José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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Ahora el Gobernador se sentía lanzado. Llamó a 'La Voz de Alerta' y le ordenó que publicara en Amanecer diariamente, durante un mes, el siguiente comunicado: Tu deber es afiliarte a Falange. Los rezagados serán tenidos por indiferentes; más adelante, por adversarios del Nuevo Estado. Segundos después se preguntó: "¿No estaré exagerando?". No…De nuevo el periódico que tenía en la mesa acudió en su ayuda. En efecto, era absurdo que Boisson Blanche pudiera anunciarse todos los días diciendo: "Vigilad vuestro aliento. Limpiad y sanead vuestro tubo digestivo" y él no pudiera anunciar algo similar para acabar con la indiferencia y con el retorno al egoísmo individual.

Una objeción: ¿Qué le daría a la población a cambio de esos cien ojos que controlarían sus movimientos cotidianos? Ahora se tambaleaba incluso la palabra "paz…" La dulce palabra que la gente había paladeado desde el 1.° de abril de 1939.

Le daría la seguridad del orden público; de acuerdo. Y la certeza de que todo se hacía para el bien común, para mantener vivo el principio de autoridad, cuya dimisión había llevado a España al cataclismo. Pero ¿y el racionamiento? Los rojos, lo había dicho mil veces, perdieron en gran parte la guerra por culpa del hambre. Y he ahí que pronto iba a crearse incluso la Tarjeta del Fumador… Don Emilio Santos, en la Tabacalera, tenía ya los impresos sobre la mesa. ¿No podría darles a los hombres todo el tabaco que les hiciera falta? ¿Y las mujeres no podrían comprar a gusto sábanas, pañuelos, blusas de seda… para poder continuar cosiendo en el interior de sus hogares?

El Gobernador pegó un manotazo al ya inútil teléfono amarillo y se acercó de nuevo a la ventana. Vio revolotear fuera algunas gaviotas; sobre el Oñar se habían concentrado por docenas, pues el río era su lugar preferido. Se acercaba el invierno. ¿Por qué había inviernos en la vida de los pueblos? Churchill había anunciado a los ingleses "sangre, sudor y lágrimas". Pero los ingleses eran ricos y habían provocado a medio mundo y lo habían explotado. Ahora les llegaba su merecido. En cambio, España, sin haber provocado a nadie, se encontraba deshecha, según la expresión empleada por el camarada Rosselló a su regreso del Puerto de Santa María.

Sintióse fatigado y entonces pensó en su mujer, María del Mar, que cuando la inundación, al verlo salir con casquete y con impermeable, insospechadamente le dijo: "¡Mucha suerte, cariño!".

Le invadió una oleada de ternura hacia ella. Y olvidando todo lo demás experimentó el súbito deseo de ver a su esposa, de abrazarla. ¡Llevaban tantos años compartiendo la vida!

Dicho y hecho, abandonó el despacho y cruzando el largo pasillo -al mismo tiempo le dijo al conserje: "Ya puedes irte. Hasta mañana"-, penetró en la parte del edificio destinada a vivienda.

"¡María del Mar!", exclamó desde la puerta.

María del Mar tardó unos segundos en acudir. ¿Dónde diablos estaría? Por fin apareció.

– ¿Ocurre algo? -preguntó la mujer.

El Gobernador la miró con fijeza… y con dulzura.

– No, nada. Tenía ganas de verte…

María del Mar se quedó asombrada. No era corriente que su marido entrara en casa a aquella hora, y menos que la mirara de aquella manera y le hablara en aquel tono. ¡Con los días que el hombre estaba pasando!

Sin embargo, la mujer disimuló. Y advirtiendo que tenía las manos ocupadas con las agujas de hacer calceta, las dejó en el acto encima del primer mueble que encontró al alcance y preguntó:

– ¿He oído bien?… ¿Has dicho que tenías ganas verme?

– Sí, eso he dicho.

Los ojos de la mujer se iluminaron. Lo suficiente para expresar su alegría y también para darse cuenta de que el Gobernador estaba cansado.

– ¿Necesitas algo… de mí?

– Sí. Necesito darte un beso.

