José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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Ignacio no supo si estar contento o no al oír aquellas palabras. Permaneció a la expectativa.

– Explícate, por favor…

– Marta me parece… -prosiguió Esther- un poco dramática. No sé si me expreso bien. Es cerrada, tiene sus ideas y las trascendentaliza demasiado. ¡Bueno, tú sabes eso mejor que yo! En cambio, tú… Tú eres libre. Y tengo la impresión de que lo serás cada día más. En este caso, el asunto es arriesgado. ¡Claro que Marta podría cambiar! Cuando yo conocí a Manolo era también un fanático, y ha cambiado. Pero Marta… ¿Puede cambiar Marta? Dios me libre de afirmar que no. Cuando una mujer se casa, y vienen Vos hijos, a veces lo somete todo al amor.

Llegada a este punto, Esther se calló. De nuevo pareció disgustarla verse obligada a ahondar en el tema como lo estaba haciendo. Ignacio, que había dejado enfriar el té, la invitó a continuar.

– Continúa, Esther. Te lo ruego…

Esther prolongó su silencio por espacio de unos segundos. Pero por fin movió la cabeza y se encogió de hombros.

– Pues bien -dijo-, creo que he hablado bastante claro. Existe realmente el peligro de que con el tiempo se cree un abismo entre vosotros. Porque es obvio que a ti te tiene sin cuidado la devolución de Gibraltar. En cambio, Marta grita en las manifestaciones como si fuera a comerse de un bocado las Islas Británicas o a míster Churchill.

Ignacio se quedó meditabundo. Al rato dijo:

– Todo eso que has dicho, y que me parece cierto… ¿lo consideras un impedimento decisivo, a rajatabla?

Esther abrió los ojos de par en par, como en un primer plano de película.

– ¡De ningún modo! -el tono de su voz cambió-. Querido Ignacio, aquí hemos omitido la verdadera clave de la cuestión. Porque, la verdadera clave es ésta: ¿quieres a Marta o no la quieres? Porque, si la quieres, todas mis teorías carecen de valor…

Ignacio se mordió el labio inferior. El dilema de siempre.

– Por favor, Esther… ¿Hay algún sistema para saber si un hombre quiere lo bastante a una mujer como para estar seguro de que le perdonará sus defectos?

Esther dejó caer al suelo la varita de bambú.

– Voy a serte franca, Ignacio. A mí siempre me ha parecido que la cosa fallaba por ahí… Que constantemente has de estar "perdonando" a Marta. Eso significa que te esfuerzas por quererla y que no lo consigues del todo. Fíjate en Pilar. ¿Le preocupa a Pilar que Mateo sea un exaltado y tenga vocación política?

Ignacio abrió los brazos.

– ¡Mateo es un hombre! La situación es distinta, ¿no?

Esther movió la cabeza, -Sólo en cierto grado…

Ignacio se inmovilizó. Le pareció que le dolía una muela. Encendió un pitillo. Las palabras de Esther le habían hecho mella: "A mí me parece que la cosa falla por ahí…" ¿Cuánto tiempo llevaba dudando? Desde antes de la guerra. Y la verdad era que no había avanzado un ápice y que últimamente más bien la cosa iba peor. No sólo por culpa de Adela, sino por las cartas que recibía de Ana María, en las que ésta se firmaba Cascabel.

Esther leyó el pensamiento del muchacho y quiso añadir algo:

– Ignacio, por favor… no querría ser yo la responsable de tu decisión. Compréndeme. He accedido a hablarte porque tú me lo has pedido. Pero te repito lo dicho al empezar: el problema es tuyo, de nadie más. Marta te ama de verdad y, por lo tanto, tú no tienes ningún derecho a prolongar esta situación.

Ignacio asintió con la cabeza. Y bruscamente se levantó. Se levantó con la íntima sensación de que acababa de dar un gran paso hacia el final.

A raíz de este diálogo, todo fue encadenándose de una manera implacable. Marta se dio cuenta de lo que ocurría. Y dispuesta a retener a Ignacio como fuere, tomó una decisión insólita: acompañarle a Barcelona a examinarse. Ello significaba para Marta una increíble complicación, pues la Sección Femenina había acordado abrir aquel verano un Albergue Juvenil en Palamós y la muchacha debía dirigirlo, lo que significaba prepararlo todo y luego ausentarse a lo largo de julio, agosto y septiembre…

– Quiero estar a tu lado. ¡No faltaría más!

