Todo el mundo regresó a Gerona, a imitación del Gobernador y familia. Adela fue la primera. Sola en el piso, de pronto estiraba los brazos como desperezándose, ahíta de felicidad, frente a una fotografía de Playa de Aro. Su instinto tenía memoria.
Manolo, tal como estaba previsto, fue a Jerez de la Frontera, pasó allí tres días justos y regresó con los chicos, con Esther… y con la madre de ésta. La madre de Esther, familiarmente conocida por Katy, se empeñó en ir a Gerona. "Puedo quedarme con vosotros hasta Navidad. Aunque si os molesto, me echáis…" A Manolo, que no se llevaba muy bien con su elegante suegra, porque era muy entremetida y de talante pesimista -Manolo decía de ella que lo que más le gustaba eran los funerales-, le pareció que Navidad estaba al final de los tiempos… Pero sonrió y dijo: "¡No faltaría más!".
Ignacio conoció a la madre de Esther. Y le dijo a Manolo:
– Mi querido jefe, creo que tus escapaditas nocturnas se han terminado, hasta nueva orden…
– ¡Oh, desde luego! -exclamó Manolo, acariciándose la barbita.
El doctor Chaos regresó también. Ese año no se había ido a ningún hotel de la Costa Brava. Se fue a las Islas Baleares, llevando incrustado en la mente el consejo que le diera el doctor Andújar: "Intenta con otro tipo de mujer distinta de Sólita, más joven y de formas más suaves". El doctor Chaos hizo todo lo contrario: claudicó. Se lió, en Palma de Mallorca, con un marino de veinte años, que le aceptó incluso dinero. De ahí que su vuelta a Gerona llevara el signo del bochorno personal. Porque además se había dado cuenta de que un cambio se había producido en él, de que ya no cedía impunemente a su anormalidad. Se había quedado en tierra de nadie. Por suerte, en Gerona se encontró con que la Clínica rebosaba de enfermos y el trabajo le ocupó muchas horas. Aunque en el quirófano, sin Sólita -¿qué estaría haciendo ésta en Rusia?-, se sentía desamparado.
El doctor Andújar lo llamó e insistió:
– Debes procurar curarte. ¡Hazme caso! ¡Prueba con otra mujer!
Nada que hacer. A los pocos días el doctor Chaos encontró en Gerona su nuevo efebo: un soldado del mismo pueblo que Nebulosa, al que sus compañeros llamaban "la Rosarito".
'La Voz de Alerta' y Carlota regresaron dos días más tarde que el doctor Chaos. Regresaron de Puigcerdá tostados por el sol de la montaña y, apenas reinstalados en la casa, Carlota le planteó a su marido el problema de la esterilidad. 'La Voz de Alerta' no tuvo más remedio que someterse a una minuciosa exploración en la consulta del doctor Morell, quien diagnosticó que el alcalde necesitaba de una ligera intervención quirúrgica.
– ¿Está usted seguro, doctor?
– Completamente.
– ¿Y quién puede encargarse de eso?
– El doctor Chaos.
¡Por los clavos de Cristo! 'La Voz de Alerta' se negó en redondo.
– De ningún modo. Iré a Barcelona… Carlota lo miró comprensiva.
– De acuerdo, cariño. Donde tú quieras. Pero que sea pronto…
Días después regresó Agustín Lago.
Agustín Lago, aparte unos días de descanso en Altea, donde se dedicó a respirar aire puro y a leer a García Morente, lo que le fue muy provechoso, decidió recorrer el Sur, Andalucía: Granada, Jaén, Sevilla y, por descontado, el litoral, desde Almería hasta Huelva. Huelva lo acongojó, especialmente por las condiciones en que trabajaban los mineros de Riotinto y porque le dijeron que por allí había leprosos. ¡Leprosos en España! Pero lo que más lo impresionó fue la desértica tierra almeriense. Pensó que Almería era un pedazo de África que, en alguna noche de pesadilla geológica, se desgajó de aquel continente, Dios sabría por qué.
