Con motivo de esas jornadas los periódicos publicaron de nuevo grandes alabanzas al Jefe del Estado. En Gerona, Jaime, repartidor del periódico y librero de ocasión, estaba descontento… Y lo estaba porque continuaba siendo tan catalanista como siempre y he ahí que uno de los homenajes al Caudillo a raíz de aquellas fechas se lo habían rendido los mismísimos frailes de Montserrat. En efecto, el abad mitrado, padre Antonio María Claret, se había trasladado a Madrid acompañado de los monjes para entregar al Caudillo, en el Palacio de Oriente, una riquísima arqueta elaborada en las cárceles rojas y que contenía nada menos que la Cédula de la Hermandad de Nuestra Señora de las Candelas, con la que en otros tiempos se honraron Carlos I y Felipe II. La Cédula había sido impresa en papel del siglo X, cuidadosamente guardado durante centurias por los monjes benedictinos del monasterio, y simbolizaba el retorno de España a su pasado esplendoroso.
Así no iremos a ninguna parte -había comentado Jaime, mientras, en su quiosco de libros, próximo a la fábrica Soler, le entregaba una novela del Oeste a un obrero que cotizaba para el Socorro Rojo y que también, en sus noches de insomnio, escribía versos en catalán.
Inmediatamente después, y coincidiendo con la lujuriosa apoteosis de la primavera, se desencadenaron en el mundo una serie de acontecimientos trascendentales que conmovieron la conciencia universal y que pegaron a los aparatos de radio los oídos de todos los gerundenses.
El primero de dichos acontecimientos fue el cese de las hostilidades entre Finlandia y Rusia. Firmóse en Moscú el acuerdo preliminar. Probablemente ello debió de coincidir con haberse agotado la cera y el vino que España había enviado en su día a los católicos finlandeses.
Según dicho tratado de paz, Finlandia consentía en ceder a Rusia el istmo de Carelia -la mayoría de cuyos habitantes optaron por trasladarse a Helsinki- y una base militar en la península de Hango. En Moscú, la mujer de Cosme Vila, que jamás había comprendido la agresión rusa al pacífico país vecino, le dijo al ex jefe comunista gerundense: "No entiendo que Rusia no haya sido capaz de conquistar Finlandia. Esto es una derrota ¿no?".
El segundo acontecimiento -10 de abril- fue la fulminante ocupación de Dinamarca y Noruega por parte del ejército alemán. Operación tan sorprendente que justificaba las palabras de Goebbels a los periodistas: "Nadie conoce de antemano los proyectos del Führer". Dinamarca aceptó la situación, se rindió sin condiciones; Noruega, en cambio, ayudada por un cuerpo expedicionario franco-británico que desembarcó en Narvik, opuso una débil e inútil resistencia y sus reyes, puesto que Oslo había sido ocupado, se trasladaron a Hamar. En su discurso oficial; Hitler alegó que con su decisión quería evitar el "manifiesto propósito de Inglaterra y Francia de bloquear el suministro a Alemania de materias primas". Pero en Gerona, los estrategas aficionados, que brotaron como setas, opinaron que lo que el Führer pretendía era iniciar por el Norte el cerco de Inglaterra, lo que a buen seguro constituía su obsesión.
Un mes después -11 de mayo- prodújose el tercer acontecimiento, éste de importancia mucho mayor: fulminante ocupación, por parte de Alemania, de Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Esta vez la guerra, "el pecado mortal de los hombres", según frase de mosén Alberto, penetraba en el corazón de Europa. La importancia del hecho quedaba subrayada por las propias palabras del Führer: "La lucha que he empezado decidirá el futuro de Alemania para los próximos mil años". El estupor se apoderó del mundo entero, pues no había existido provocación. La respuesta de las democracias aliadas fue, en opinión del Gobernador de Gerona, muy débil: Churchill sustituyó a Chamberlain en la presidencia del Gobierno inglés. "¿Qué va a hacer Churchill? Cuenta ya sesenta y cinco años. No puede ser el mismo que cuando la guerra 1914-1918". Además, desde el punto de vista bélico, Inglaterra no estaba preparada en absoluto, como el propio Churchill reconoció en la alocución que dirigió a su pueblo. Por otra parte, si bien Suiza decretó prudentemente la movilización general, no podía sino tirar piedras desde las montañas… En cambio, los Estados Unidos -y éstos sí que constituían una fuerza- se declararon neutrales.
