Mateo sintió que los besos de su mujer le quemaban.
– Lo siento, Pilar, pero no es broma… Me alisto… Te repito que creo que es mi deber.
Pilar, entonces, se puso en pie. Y retrocedió, desorbitados los ojos. Abrió la boca y miró a Mateo como si fuera a volverse loca. Mateo, con el alma rota pero con el pensamiento libre, recordó las palabras pronunciadas por el sacerdote en el altar, el día de la boda: "en lo bueno y en lo malo…" -¡Mateo…! ¡Te has vuelto loco!
Fue un grito desgarrado. Pilar conocía a su hombre. Y ahora que lo había mirado a distancia, había comprendido que no estaba borracho y que su decisión era cierta.
– Pilar, por favor, escúchame…
Pilar rodó por el suelo. Su cuerpo se dobló y cayó. Acudió Tere, la criada: "¿Qué le ocurre a la señorita?". Mateo se arrodilló a los pies de Pilar y la acomodó en el sillón. Pensó que acaso hubiera debido decírselo de otra manera. Hablar antes con don Emilio. O con Carmen Elgazu… O marcharse, pretextando cualquier cosa y escribir una vez cruzada la frontera.
Pero lo cierto era que ya se había planteado a sí mismo la cuestión, comprendiendo que cualquier procedimiento era inútil, que llegaría el momento en que Pilar debería enfrentarse con la realidad.
No, aquél no era un desmayo como el de la viuda del comandante Martínez de Soria. Costó Dios y ayuda conseguir que Pilar recobrara el conocimiento. Hubo que abrir todas las ventanas, acostarla. Su palidez era mortal. E iba murmurando, de vez en cuando: "No, no…, no es verdad…"
Sí lo era. Mateo se mantuvo firme.
– Tú sabes que te quiero. Pilar… Si hubiese sabido que esto iba a ocurrir, hubiéramos aplazado la boda. Pero conoces mis convicciones. Las conoces de siempre. La Patria es sagrada para mí…
Pilar se había quedado sin fuerzas. Era una mancha exangüe en aquella cama altísima, de línea antigua, que con tanto cariño eligió.
– Pero ahora… no estoy yo sola… Espero un hijo. Un hijo tuyo, Mateo…
– Ya lo sé, Pilar… ¡Por Dios, sé valiente! Quiero a ese hijo como tú… Pero he de ir. No tengo más remedio. Aunque sé que volveré…
Pronunció estas palabras sin convicción. Porque Mateo sabía lo que era la guerra. Aunque Pilar no lo oyó siquiera. Había cerrado dulcemente los párpados, como si fuera a dormirse, y de repente había estallado en un llanto inenarrable, que hizo que Tere, la criada, comprendiendo al fin de qué se trataba, se retirase.
Luego se produjo en la alcoba un silencio tan delgado que se cortaba a sí mismo. Pilar de vez en cuando movía un pie. Mateo no pensaba sino en una cosa: en si el choque habría podido complicar el embarazo y perjudicar a Pilar o al hijo. Pilar se había colocado panza arriba en la cama, con las piernas ligeramente separadas.
Entonces se oyó el llavín de la puerta: era don Emilio Santos. Llegaba feliz, porque había podido andar desde la Tabacalera sin fatigarse. Además, el sol era hermoso. Iba hacia el ocaso. Lo vio un momento por encima del tejado de la Estación.
– Tere…, ¿me preparas un taza de café?
Mateo salió al encuentro de su padre. Lo esperó en el comedor. Le dijo lo que ocurría.
El primer impulso de don Emilio Santos fue propinarle a su hijo un terrible bofetón. Pero la mirada de Mateo, que adivinó sus intenciones, lo paralizó.
– Eso no, padre…
Se oía un ruidillo en la cocina, como si en los fogones hirviera un samovar.
Don Emilio Santos dio media vuelta. Quiso darle la espalda a su hijo.
– ¿Dónde está Pilar?
– En la cama… Se ha acostado.
El padre de Mateo se dirigió a la alcoba: Pilar, al verlo, haciendo un esfuerzo se incorporó. Entonces don Emilio se sentó a su lado, en el borde del lecho y la abrazó con ternura y con ternura la invitó a que se tendiera de nuevo.
