hasta el 1 de septiembre no quería oír hablar ni de jugadores, ni de árbitros, ni de césped verde. "Necesito ocuparme de mis cosas, ¿comprenden?", alegó. "¡No faltaba más!". Ah, las "cosas" del capitán Sánchez Bravo eran sencillas: el póquer, los Concursos Hípicos… y darle el golpe de gracia a su padre en el asunto de la construcción de los cuarteles. Podía decirse que el pleito estaba prácticamente resuelto a favor de la empresa Emer, de modo que el capitán esperaba que le cayeran de un momento a otro cien mil pesetas, en billetes sin estrenar. Mientras, se dedicaba a lo dicho y a Silvia, la manicura; es decir, competía, en circunstancias ventajosas, con Padrosa. Porque Silvia se pirraba por los uniformes. Por los uniformes y por actuar en el cine. Había leído en La Vanguardia que la productora Vizcaya Films ofrecía oportunidades a las señoritas de 17 a 25 años que quisieran ser estrellas. "Desde el lunes próximo -decía La Vanguardia- puede usted ser estrella de cine. Preséntese en Barcelona, calle Aribau, 150, bajos, y empezará su carrera". Silvia estaba dispuesta a hacer el viaje; pero el capitán Sánchez Bravo le dijo: "Mucho cuidado. Lo más probable es que el gerente de Vizcaya Films sea un tipo gordo, mucho más bajito que yo, con ojos de sátiro". "¡Jesús! -exclamó Silvia, juntando las piernas-. No me asuste usted, capitán…"

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