Los comentarios más dispares estaban a la orden del día. En España todo el mundo recordaba la disciplina y eficiencia de las fuerzas y de los técnicos alemanes -Mateo se acordaba mucho del comandante Plabb- que habían intervenido en la guerra civil. 'La Voz de Alerta', en su sección "Ventana al mundo", se adhirió sentimentalmente a la actitud del joven rey Leopoldo, quien se puso al frente de las tropas belgas que intentaban resistir, y alabó la actitud de la reina Guillermina, de Holanda, la cual, dirigiéndose a sus súbditos dijo: "Que cada uno: cumpla con su deber; yo cumpliré con el mío".
Ahora bien ¿cómo contener el alud? Éste era el comentario del general Sánchez Bravo. Cierto que los ingenieros holandeses inundaron parte del territorio, apretando el famoso botón preparado al efecto. Cierto que tropas francesas se dirigieron cansinamente hacia el Norte y que Inglaterra envió al continente otro cuerpo expedicionario. Pero los bombardeos alemanes eran devastadores, los vehículos motorizados, las Panzer-divisionen, concebidas para actuar independientemente y no, como era tradicional, pegadas a la infantería, avanzaban por doquier, y además se había producido otra innovación que arrancó del general Sánchez Bravo una exclamación admirativa que hirió incluso los oídos de doña Cecilia: Hitler se había apoderado por sorpresa, valiéndose de tropas paracaidistas, de los aeródromos de Amsterdam y La Haya. "¿Se dan ustedes cuenta? -les dijo el general a sus oficiales, reunidos ante el mapa de operaciones-. Ha sido un ardid genial. ¡Ocupar desde el aire la retaguardia enemiga!".
Lo cierto era que la exaltación en favor de Alemania cundía en toda la ciudad y se manifestaba ostentosamente en las tertulias. No podía olvidarse, ni siquiera en aquellas circunstancias, que "las democracias se habían puesto, durante la guerra española, del lado de los rojos". El Gobernador, Mateo, Marta, don Emilio Santos, José Luis Martínez de Soria y gran parte de la población consideraban al Führer como una suerte de encarnación de la omnipotencia terrestre, que iba a aplastar en un santiamén a todos sus enemigos. Por su parte, el doctor Chaos parecía alegre. Su admiración por los medios de investigación alemana no había hecho más que aumentar. "Ahora con la guerra -dijo-, los cirujanos alemanes harán milagros". El doctor Andújar se mostró más cauto. Aparte de que no creía gran cosa en la eficacia de la "cirugía de urgencia" surgida de la guerra, más bien consideraba al Führer como una suerte de poseso, y ordenó a sus ocho hijos que rezaran sin descanso para que la ambición de aquel hombre, que al parecer se guiaba por la astrología y no por Dios, se detuviera algún día. "Si por lo menos respetara a la población civil…", decía. Pero las bombas caídas del cielo no tenían cerebro capaz de elegir, ni tampoco corazón. En cuanto al notario Noguer, no hacía más que repetir: "¡Pobre Francia!". Su máximo temor era que Alemania arrasara, como se arrasa en un momento una vida venerable, "la más bella ciudad del mundo: París".
Julio García por fin se había trasladado, en unión de doña Amparo Campo, a Londres, mientras sus dos íntimos amigos, los periodistas Francis y Bolen, permanecían en el frente belga escribiendo crónicas. Si las autoridades y los germanófilos gerundenses hubiesen oído los comentarios del ex policía, se hubieran reído a mandíbula batiente. En primer lugar, Julio García creía en la descomunal personalidad de Churchill, de quien decía que, pese a sus años, continuaba siendo un "león". En segundo lugar, coincidía con el doctor Andújar en que a la larga ganaría la guerra la potencia que dominara el mar, el cual, a su juicio, pertenecía en su amplitud a la flota aliada. Por último, coincidía con Manolo y Esther en que la fuerza potencial del Imperio británico, la Commonwealth, era incalculable, sobre todo unida a la del Imperio holandés, el tercero del mundo, con ricas y prósperas colonias en el Pacífico, y a la del Imperio belga, con posición predominante en el centro de África.
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