Cara al sol fue cantado en el andén. Emoción en las gargantas y en la entraña. El general a gusto hubiera subido al tren, que estaba esperando… de cara a Barcelona.
¡Oh, sí, ésa fue la gran sorpresa! Todos los divisionarios suponían que se irían directamente a Francia por la línea de Port-Bou. Pero por lo visto el Alto Mando había decidido lo contrario, tal vez para no tener que cruzar el pedazo de Francia no ocupada por los alemanes. Partirían hacia San Sebastián y entrarían en la nación vecina por Hendaya, donde montaban la guardia soldados del Führer.
"…me hallará la muerte si me llega y no te vuelvo a ver…"
– ¡Arriba España!
– ¡Arriba!
Subieron al tren. Y éste arrancó, renqueando. Una gran bandera nacional ondeaba en lo alto de uno de los coches, junto con otra rojinegra.
Alfonso Estrada y Mateo coincidieron asomados en la misma ventanilla. Como siempre, la última visión de Gerona fueron los campamentos de San Félix y la Catedral.
– Yo me quedo con San Félix -dijo Alfonso.
Mateo consiguió sonreír.
– Pues yo con la Catedral… ¡Qué remedio!
Todo el viaje hasta Irún fue un flamear de pañuelos. En Vitoria, la Sección Femenina los obsequió con una gran cantidad de barajas y con paquetes de galletas. En San Sebastián, damas de la buena sociedad, como aquellas que en tiempos cultivó 'La Voz de Alerta', les entregaron gigantescos termos llenos de café caliente, idéntico al que les sirvió en la Dehesa la camarada Pascual. Galletas y café: ambas cosas las pedía el cuerpo.
Al cruzar el puente internacional, con mucha gente apostada aquí y allá para presenciar el paso de "Los Voluntarios" -por lo visto era aquélla la tercera expedición que pasaba en cuatro días-, el tren enteró cantó:
¡Adiós, España…! ¡España de mi querer, mi querer! ¡Adiós, España, cuándo te volveré a ver…!
En Hendaya, en la estación, las fuerzas alemanas de guarnición tocaron atención -en el mismo lugar en que se había celebrado la entrevista Franco-Hitler- y presentaron armas. Los divisionarios se apearon unos momentos para estirar las piernas y les salieron al encuentro unas señoritas alemanas, uniformadas, con aspecto de haberse duchado hacía poco…, y les repartieron bolsitas que contenían sardinas noruegas, queso, pan de forma cuadrada, de sabor desagradable, salchichas…
Unos quilómetros más… y Burdeos. En Burdeos -donde el mariscal Pétain y De Gaulle discutieron sobre si Francia debía o no debía rendirse- había que esperar un par de horas y los voluntarios recorrieron al azar las inmediaciones de la estación. Algunos paisanos, al reconocerlos, levantaban el puño… O escupían. Eran franceses. O tal vez exiliados españoles. Los soldados alemanes contemplaban con indiferencia semejante provocación y los voluntarios habían recibido orden de "no responder". "¡Si serán maricas!".
De regreso a la estación, en cuanto el tren se puso en marcha, ya hacia el interior de Francia, Mateo se acercó al capitán Sandoval y le preguntó:
– ¿Tiene usted idea, mi capitán, de cuál va a ser el itinerario?
El capitán Sandoval, mientras luchaba por abrir una lata de sardinas noruegas, le contestó:
– Pues… no puedo decirte exactamente. Pero creo que vamos a un campamento alemán, próximo a Bayreuth, llamado Grafemwhor o algo así. Allí aprenderemos, supongo, la instrucción… Hasta el día que juremos bandera.
– ¿Jurar bandera?
– ¡Bueno! Me refiero a la bandera alemana. Creo que tendremos que jurar fidelidad a Hitler…
Mateo, que tenía en las manos el gigantesco termo que le dieran en San Sebastián, se quedó inmóvil.
– ¿Y luego? -preguntó al cabo.
– Luego… a Rusia. A rescatar a Cosme Vila…
Mateo soltó una carcajada.
– ¡Es una idea, fíjese…!
