Todo el mundo se mordía impotente las uñas, mientras el agua continuaba cayendo implacable. Sólo algunos héroes desafiaron anónimamente la hecatombe, a riesgo de sus vidas. Uno de ellos, mosén Falcó, el joven consiliario de Falange. Saltó desde su balcón al de la casa vecina para poner a salvo a la vieja paralítica que vivía en el entresuelo. Fue el suyo un salto inverosímil, que bien pudo depositarlo en el más allá. Otro héroe, ¡tía Conchi! Tía Conchi, por su cuenta, colocándose un saco a modo de capucha, salió disparada y consiguió trasladar a buen recaudo dos niños que descubrió sentados temerariamente en el alféizar de un ventanuco, frente al bar Cocodrilo.
No dejó de llover hasta la madrugada del lunes, momento en que las nubes acusaron fatiga y se abrieron algunos claros. Los equipos de rescate, ¡por fin!, pudieron actuar. Sus componentes exhibían las más absurdas prendas de ropa, como aquellos anarquistas que se fueron al frente de Aragón. El Gobernador, con un casquete y un impermeable que llevó durante la guerra, parecía un comisario ruso. Alfonso Estrada se enfundó una cazadora que había pertenecido a su padre y se calzó unas polainas. Los coches de los bomberos avanzaban contracorriente, tocando la sirena y formando abanicos de agua, en dirección a las zonas bajas de Gerona: la calle de la Barca, el barrio de Pedret. Los pescadores de San Feliu de Guíxols y de Palamós irrumpieron en las calles con sus barcas de remo, provistos de cuerdas y escalas. La consigna era trasladar los accidentados al Hospital, donde el doctor Chaos lo había dispuesto todo de antemano para poder atenderlos.
El nivel del agua tardó mucho en decrecer. Pero por fin lo hizo y empezaron a asomar de nuevo los pretiles de los puentes. A media mañana lucía incluso el sol. Gerona ofrecía un aspecto sobrecogedor y las paredes olían a bosque. Los colores herían la vista, como al salir fuera después de una larga permanencia en un lugar oscuro.
Todos los gerundenses se afanaron en la tarea de desbloquear las alcantarillas y de evacuar el agua. Se habían formado por doquier montones de escombros y aparecían aquí y allá muebles, palanganas, ¡y ovejas muertas! En las tiendas y en los sótanos, el trabajo era febril. Algunos hombres, acostumbrados a cavar trincheras, accionaban la pala con singular maestría. Las mujeres, con pañuelos a la cabeza, anudados al cuello, se parecían un poco a las que Cosme Vila veía quitando nieve en las calles de Moscú. En cada inmueble surgía un líder, que daba órdenes. La brigada municipal de barrenderos se multiplicó. Salió Marta, en cabeza de las muchachas de la Sección Femenina, con su famoso botiquín que decía CAFÉ. Los aficionados a la fotografía se subieron a la vía del tren para contemplar el impresionante panorama que ofrecían la Dehesa inundada y el Ter, que se empeñaba en bajar dándose importancia. Félix Reyes, con su bloc de notas y su lápiz, tomaba apuntes desde la azotea.
La tropa se había movilizado y los capitanes Arias y Sandoval recorrían a bordo de una barca pintada de rojo las cercanías de la Plaza de Toros, colaborando en el tendido de pasarelas e infundiendo ánimo con su presencia a los dañados por la riada. El capitán Sánchez Bravo se fue al Estadio de Fútbol: era un lago tranquilo, aunque las gradas, recién construidas, habían desaparecido, así como las pistas de tenis tan amadas por Esther.
La pesadilla había cesado, pero Gerona era un lodazal y lo sería durante mucho tiempo. El edificio donde estuvo la fundición de los hermanos Costa se había venido abajo. Por otra parte, se sabía que las aguas no habían causado estragos sólo en Gerona, sino en extensas zonas de la provincia, especialmente en aquellas que el Ter cruzaba. Sin duda el balance de las pérdidas sería aterrador.
