– No sé qué decirte… Será el temperamento. Será el haber vivido en el campo y amar las dificultades. Lo que yo no soporto es qué todo me salga bien. El día que el comisario Diéguez me da un disgusto, o que me lo da mi hija Cristina, es el día que vengo al despacho con más ganas de trabajar.
– Desde luego, te envidio. ¿No será un problema de salud?
– ¡Por supuesto! Esto es fundamental. Por eso hago gimnasia todas las mañanas y ando lo menos una hora diaria.
– ¿Quieres decir que si te fallara la salud no serías el que eres?
– No lo puedo asegurar… También quizá lograra sobreponerme. Pero no estoy seguro.
– A ver si pillas la gripe… Me gustaría comprobar qué tal te portas con cuarenta de fiebre.
El Gobernador volvió a sonreír.
– Seguramente tendría un humor de perros… y deliraría. Deliraría corno tantos otros. Corno el camarada Núñez Maza, que cree posible repoblar forestalmente a España en cinco años. Como el general De Gaulle, que ha fundado en Londres nada menos que "la Francia Libre". Y como esos diplomáticos alemanes que están en el Hotel y suponen que voy a facilitarles todos los impertinentes informes que me han pedido…
La primavera jugaba al ajedrez con la naturaleza y con los hombres. Parecía ignorar que existían la guerra, los paracaidistas, los sueños del Führer y pilas de cadáveres. Más bien se dedicaba a resucitar. A resucitar las hojas de los árboles, ciertos dolores y muchas apetencias dormidas. La primavera jugaba con el talante, con la edad y con el sexo de quienes la sentían resbalar sobre la piel.
En la cárcel, donde se habían producido muchos indultos con motivo de la Pascua y del aniversario de la Victoria, circuló el rumor de que por Navidad habría una amplia amnistía, que reduciría a la mitad la población penal. Los hermanos Costa tuvieron la certeza de que ellos serían los primeros en beneficiarse. ¡Ah, el día que salieran a la calle! Los picapedreros de sus canteras entonarían una canción… ¡y ellos estrecharían por primera vez las manos del coronel Triguero y del capitán Sánchez Bravo!
Carmen Elgazu mejoró. Mejoró hasta el punto que se atrevió a salir para ir a misa y para realizar algunas compras en las tiendas del barrio, donde fue recibida como una reina. Pero caminaba con dificultad, no podía llevar peso y determinados movimientos le estaban prohibidos. Lo cierto es que se le notaba mucho el zarpazo de la operación. El pelo mucho más blanco y más ojeras. Unos años más. "El espejo no engaña a nadie", le dijo a Pilar. Sabía que la recuperación completa era cosa de meses, de modo que convinieron que Claudia, la mujer de la limpieza que iba a ayudarlas sólo dos veces por semana, fuera todos los días. "Al fin y al cabo -echó cuentas Carmen Elgazu-, es de esperar que Ignacio pronto gane más. Y la verdad es que ahora yo no soy la misma".
A Jorge de Batlle le dio por agravarse de forma alarmante en la depresión que lo atenazaba. Sufrió una crisis mucho más aparatosa que las anteriores. Chelo Rosselló, su novia, viendo que el muchacho llevaba día y medio sin llamarla y sin aparecer por Ex Combatientes, fue a su casa y lo encontró sentado en su sillón, inmóvil y con la mirada perdida… La sirvienta le dijo a Chelo: "El señorito lleva cuarenta y ocho horas así, sin apenas comer". Chelo llamó al doctor Andújar y éste, al ver el rostro mineralizado, sin expresión, de Jorge, dijo: "Hay que actuar rápido". Se llevó el enfermo a su consulta y a la media hora le dio la primera inyección de cardiazol. Jorge sufrió angustias de muerte por espacio de unos minutos, hasta que por fin se quedó profundamente dormido. El doctor Andújar le dijo a Chelo Rosselló que el ataque de inhibición de Jorge era feroz y que debería repetir dicho tratamiento lo menos siete u ocho veces. Jorge, al despertar, no conocía a nadie. Chelo le decía: "Jorge, cariño… Soy yo, Chelo…" Jorge barbotaba palabras ininteligibles. El doctor Andújar estaba atento y su cara revelaba intensa emoción. No obstante, se mostró optimista. "Es una depresión reactiva -le dijo a Chelo-. Si usted me ayuda, su prometido saldrá adelante y tal vez entre luego en un ciclo de euforia".