Cosme Vila, en Moscú, ignoraba que Mateo y el capitán Sandoval estuvieran maquinando llegar a la capital soviética y rescatarlo, a buen seguro con la intención de quemarlo vivo en la Rambla de Gerona; pero sabía que en España se había formado una División para luchar en el frente ruso. Y les había dicho a sus camaradas, los catalanes Soldevila y Puigvert, y al madrileño Ruano: "Eso no me gusta".
El ex jefe comunista gerundense habló así porque su desconcierto había sido también total al enterarse de que Alemania había declarado la guerra a Rusia. En la Escuela de Formación Política, a la que seguía asistiendo, las consignas de elogiar al III Reich, recibidas a raíz de la firma del pacto de no agresión germano-soviético, habían creado en Cosme Vila una suerte de automatismo. Cosme Vila, que, contrariamente a su mujer, empezaba ya a familiarizarse con el idioma ruso -todos los motes cariñosos que empleaba al dirigirse a su hijo eran motes rusos-, se había habituado a considerar que los grandes enemigos de Rusia eran, además de Franco, las democracias anglosajonas. En las enseñanzas recibidas desde su llegada a la capital de la URSS flotaba la idea de que serían Rusia y Alemania los países que impondrían en Europa su ley, en cuanto Inglaterra se rindiera. Rusia aportaría sus inmensos recursos… y Alemania su preparación técnica.
De repente, todo habla cambiado. Hitler había demostrado que no quería competidores y que su afán era que esos recursos de la URSS pasaran a formar parte del patrimonio alemán. Desde el primer momento Ruano, el intelectual madrileño, había afirmado que el ataque alemán no era "antibolchevique", no era "ideológico", sino "físico y económico". Hitler pretendía apoderarse de las riquezas del subsuelo ruso, del petróleo del Cáucaso, etcétera, e impedir que la Unión Soviética se convirtiera realmente, andando el tiempo, en una gran potencia. Opinión que coincidía extrañamente con la formulada, según noticias de 'La Voz de Alerta', por el conde Ciano y por Mussolini.
Así, pues, Cosme Vila, además de desconcertado, estaba asustado. Su aislamiento informativo había continuado siendo prácticamente absoluto: él y sus camaradas ignoraban lo que ocurría en "las altas esferas" infinitamente más de lo que, en España, pudieran ignorarlo el Gobernador y Mateo. Desde 1939 habían conseguido sostener breves diálogos con 'La Pasionaria', cuya fotografía aparecía constantemente en los periódicos; con Togliatti, el jefe italiano; con André Marty, el jefe francés; con el checo Gotwald, todos los cuales, en el momento de producirse el ataque alemán, se encontraban pasando sus vacaciones en Kunsevo; pero siempre habían tropezado con una indiferencia glacial por parte de estos dirigentes. Asimismo, habían hecho una visita a la Academia Frunze, donde recibían cursos superiores de enseñanza militar Modesto, Líster, Tagüeña, etcétera, pero el divorcio fue allí aún mayor. En cuanto al Campesino, que tal vez hubiera sido el más asequible, desde primeros de 1941 había sido expulsado de dicha Academia por "indisciplinado", por continuar negándose a rusificarse y por cantarle las verdades al lucero del alba, y a la sazón se encontraba trabajando en la construcción del faraónico Metro de Moscú, de mármol, construcción que a raíz de la guerra se aceleró, pues "podía convertirse en el mejor refugio antiaéreo de la capital".
El susto de Cosme Vila era, pues, doble. Acostumbrado a llamar a Churchill "el primero entre los estranguladores del movimiento de liberación de los pueblos", de pronto debía llamarlo "el mejor aliado de Rusia", puesto que había prometido a Stalin aviones, botas, diez mil toneladas de caucho, aluminio y evitar, mediante vigilancia aérea y marítima por las aguas del norte, que Alemania atacara a Rusia por el Ártico. Lo mismo ocurría con respecto a Roosevelt, "vil encarnación del sistema opresor del capital sobre el proletariado". Roosevelt estaba dispuesto a ayudar sin tasa a la Unión Soviética en su lucha contra "los caníbales Hitler y Von Ribbentrop" enviando mercancías de todas clases, y a partir de ahí era "leal a la causa del pueblo ruso".
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