Inundación, broche de luto en el otoño de la ciudad y provincia. Durante años se recordaría aquello y mosén Alberto tomó buenas notas con destino al Archivo Municipal. Las víctimas eran numerosas y había desaparecido gran parte del ganado que el Ejército había entregado a los campesinos.
Los datos referidos a la catástrofe llenarían durante muchos días las páginas de Amanecer. Pero, en medio de todo, prodújose un hecho consolador. España entera se hizo eco de lo ocurrido. Una vez más se puso de manifiesto la eficacia de la cohesión existente entre todas y cada una de las regiones de la Patria. En efecto, en el Gobierno Civil empezaron a recibirse, además de innumerables telegramas de condolencia, víveres, ropa y dinero. Abrióse en todo el ámbito nacional una suscripción Pro damnificados por las inundaciones de Gerona, encabezada por un generoso donativo del propio Caudillo.
Mateo, que se encontró con la hecatombe a su regreso de San Sebastián, y que fue encargado de contabilizar las aportaciones, a medida que la cuenta engrosaba le decía al camarada Rosselló:
– Es maravilloso… ¡No cabe duda! España constituye una unidad.
El camarada Rosselló asentía con la cabeza e iba contestando:
– Sí, desde luego…
Sin lugar a duda, dejando aparte las víctimas y sus familiares, el hombre psicológicamente más afectado por la catástrofe era el Gobernador, el camarada Dávila. Después de haber recorrido la provincia, y de punto a cabo la ciudad, comentó:
– Es calamitoso. De todo lo hecho, lo único que ha quedado intacto es la fábrica Soler. Habrá que volver a empezar…
El tanque acuático había arrasado los campos. La población vivía un mes de noviembre negro como la sotana de mosén Obiols, el sacerdote de los pies larguísimos y la voz tronitronante. El Gobernador presintió en seguida que la situación iba a ser idónea para que los desaprensivos se lanzaran más que nunca, como aves de presa, sobre la gente necesitada. De todas partes le llegaban informes al respecto, y a menudo los protagonistas eran las propias autoridades locales -alcaldes, jefes o secretarios del Partido o de los Sindicatos- que él mismo había nombrado. Todo aquello recordaba la entrada de los moros en los pueblos destruidos, cuando la batalla había sido dura y los jefes les habían prometido derecho al botín.
El Gobernador pasó una crisis de desmoralización. La guerra no lo había anonadado nunca; lo anonadó el agua, como les ocurriera a los italianos en la ofensiva de Guadalajara.
Se dio cuenta de que la indisciplina socavaría los cimientos del edificio patriótico y de honradez que había intentado levantar desde su llegada a Gerona. Y se dio cuenta de que la frase de José Antonio: "Inasequible al desaliento", resultaba a veces superior a las fuerzas de un hombre.
Su confidente fue una vez más Mateo, quien, pese a que en las reuniones de San Sebastián quedó patente que la Falange tenía menos poder del que el hombre de la calle imaginaba, dio pruebas de una entereza envidiable. Mateo fue quien le aconsejó que debía actuar en dos direcciones. La primera, hacer lo imposible por restablecer la situación; la segunda, mostrarse implacable en los castigos. Mateo añadió:
– Además, te consta que todos te ayudaremos. Que nos tienes a todos de tu parte, desde el Fiscal de Tasas hasta el conserje de mi despacho.
El Gobernador, sentado en su mesa, no conseguía sonreír.
– Sí, lo sé. Conozco bien vuestra buena disposición. Sin embargo, yo he de dirigir la orquesta. De todo cuanto ocurra el responsable seré yo: el Gobernador. ¿Y en nombre de qué? ¿Y en nombre de quién? Ante mi nadie presenta armas, porque esto no es un cuartel. A mí nadie me besa el anillo ni me pide la bendición, como al señor obispo. Ni siquiera soy el jefe de Falange; el jefe de Falange eres tú… Este despacho es incómodo, te lo aseguro. Fíjate en esta mesa. ¡Y los teléfonos no paran! "Se lo diremos al Gobernador…" "El Gobernador resolverá…" ¿Y si me equivoco? El general me meterá en la cárcel o me invitarán amablemente a que me retire a Santander, "agradeciéndome los servicios prestados…"
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