– Pilar, hija…
Pilar no acertaba a hablar. Además; todavía no se había acostumbrado del todo a llamar "padre" a don Emilio Santos. A veces, sí. Pero en ocasiones solemnes, y aquélla lo era, no le salía.
– ¡Está loco! ¡Se ha vuelto loco! -gritó, gritó casi, don Emilio Santos, deseando que Mateo, que continuaba de pie en el comedor junto al balcón, lo oyera-. ¡Hay que impedir que cometa esa barbaridad!
Pilar acertó por fin a balbucear:
– No podremos hacer nada… Lo más seguro es que se haya alistado ya…
Mateo oyó aquellas palabras. La clarividencia de Pilar casi lo irritó. Pero al momento se le pasó. Comprendió que no era él quien tenía derecho a pedir explicaciones.
Tere apareció con la taza de café para don Emilio Santos, pero éste la rechazó.
– Luego, luego…
Otra vez el silencio en la casa. Y los sollozos.
El forcejeo duró media hora lo menos. Intentos de Mateo para que se hicieran cargo. Todo inútil. Sus palabras -Rusia, Patria, deber- caían en el vacío. Parecían rimbombantes. Por lo visto, las palabras, con un hijo en las entrañas de la mujer, cambiaban de significado.
Don Emilio Santos sentenció:
– Todavía estás a tiempo, Mateo… Si no cambias de opinión, habrás de atenerte a las consecuencias…
No se sabía exactamente lo que don Emilio quería indicar con eso. Entonces ocurrió lo imprevisto. Pilar sacó fuerzas de flaqueza y se incorporó en la cama. Luego puso los pies en el suelo y con raro acierto los introdujo en las zapatillas que yacían allí. Seguidamente, y sin decir nada, se fue al teléfono y marcó un número: el número de Ignacio, en el despacho de Manolo.
– Ignacio, soy Pilar… ¡Ven, por favor! Te necesito…
Y colgó.
Mateo se puso furioso, aunque no acertó a protestar. Dudó entre marcharse o irse al lavabo a frotarse la nuca con agua fría. Eligió esto último. Y luego orinó, mirando de frente, a la pared, como si allí estuviera el enemigo de sus ideales.
A gusto hubiera permanecido en el lavabo hasta que Ignacio llegara, pero era imposible. Tuvo que salir. Vio a Pilar sentada en el comedor, con aire infinitamente abatido. Y a don Emilio Santos tomándose, ahora sí, la taza de café.
Se encerró en el despacho y se distrajo pasando la mano por los lomos de los libros. Y tratando de encender un pitillo con su mechero de yesca.
Ignacio tardó unos quince minutos en llegar; a todos les parecieron una eternidad.
Cuando el muchacho entró en el comedor, Mateo estaba también allí, dispuesto a recibirlo. Mateo quería comunicarle él mismo lo que estaba ocurriendo, pero Pilar se le anticipó. Pilar, por dentro, todavía no daba la causa por perdida… En un momento dado, estando en la cama, le había penetrado la esperanza. Porque… ¡Mateo la quería tanto! Aquello era un rapto, un deslumbramiento, e Ignacio conseguiría hacerlo desistir.
– Perdona que te haya llamado así, Ignacio… Pero es que… Mateo quiere alistarse en la División Azul.
Fue una escena borrascosa. En cuanto Ignacio, previa consulta con Mateo, comprendió que la cosa iba en serio, discutió con éste como jamás lo había hecho. Aquello le parecía indigno. Una canallada. Un hombre que fuera hombre no podía casarse y a los seis meses irse a la guerra porque sí, sin necesidad. Para dárselas de héroe. En nombre del Imperio o de otra majadería similar. Un militar debía aceptar el hecho, era su profesión. Pero un paisano… Aunque llevase una camisa de color especial… La guerra era una cosa horrible y para sentirse atraído por ella era preciso haber perdido el juicio.
Ignacio retó a Mateo. Lo retó a que lo convenciera de que aquel acto era necesario. La División Azul, ese holocausto simbólico, debía ser algo exclusivamente para solteros. "Yo podría alistarme, si no prefiriera el Derecho al fusil. Pero tú, casado y esperando un hijo, no…" ¿Acaso para los sueños del Führer era necesaria la carne de Mateo… y la carne de Pilar? Y todo por hacer honor a un himno romántico. O, tal vez, para salir retratado en Amanecer.
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