Mateo, al igual que Rogelio y que todos los demás, aguantó firme la marcha. Todavía le duraba la destreza adquirida durante la campaña española. El paso de los divisionarios por los pueblos de Polonia fue recibido con entusiasmo por los sacerdotes católicos y por la población en general; en cambio, en Lituania, cruzaron zonas de ambiente triste, miserable, un tanto hostil, debido a las represalias de que habían sido objeto, por parte de los soldados alemanes, las comunidades judías que allí había, muchos de cuyos miembros habían sido tatuados en la espalda con una marca amarilla.
La División llegó a Rusia por el sector de Witebs. Mateo y Cacerola -¡este cocinero de la Sección!- al pisar suelo ruso primero escupieron en él y luego, unos metros más allá, se arrodillaron y lo besaron. Su curiosidad al ver los primeros rostros de los aldeanos rusos era ilimitada. En Witebs se terminó la caminata y de nuevo en ferrocarril subieron hacia el norte, hacia Shmiks. Por fin llegaron al río Volchow y al oeste del lago limen, donde relevaron a los soldados alemanes de guarnición, ¡los cuales les pidieron que cantaran "Si a tu ventana llega una paloma…" Los capitanes Arias y Sandoval supusieron que (la incorporación española a aquel sector era indicio de que se preparaba la gran ofensiva para la conquista de Leningrado.
El temperamento alegre de los divisionarios produjo el mayor asombro entre la población rusa, así como su religiosidad. Este temperamento, y los acordeones, y el natural galante de los muchachos como Núñez Maza y como Cacerola, abrirían brechas profundas entre la juventud femenina de los pueblos cercanos, pese a las dificultades del idioma y a las terribles sanciones previstas en el código militar alemán en caso de contraer una enfermedad venérea.
En algunos de esos pueblos Mateo comprobó que la miseria era horrible. Ni la revolución de 1917, ni las bravatas de Cosme Vila, ni los planes quinquenales habían conseguido remediarla. Muchos campesinos rusos no conocían la cama ni las sábanas. Dormían sobre paja. Por todas partes, restos de fotografías de Stalin, de Molotov y de Vorochilof. En algunas casas se veía algún icono y en todas "silbaba levemente el samovar". La gente de edad madura parecía resignada, como si estuviera acostumbrada a sufrir y no le diera importancia. Los niños miraban a los "invasores" como personas llegadas de otro planeta. Todo les llamaba la atención: las cantimploras, las bicicletas y, sobre todo, los gramófonos. Escuchar un gramófono era para ellos como un milagro. Se notaba a la legua que desconocían todo lo que no fuera Rusia. "¿Por qué los alemanes son rubios y vosotros bajitos, enjutos y tan habladores?", les preguntaban a través de los intérpretes. En los Manuales de Historia de las escuelas todo aparecía deformado y apenas si en ellos se hablaba de lo acaecido antes de 1917. En los hospitales abandonados a la llegada de las tropas alemanas, los libros de medicina eran muy primitivos.
Pronto Cacerola aprendió el modo de llamar a la puerta de las casuchas rusas. Llamaba con los nudillos y preguntaba:
– Mosna?
– Da, da… -le contestaban desde el interior.
Da, da significaba que podía entrar y sentarse junto al fuego. Cacerola entraba y se pasaba el rato allí, en silencio, pensando en Gracia Andújar, en la alemana Hilda… y en la más joven aldeana rusa que hubiera en la casa.
Lo primero que hicieron los divisionarios, cerca del lago limen, además de llamar a las puertas con los nudillos y preguntar: Mosna?, fue cavar trincheras… y ponerles nombres de mujer.
¡Seguro que una de dichas trincheras se llamaría Pilar!
Rusia… ¡Qué raro misterio! Parecían confirmarse las suposiciones del doctor Andújar: el pueblo era simple; los dirigentes, complejos. Tan complejos, que algunos de ellos, por los altavoces y en un español asombrosamente correcto, invitaban a los divisionarios españoles a que se pasaran a sus filas.
– ¡Habráse visto, so cabrones! -rugía Salazar.