Ignacio se quedó estupefacto. Pero entonces se dio cuenta de hasta qué punto estaba decidido. De un modo espontáneo la obligó a renunciar a su proyecto.

– Te agradezco mucho, Marta, lo que acabas de decirme. Pero ¿no te parece una exageración? Eres la jefe de la Sección Femenina. ¿Qué excusa vas a dar?

– Eso corre de mi cuenta… -Marta tuvo un arranque amoroso-. ¡Te quiero tanto!

Ignacio se inquietó. Y se demostró a sí mismo que la coraza que llevaba puesta era dura.

– Hazme caso, querida… Me basta con el gesto que has tenido. En realidad, no puedo negarte que esperaba que algún día hicieras por mí algo así… Pero esta vez quédate… y cumple con tu deber.

Marta, más intranquila que nunca, lo miró con fijeza.

– ¿Es que mi presencia te estorbaría?

– ¡Por Dios, no digas eso! -Ignacio apenas si acertó a disimular-. Pero a lo mejor los exámenes se prolongan más de la cuenta… Y por otro lado, necesitaré estar lo más concentrado posible.

Marta se sintió derrotada. Los ojos se le humedecieron. Su expresión era muy distinta de cuando en las manifestaciones pro Gibraltar gritaba como si fuera a comerse de un bocado las Islas Británicas o a míster Churchill.

– Está bien, Ignacio. Pero que conste que mi deseo hubiera sido acompañarte…

Ignacio le estrechó con fuerza la mano. Y al hacerlo tuvo la impresión de que se despedía de la muchacha. Ésta se fue… y a los lejos su silueta con camisa azul se fundió en la oscuridad bajo los soportales de la Rambla.

Ignacio suspiró. Poco después notó que lo ganaba una absoluta frialdad. Recordó las palabras de Esther: "El problema es tuyo, de nadie más". ¡Claro que sí!

El día 14 tomó el tren para Barcelona. Al igual que Pablito, se había trazado un plan. La diferencia estribaba en que el plan de Pablito fracasó mientras que el de Ignacio salió redondo.

Al llegar a Barcelona se dirigió a la casa de Ezequiel, donde se hospedaría mientras duraran los exámenes. Ezequiel, al verlo, exclamó, contento como siempre: "¡Ahí llega el gran hombre!". Y Rosa, la esposa del fotógrafo, primero le preparó un tazón de leche caliente… y luego le asignó la cama que Marta ocupó cuando la muchacha se había ocultado allí, al inicio de la guerra.

Ignacio, desde la misma casa, llamó por teléfono a Ana María. Y ésta acudió al instante a verlo y ya no lo abandonaría hasta el fin de los exámenes… ¡Lo que no le impediría al muchacho concentrarse! Mañana y tarde lo acompañaba a la Universidad y, si era necesario, esperaba horas y horas sentada en un bar cercano. Ana María vivió minuto a minuto la zozobra de aquel fin de carrera. Ignacio se había presentado solo, pues Mateo, por cuestiones de su cargo, había decidido posponer sus exámenes hasta septiembre. Ignacio se había presentado con su certificado de ex combatiente y pronto se dio cuenta de que los ejercicios lo desbordaban. No estaba, ni con mucho, preparado, pese a los esfuerzos del profesor Civil. A no ser por la certeza de que "aquellos exámenes eran todavía patrióticos", se hubiera sentido abochornado. Pero el ambiente a su alrededor era rotundamente optimista. Especialmente un muchacho de Tarragona, que siempre coincidía a su lado en las pruebas, le decía: "¿A qué apurarse? Ganaste unas cuantas medallas, ¿no? ¡Pues firmas Arriba España, como en octubre pasado, y san-seacabó!".

Ignacio siguió el consejo… y acertó.

¡Aprobó! Sí, Ignacio, en uno de los instantes más felices de su existencia, muy poco después del término de los ejercicios, y gracias a que la calificación fue dada con vertiginosa rapidez, pudo leer su nombre y sus dos apellidos, Ignacio Alvear Elgazu, en la lista triunfal que el bedel de la Universidad había colocado en el tablero del vestíbulo.

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