Produjese un breve silencio, pues Pablito quedó a la expectativa, sin atreverse a preguntarle "si ocurría algo".
El Gobernador se acercó al sofá que había al lado de la mesa en que Pablito estudiaba y tomó asiento, con aire fatigado.
– ¿Estás cansado?
– Un poco… -Pablito volvió hacia él la silla, que era giratoria-. ¿Qué estás estudiando?
– Un tostón: Química…
– ¡Oh, Química!
El Gobernador no quería de ningún modo que su hijo se diera cuenta de que había ido a verlo por necesidad. ¡Pablito era un hombre!
– ¿De veras no te estorbo?
– De veras.
– Eso de la Química es tan serio…
– ¿Serio? Ya te lo he dicho: un tostón.
El Gobernador sonrió.
– Te tira más lo otro, ¿verdad? La Historia, la Literatura…
– ¡Desde luego!
Pablito estaba también un poco emocionado. ¿A qué venía el interés de su padre por él? ¡Lo quería tanto, pese a que fuera "un virrey"!
– Has salido a mí, chico. También a mí las Ciencias me parecían detestables… -Acto seguido añadió-: Ya no me acuerdo de nada…
Pablito se chanceó.
– Bueno. Pero tú no tienes que examinarte.
El Gobernador dibujó una sonrisa y se sacó del bolsillo un caramelo de eucalipto.
– ¿Quieres?
– ¡No, no, por favor!
El Gobernador suspiró.
– No tienes idea -prosiguió, recostando la espalda en el sofá- de las cosas que uno va olvidando… -marcó una pausa-. ¡El Bachillerato! ¿Dónde queda eso?
Pablito preguntó:
– Será cuestión de memoria, ¿no?
– ¡No! -protestó el Gobernador-. Lo que no se utiliza, se pierde…
Pablito, al oír esto, se tocó el lóbulo de la oreja. Lo cierto es que la visita de su padre lo había exaltado. Reflexionó unos segundos y se le ocurrió una peregrina idea.
– ¿De veras has olvidado muchas cosas del Bachillerato?
– Figúrate… Y con la guerra por en medio.
– Me divertiría -dijo Pablito, de pronto- comprobar eso…
– ¿Cómo?
– No sé… Jugando a hacerte preguntas.
– ¿Preguntas?
– Sí. Como si yo fuera un tribunal.
– ¡Me niego! -exclamó el padre-. Me niego a jugar a eso.
– Pero ¿por qué?
– Porque no quiero que me pierdas el respeto.
– Eso es imposible.
– De verdad, Pablito… Que no quiero decepcionarte, que se olvidan muchas cosas…
Pablito se había entusiasmado con la idea y no se mostró dispuesto a dar su brazo a torcer. Mordió el cortapapeles que había cogido de la mesa y sin más preguntó:
– A ver… ¡Te prometo que no va a ser nada de Química! Por ejemplo… ¿en qué año nació Miguel Ángel?
– ¿Quieres decir… el año exacto?
– Sí.
El Gobernador movió la cabeza.
– No lo sé.
Pablito mordió de nuevo el cortapapeles.
– ¿Cuántos obispos se reunieron en el Concilio de Trento?
El Gobernador soltó una carcajada.
– Muchos…¡Muchísimos, diría yo!
Pablito se había embalado y se convirtió en un cohete.
– ¿Quién fue Noab?
El Gobernador miró al techo con expresión sanadora.
– ¿Noab?… Eso me suena. Me suena a Antiguo Testamento.
– ¿Sabrías dibujar un prisma poligonal?
El Gobernador optó por continuar riéndose.
– Por favor, hijo, no digas palabrotas…
Pablito se rió también. Pero era evidente que se había quedado preocupado. Tuvo la impresión de que si le preguntaba a su padre por el primer verso de la Eneida tampoco lo sabría. Y que tampoco sabría la distancia exacta que había de la Tierra a Marte.
Ahora había dejado el cortapapeles y jugueteaba con la pluma estilográfica que su padre le había regalado a principios de curso.
– ¿Tantas cosas se olvidan, papá…?
