El Gobernador insistió:
– ¿Y el "general invierno"? ¿No puede ser una dificultad? La Sección Femenina ha empezado a confeccionar abrigos para los voluntarios de la División Azul…
El gobernador militar de Gerona hizo un nuevo gesto negativo.
– No creo que sean necesarios. La conquista de Moscú se está perfilando y ello será un golpe definitivo. Tan definitivo, que Stalin deberá rendirse y marcharse a Siberia, en compañía de 'La Pasionaria' y adláteres.
Al general le gustaba de vez en cuando decir adláteres, no sabía por qué. También le gustaba decir 'tutti contenti'.
Llegados ahí, el Gobernador se sirvió un poco más de coñac y abordó el último tema, el que afectaba directamente a su labor al frente de la provincia.
– ¿Me permite, mi general, que le haga una consulta? Mejor dicho, ¿que le pida un consejo?
– No faltaría más…
– Muchas gracias… -El Gobernador, contra su costumbre, se arrellanó en el sillón-. Usted sabe que tenemos en Gerona a ese tal Mr. Collins, el cónsul inglés. Hay que reconocer que, aparte de sus sonrisitas, se comporta correctamente. El coronel Triguero -y me permitirá usted que toque madera al pronunciar este nombre- me asegura que Mr. Collins hasta ahora se ha ocupado exclusivamente en atender a los refugiados de su país, o del Canadá, que llegan heridos, o sin dinero, o faltos de documentación. O sea, que se ha limitado a lo que atañe a su cargo. Pues bien, tengo la impresión de que no podría decir lo mismo del cónsul alemán, Paul Günher, y de los agentes alemanes que se hospedan aquí, en el mismo hotel que Mr. Collins. En otras palabras, le diré que el comisario Diéguez ha llegado a la conclusión de que en su mayoría son agentes de la Gestapo y que pretenden sonsacarles, a dichos refugiados extranjeros, datos que puedan ser de interés para la política alemana.
El general irguió el busto, como el doctor Gregorio Lascasas cuando oía hablar de Lutero o de los enciclopedistas.
– ¿Está usted seguro de lo que dice?
El Gobernador paladeó con lentitud su segunda ración de González Byass.
– Me temo que sí… Y la verdad es que no sé si debemos darles facilidades… o lo contrario -Marcó una breve pausa-. Eso es lo que he querido consultarle a usted.
El general reflexionó. Estaba muy lejos, en ese instante, de decir 'tutti contenti'. Por fin sentenció:
– Nada de facilidades… Opóngase usted a esta intromisión. La actuación del Caudillo en Hendaya nos dio la pauta: España ha de conservar su independencia. ¡Brrr…! -El general se levantó y dio unos pasos por la habitación-. Una cosa es enviar a Rusia una división de voluntarios y otra cosa permitir que en nuestro territorio uno de los países beligerantes, aunque sea amigo, se dedique al espionaje.
El Gobernador se mordió el labio inferior.
– ¿No cree usted, mi general, que podríamos encontrar la manera de ayudar a dichos agentes alemanes…, sin que la cosa trascendiese?
El general se plantó, delante de su interlocutor.
– ¡De ningún modo! Sería demasiado expuesto… Mr. Collins es inglés, y si algo tienen los ingleses es olfato… -La actitud del general era rígida-. Es de todo punto necesario evitar que ese hombre pueda presentarle a su Gobierno una queja justificada en contra nuestra.
El Gobernador se quedó meditabundo. Comprendió las razones del general. España tenía sus compromisos con Inglaterra, entre los que no era el menor una deuda de varios millones de libras esterlinas… Marcó una pausa y por fin dijo:
– De acuerdo, mi general. Procuraré zanjar el asunto… No va a ser fácil, pero lo procuraré.
El general lo miró con fijeza.
– Es una orden -le dijo.
El resto de la conversación fue intrascendente. El Gobernador, sabiendo que la pregunta halagaría al general, le preguntó cuándo se pondría la primera piedra de los nuevos cuarteles, tan necesarios.