María del Mar se emocionó lo indecible. Avanzó un paso. Él también. Por fin se fundieron en un abrazo y se besaron con fuerza, con fuerza inusitada. Hacía meses que el Gobernador no la besaba así.

Al separarse, ella tenía las mejillas enrojecidas y el corazón le latía como cuando en la guerra él le anunciaba que tendría un día de permiso e iría a verla.

– ¡Juan Antonio…! Me has dado una alegría inmensa. ¡Ha sido tan inesperado!

– Sí, ya me lo imagino… La vida que llevamos… es dura para ti. Y a veces me olvido de que tengo esposa.

María del Mar en esos momentos se sintió dispuesta a todo.

– No te preocupes. ¡Ya lo ves…! -Miró hacia el mueble que tenía al lado-. Estaba haciendo calceta.

– Sí. Pero quién sabe en qué estarías pensando.

María del Mar hizo un mohín coqueto.

– ¿En qué quieres que pensara? En ti. Y en los chicos…

Los chicos… La palabra se incrustó en el cerebro del Gobernador. Pablito y Cristina, como le dijera Mateo. Entonces el hombre sintió la necesidad de completar su combinatoria sentimental.

– ¿Dónde están? -preguntó.

María del Mar casi sintió celos. Le hubiera gustado prolongar la escena.

– Por ahí andarán, cada uno en su cuarto.

El Gobernador miró otra vez a su mujer. Le dio otro beso, ahora en la frente, y le dijo:

– Con tu permiso… Necesito verlos también.

María del Mar no se atrevió a seguirlo. Recordó que iba un tanto desarreglada y, dando media vuelta, se dirigió en busca de un espejo.

Entonces el Gobernador echó a andar hacia el cuarto de Cristina. De repente, pensando en la niña, se había sentido alegre. Oh, claro, Mateo tenía razón: sus hijos -y María del Mar- habían escapado a "las gotitas que habían caído de más".

La puerta del cuarto de Cristina estaba abierta. El Gobernador entró de puntillas y fue acercándose a la muchacha por la espalda, hasta sorprenderla tapándole los ojos con las manos.

– ¿Quién soy?

– ¡El Gobernador!

El Gobernador… El hombre sonrió. Pellizcó a la pequeña, le tiró de las trenzas.

– ¿Qué estás haciendo?

– Ya lo ves. Vistiendo muñecas. Las monjas nos lo han encargado para Navidad.

– ¿Para Navidad?

– Sí, para los niños pobres.

Los niños pobres… Cristina pronunció esa palabra como si le quedara también muy lejos.

– ¿Estás contenta, Cristina?

– Sí, papá. ¿Por qué?

– ¿Qué quieres que te traigan los Reyes este año?

– Pues… no sé. ¿Tan pronto? ¡Bueno, una bicicleta! Para ir a la Dehesa…

– ¡Jesús! ¿Con el barro que allí hay?

– Ya se habrá secado, ¿no?

– Seguramente…

Cristina, que se había sentado en las rodillas del Gobernador, dijo de pronto:

– ¡Me gusta verte sin las gafas!

– No las llevo por capricho, ¿sabes? Los ojos me duelen.

– ¡Bah! Tú eres fuerte. A ti no te duele nada…

Extraña criatura. Se sentía a salvo de cualquier contrariedad y creía de verdad que su padre era todopoderoso.

Charlaron un poco más. Hasta que el Gobernador oyó un pequeño ruido en el cuarto de al lado, el de Pablito. Entonces sintió ganas de proseguir su itinerario. Depositó con suavidad a la niña en el suelo y estampó un fuerte beso en su frente.

– Bueno me voy… Prometida la bicicleta.

– ¡Gracias, papá!

Éste se levantó y, despidiéndose de su hija, salió de la habitación y se dirigió a la de Pablito.

La puerta estaba cerrada y llamó con los nudillos.

– ¡Adelante!

Entró. Pablito estaba sentado de codos ante la mesa, estudiando. La temperatura de la casa le permitía ir en pijama, que era lo que le gustaba. Estaba hecho un hombrecito.

– ¿Estorbo?

– ¡No!

Pablito se volvió. También se sorprendió de que su padre entrara a verlo a aquella hora y que su expresión fuera tan cariñosa.

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