La primavera provocó reacciones más alegres que ésta del "huérfano resentido", como le llamaba a Jorge el chistoso señor Grote. Más alegres y entrañables. Motivo clave: el amor. Los afectados fueron, por este orden, Pablito; luego, Paz; el último, Ignacio.
Pablito, desde que viera a Gracia Andújar hacer de Virgen Adolescente, en la escena de la Anunciación, sintió tal estremecimiento que, pese a acercarse la época de loa exámenes, empezó a perseguir a la chica por todas partes con la obstinación de la adolescencia. Soñaba con sus ojos y con aquella su sola trenza, que se le enroscaba en el cuello como una deliciosa serpiente. Pablito sabía de sobra que él sólo tenía quince años y Gracia diecisiete. Pero pensaba que podría compensarlo estrenando un traje un poco más serio, peinándose con la raya a un lado y apretándose un poco más el nudo de la corbata.
Trazóse un plan de ataque digno del general. Empezó a enviarle notas, primero anónimas, luego firmadas. Eran madrigales, algunos de ellos con influencias de Rabindranath Tagore. La muchacha se sentía halagada, pero no podía tomarse aquello en serio. Pablito entonces le escribió una larga carta pidiéndole que se la contestara. Gracia Andújar optó por continuar guardando silencio.
Pablito se sintió ridículo. Pero algo muy hondo le decía que un hombre no podía dejar de querer por sentirse ridículo. Gracia Andújar significaba para él la primavera, los libros de texto y el descubrimiento esta vez concreto, de la mujer. ¿Cuándo podría hablarle sin prisa, escuchar su voz, adivinar en su rostro si podía acariciar alguna esperanza?
La ocasión se le presentó con motivo de la fiesta de San Fernando, patrón de los Ingenieros. Celebróse una recepción oficial en los cuarteles, con un buffet bien provisto, y Gracia Andújar y Pablito coincidieron en ella. Pablito, por fin, pudo acercarse a su razón de ser.
– Me gusta mucho que hayas venido -le dijo.
Gracia, que había estrenado un vestido rosa pálido, precioso, le contestó, riendo:
– Ya lo supongo.
– Te ríes de mí, ¿verdad?
– No, no, nada de eso. Pero ¿qué quieres que haga?
– Pues tu papá me invitó a visitar el Manicomio. El pabellón de los hombres… -Pablito añadió-: Cualquier día de éstos iré.
– Eso está bien. Hay que ver esas cosas.
Pablito no acertaba a coordinar. Él, que en el Instituto, cuando se le apetecía, hacía gala de una asombrosa facilidad de palabra; que tenía un cerebro tan poderoso que a veces le dolía; que estaba muy fuerte en griego, en latín y en todas las disciplinas de un quinto curso bien llevado, se sentía junto a Gracia y a su trenza única, un palurdo.
– ¿Te molesta que te escriba?
– Pues la verdad, sí, un poco. No tiene sentido.
– ¿No tiene sentido?
– No, Pablito. Deberías comprenderlo.
– Llámame Pablo.
– No me sale. ¡Eres un chaval!
– ¿Quieres un emparedado de jamón?
– No te molestes. Me lo tomaré yo misma.
Gracia Andújar se apartó… y se fue para otro lado. Donde, casualmente, se hallaba Alfonso Estrada.
Pablito sintió que se le hundía el mundo. Un desánimo ignorado hasta entonces se apoderó de él. Abandonó la fiesta y, en un estado casi sonámbulo, tomó el camino de la Dehesa, los brazos caídos a ambos lados del cuerpo.
Otro amor: Paz Alvear. La primavera le dio a la chica un aldabonazo en el corazón. Pachín, el delantero centro del Gerona Club de Fútbol, muchacho atlético, rubio, al que en los cafés los camareros le decían sistemáticamente: "Ya está pagado", acabó sorbiéndole los sesos a la sobrina de Matías.
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