A Mateo lo preocupaba un detalle: no veía aviación propia por ningún lado.
– ¿Y si vienen a bombardearnos?
– ¡Ah! Ese amigo tuyo, mosén Falcó, te echará la bendición…
El Gobernador Civil, camarada Dávila, pasó unas semanas como no se las hubiera deseado siquiera ni al hijo de Stalin, Jacobo Dzugasvili. Se dio cuenta de que sin Pablito y Cristina no podía vivir. Cuando llegaba la noche y se quedaba solo en casa, en el enorme caserón oficial, en vez de sentirse libre, como era el caso de Manolo, notaba que le faltaba el aire. A veces se pasaba un buen rato en el cuarto de Pablito, sentado en el sillón de éste, con una agobiante sensación de vacío. Luego se iba al cuarto de Cristina y seguía con la mirada los animalitos de trapo que la niña había alineado en un estante a lo largo de la pared. También la alcoba le parecía fría, pese al verano. Y cuando se decidía a llamar por teléfono a Santander, a María del Mar, lo hacía siempre desde la cama, porque le parecía más íntimo, utilizando el aparato que se había mandado instalar en la mesilla de noche.
El día 1 de septiembre decidió que la separación había durado ya bastante y emprendió viaje a su tierra, para recoger a los suyos. Pasaría antes por Madrid, para plantear en diversos Ministerios importantes asuntos que afectaban a la provincia, asuntos relacionados especialmente con Abastos y con la red de carreteras. El general le prestó un chófer del Parque Móvil, un muchacho de la provincia de Cóidoba, respetuoso y callado, que había servido con los 'rojos', por lo que llevaba movilizado desde el año 1936.
– Mucho cuartel, ¿verdad? -le preguntó el Gobernador.
– Sí, un poco -contestó el muchacho.
En Madrid, el Gobernador aprovechó bien el tiempo. Su ilusión hubiera sido pedirle audiencia al Caudillo para recabar de él su apoyo personal a las peticiones que llevaba en la cartera; pero el Caudillo se había ido a descansar a Galicia, al Pazo de Meirás, y a la sazón andaba de visita por el Norte, otorgando premios a las familias numerosas -un matrimonio de Gijón tenía veinticinco hijos y recibió veinticinco mil pesetas- y a las mujeres que daban a luz trillizos.
Pero no importaba. En los Ministerios fue bien atendido, especialmente en el de Trabajo, donde el titular, el falangista Juan Antonio Girón, recientemente nombrado, parecía dispuesto a dar un gran impulso a las cuestiones laborales y a los Seguros para los "productores". También en la Delegación Nacional de Sindicatos obtuvo la promesa formal de que el camarada Arjona, delegado de Gerona, recibiría el cese y sería sustituido por otro camarada más eficiente y enterado. "Antes de dos meses -le prometieron al Gobernador- tienes allí un Delegado tan activo que te arrepentirás de haber presentado tu queja". El Gobernador sonrió y se tocó las gafas negras. Eso no lo asustaba. Lo que él quería era trabajar.
Terminadas las visitas oficiales, sostuvo una larga conversación con su hermano, el coronel de Caballería que fue a Gerona por Navidad. El coronel estaba de muy buen humor, y lo recibió con extrema cordialidad.
– Tienes que ir sin falta al Museo del Prado -le dijo, de buenas a primeras-. El mariscal Pétain nos ha devuelto La Inmaculada, de Murillo, y la escultura La Dama de Elche. Allí están expuestas ambas obras. Son una maravilla. Y desde luego -añadió-, no puedes largarte a Santander sin ver la revista Déjate querer. Precisamente mañana celebran las cien representaciones. Las damitas que salen en el escenario no son de Elche… pero te juro que no importa.
El coronel le contó luego que el día en que Alemania declaró la guerra a Rusia y Serrano Súñer hizo aquel discurso gritando: "¡Rusia es culpable!", algunos falangistas se exaltaron de tal modo que se fueron a la embajada inglesa y tiraron piedras a las ventanas, rompiendo los cristales.
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