Al regreso se detuvo en Barcelona, a instancias de Carlos Godo. ¡Qué inteligente hombre! Afirmaba que en los años próximos la arquitectura sufriría un cambio profundo, bajo la presión del crecimiento demográfico -las guerras terminaban un día u otro- y de la necesidad de emplear material más barato. También afirmaba que Agustín Lago vivía en Gerona demasiado solo… y que por esta razón, además del deber apostólico y del deber profesional, le urgía atraerse allí algún amigo para el Opus Dei. "Hemos de ensanchar nuestro campo, Agustín. Y nuestra vida personal es corta…"
Agustín Lago llegó a Gerona con esta idea en la cabeza. ¡Atraerse un amigo para la Obra! A lo primero pensó en Alfonso Estrada, presidente de las Congregaciones Marianas; pero Alfonso Estrada se había ido lejos, a Rusia… ¿A quién podría dirigirse, pues? Evocó unos cuantos nombres: el ex alférez Montero, Miguel Rosselló, Mijares, Ignacio Alvear… ¡Ah, cuan difícil era abrir brecha! El Opus Dei exigía mucho y daba poco. Era una suerte de compromiso directo entre el alma, la persona y Dios.
Ignacio había llamado la atención de Agustín desde el primer momento. Pero, entre todos, parecióle el más inabordable. ¡Bueno, tal circunstancia no lo amilanó! Todo lo contrario. Era una suerte de reto… estimulante. Y la Gracia estaba ahí, esperando. ¡Si consiguiera captar al muchacho! Sería el tipo idóneo para iniciar la cadena.
Agustín Lago decidió: "El Señor, cuando lo considere oportuno, me indicará el modo de llamar a su puerta".
Decidió eso, por cuanto de momento le había salido al paso una íntima dificultad: la sirvienta de la pensión, que se había dado cuenta de que Agustín se estremecía al verla y que, muy coqueta, le preguntaba a diario: "¿Le he hecho bien la cama al señorito?".
Latigazo de la carne. Lección de humildad. Agustín Lago se sumergió en la meditación de Camino, donde pudo leer: "Por defender su pureza. San Francisco de Asís se revolcó en la nieve, San Benito se arrojó a un zarzal, San Bernardo se zambulló en un estanque helado… Tú ¿qué has hecho?". El pensamiento lo consoló sólo a medias, pues en Gerona no había nieve ni estanque helado, y por su parte él no se sentía con ánimo para arrojarse a un zarzal…
¿Y el próximo curso escolar? ¿Y los maestros? ¡Ay, también ese asunto presentaba mal cariz! De Madrid seguían diciéndole: "Paciencia, Inspector, paciencia. ¿No comprende que España ha estado abandonada durante siglos?".
Tal abandono era cierto. Pero ¿podía esgrimirlo como argumento ante quienes en la provincia confiaban en su gestión? Pobres maestros… El verano había sido ruinoso para ellos. Con él se les acabaron las "permanencias" y la cuota mensual que, al igual que en toda Cataluña, percibieron por cada alumno durante el curso anterior. Cobraron la paga limpia, por lo que en su mayor parte anduvieron mendigando traducciones o clases particulares, a semejanza de los maestros depurados, cuya papeleta también había resuelto… sólo a medias. Amanecer se llenó de anuncios que decían: "Preparación de Bachillerato. A domicilio". "Repaso de asignaturas. A domicilio". "Lecciones de latín y de francés". Uno se anunció: "Aproveche el verano para reformar su letra. Tener buena letra es indispensable para triunfar".
Agustín Lago, al leer dichos anuncios, había sentido pena en el alma. Y ahora, con el próximo curso en puertas, muchos titulares habían decidido sencillamente nombrar un sustituto, lo que les permitiría buscarse otro trabajo que les rindiera más. Otros habían obtenido del médico baja por enfermedad. Otros se mostraban dispuestos a organizarse de tal modo las clases que pudieran entretanto corregir pruebas de imprenta…
¿Qué autoridad moral tendría para prohibir semejantes abusos? Grave responsabilidad…
Los hermanos Costa dieron también por finalizado el veraneo de sus esposas. Fueron a buscarlas a Palamós y, el día señalado, 30 de septiembre, Carlos Civil hizo entrega oficial a las autoridades, en nombre de Emer, de la nueva cárcel levantada en el pueblo de Salt, cárcel cuya solidez había merecido los elogios del capitán Sánchez Bravo.
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