Pablito habló en un tono enigmático. El Gobernador temió que verdaderamente Pablito sacara de aquel juego conclusiones exageradas.
– Hijo… Ya te lo advertí antes. Todos esos… datos acaban perdiendo importancia, según la profesión que luego se ejerce… Y si en un momento dado los necesitas, los encuentras en una Enciclopedia.
Pablito había arrugado el entrecejo.
– Pero… todo esto es cultura, ¿no?
– ¡Cuidado! -replicó el Gobernador-. ¿Quién te ha dicho que saber quién fue Noab signifique cultura? Se puede ser un memorión y ser un ignorante de tomo y lomo…
Pablito escuchaba con suma atención.
– No acabo de verlo claro…
– A ver si acierto a explicarme -prosiguió el Gobernador-. Una cosa es aprenderse unas asignaturas -que es lo que se hace al estudiar el Bachillerato- y otro cosa es ser un hombre culto. Tener cultura… es tener sentido del mundo. Haber vivido… Conocer pronto a las gentes… La cultura no tiene nada que ver ni con las fechas ni con los prismas poligonales.
Pablito guardaba silencio. Por fin preguntó:
– ¿Por qué no me pones un ejemplo que me explique la diferencia?
Al Gobernador le hubiera gustado en aquellos momentos fumar en pipa y que el humo se elevara en espiral.
– Muy fácil… Me has preguntado por el año exacto en que nació Miguel Ángel. Un hombre culto es el que al contemplar una estatua del artista siente que comprende lo que éste quiso
expresar, el significado de la obra, aunque ignore la fecha en que Miguel Ángel nació.
Pablito respiró, un tanto aliviado. Por nada del mundo hubiera querido que su padre lo decepcionase. No obstante, la teoría de éste se le antojó un poco cómoda tal vez.
– Lo ideal sería conocer las dos cosas, ¿no papá?
El Gobernador estuvo a punto de contestar: "¡Ah, claro!", pero reaccionó interiormente y aclaró:
– Pues… te diré. Difícilmente las dos cosas van unidas. La gente instruida… acaba examinando en un Instituto. O trabajando en un laboratorio. O en una oficina… La gente culta va mucho más allá. Es la que crea algo, la que mueve el mundo… -el Gobernador añadió-: Junto con los artistas, claro…
Pablito continuaba sumamente interesado.
– En Gerona, por ejemplo… -preguntó-, ¿a quién llamarías tú una persona instruida y a quién una persona culta?
El Gobernador reflexionó.
– Una persona instruida… no sé. Supongo que tu profesor de Historia lo es. ¡Y nuestro querido Alcalde, por supuesto! Una persona culta…, pues el doctor Andújar. Y también lo son el doctor Chaos y el profesor Civil… ¡E incluso Mateo!
– ¿Mateo?
– Sí. ¿Por qué pones esa cara? Mateo es culto. Supongo que ha olvidado también el número de obispos que se reunieron en Trento. Pero se ha formado… un concepto de la verdad, ¿comprendes?
Pablito, al oír esto, arrugó el entrecejo de nuevo. Y objetó:
– ¿Un concepto de la verdad…? Supongo que hay hombres cultos que tienen de ella opiniones muy distintas. Estoy pensando en la religión. El doctor Chaos, del que has dicho que es culto, es ateo. En cambio, el doctor Andújar y el profesor Civil son muy religiosos…
El Gobernador explicó:
– Eso es natural. Yo no te dije que el hombre culto poseyera la verdad, sino que tiene un concepto de ella. De modo que tienes razón. Esos conceptos pueden ser no sólo distintos, sino incluso opuestos.
Pablito pareció inquietarse. Iba encogiéndose en la silla, achicándose.
– Entonces… ¿la cultura no garantiza estar en lo cierto?
– No.
– En ese caso, ¿para qué sirve?
– Para avanzar poco a poco…Para ir eliminando errores. Sirve, por ejemplo, para saber rectificar -el Gobernador sintió deseos de tomarse una taza de café…-. Por ejemplo, cuando esta guerra termine, se sabrá quiénes tuvieron razón: si ellos, los anglófilos, o nosotros, los que creemos en Alemania. Y se habrá avanzado un poco…
Читать дальше