– Muy pronto… -contestó el general-. El día 1 de octubre. Hemos tenido la suerte de que la viuda de don Pedro Oriol nos haya regalado unos solares espléndidos, al lado de la estación de Olot. Y la empresa Emer, con la que he firmado ya el contrato, nos ha puesto un precio razonable -El general añadió-: Desde luego, hay que reconocer que en Cataluña existen también buenos patriotas…
En aquel momento abrió la puerta, sin llamar antes, el capitán Sánchez Bravo. Por lo visto se había escapado de la vigilancia de Nebulosa. Al ver al Gobernador se detuvo en el umbral y dijo:
– ¡Oh, perdonen ustedes! No sabía que estuvieran aquí…
El general, cambiando de expresión, miró a su hijo con indisimulable cariño. ¡Estaba ahora tan contento con él!
– Pasa, hijo… El Gobernador y yo hemos hablado ya de todo cuanto teníamos que hablar.
El capitán Sánchez Bravo, que llegaba de la Barbería Dámaso, sonrió y entró en el despacho, cerrando luego la puerta tras sí.
– ¿Qué tal por Santander, Gobernador? -preguntó, en tono cordial.
El Gobernador adoptó frente al capitán una actitud reservada, que no le pasó inadvertida al general.
– ¡Bien! Aquello ha empezado a resurgir… -Seguidamente añadió, en tono irónico-: Precisamente el general me estaba diciendo ahora que también las empresas constructoras de aquí se muestran activas… y razonables.
El capitán Sánchez Bravo no se inmutó. Miró la botella de coñac. Le faltaba la copa correspondiente para poder utilizarla.
– Efectivamente… -dijo, al cabo-. Ayer estuve visitando las obras de la nueva cárcel, en Salt. Están casi terminadas. Quedará muy bien. Muy confortable.
El Gobernador, que se había levantado, parecía dispuesto a marcharse. No obstante, viendo que el capitán llevaba en la mano un ejemplar de El Mundo Deportivo, le preguntó, en tono tan irónico como el de antes:
– ¿Qué tal se presenta la nueva temporada de fútbol, capitán?
– ¡Oh, excelente! -contestó el hijo del general-. El Barcelona nos ofrece tres de sus jugadores reservas a cambio de Pachín…
El general miró a su hijo con expresión cómica.
– ¿Quién es ese Pachín? -preguntó.
El capitán sonrió.
– ¿Es posible que no lo sepas, papá? Pachín… Nuestro delantero centro… Licenciado hace un mes, por más señas.
El general barbotó:
– Ese fútbol…
El Gobernador, que había ido acercándose a la puerta, decidió por fin despedirse.
– Mi general -dijo-, le ruego que me ponga a los pies de su esposa. ¡La recordamos mucho! -El general inclinó la cabeza-. Capitán, mucha suerte… -El capitán Sánchez Bravo, sin dejar de sonreír, inclinó la cabeza a su vez.
En cuanto el Gobernador hubo salido, el general se volvió hacia su hijo y le preguntó:
– ¿Qué mosca os ha picado a los dos? Parecíais perro y gato…
El capitán se dirigió hacia la botella de coñac.
– Nada, papá. Nos gusta bromear.
Llegó el otoño a paso de tortuga. El verano se resistió a morir. Todavía los rayos del sol doraban las fachadas, pero a la noche refrescaba y, según el general, experto en la materia, numerosas estrellas se eclipsarían para no reaparecer ya hasta la primavera.
Fue un final de septiembre ventoso. Los hilos telegráficos silbaban; Goering, el perro del doctor Chaos, estaba nervioso; los árboles en el bosque se encrespaban como pidiendo el milagro de la lluvia que haría brotar setas, algunas de ellas, venenosas. Desaparecieron los carritos de helados. Las farmacias anunciaron toda suerte de remedios contra el catarro, y el aprensivo Marcos compró en una de ellas tres cajitas de pastillas del doctor Andreu, con el pretexto de que dejaban buen sabor de boca. En Amanecer volvieron a publicarse los anuncios de los sucedáneos del carbón. Los maniquís en los escaparates de confección se pusieron abrigos y bufandas. La Andaluza comentó: "La cuesta de octubre es mala. Luego, con las Ferias -si no hay inundación-, la cosa vuelve a animarse".
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