La última estación fue la peor. "¡Decimocuarta estación! ¡Jesús es colocado en el sepulcro!". Fue la peor porque, muy cerca del lugar en que el consiliario de Falange pronunció aquellas palabras, se abría en el muro, a media altura, una ventanuca enrejada, tras la cual contemplaba la escena uno de los tres condenados a muerte en el juicio celebrado la víspera en Auditoría. Un hombre con patillas a lo Pancho Villa, que durante la guerra en el frente había destruido dos tanques y en la retaguardia había fusilado por cuenta propia a cinco guardias civiles. El hombre, al oír lo de "bajar al sepulcro", escupió. Escupió por entre las rejas al patio, aunque su salivazo se licuó en el aire, antes de caer en la arena.
Fueron muchos los que vieron aquel rostro enjaulado; pocos, en cambio, se enteraron del salivazo. Mosén Falcó, sí; y le pareció que le daba en la cara y hasta estuvo tentado de enjugársela. Por fortuna, pronto los hermanos Costa, cuyas voces habían ido afianzándose a cada nueva estación, repitieron una vez más, ahora gritando: "¡Perdónanos, Señor!". Grito bordoneado por el balbuceo del resto de los asistentes.
La ceremonia terminó. Hubo un momento de indecisión en el patio. Hasta que mosén Falcó, sin decir nada, cerró el libro que llevaba en la mano y se dirigió a la puerta de acceso al interior de la cárcel. Los funcionarios de la prisión lo siguieron. Y detrás de ellos, poco a poco y también en silencio, los doscientos reclusos.
Cuando éstos llegaron a sus respectivas celdas, adoptaron ante los abstencionistas un aire cohibido y como responsable. Los hermanos Costa no. Sonrieron como siempre y, acercándose al detenido que había hecho de monaguillo y llevado la Cruz, lo obsequiaron con una cajetilla de tabaco.
Otra persona había de tener una decisiva influencia en el desarrollo de aquella Cuaresma gerundense: el inspector de Enseñanza Primaria, Agustín Lago. Para empezar, y a semejanza del señor obispo, Agustín Lago se sometió a sí mismo a una disciplina más dura que la habitual. La idea de la Institución a que pertenecía, el Opus Dei, lo responsabilizaba cada día más. Preparóse conscientemente, meditando también los evangelios y a la vez dos máximas contenidas en su libro de cabecera, Camino, escrito por su fundador: Si tienes impulsos de ser caudillo, tu aspiración será: con tus hermanos, el último; con los demás, el primero. Y esta otra: Eres, entre los tuyos -alma de apóstol- la piedra caída en el estanque. Produce, con tu ejemplo y tu palabra, un primer círculo… Y éste, otro… y otro, y otro… Cada vez más ancho. ¿Comprendes ahora la grandeza de tu misión?
A resultas de ello Agustín Lago, desde su soledad en la modesta pensión de la calle de las Ollas, penetró en la Cuaresma con una suerte de serenidad que admiró a cuantos lo trataban.
Sí: a la postre, aquella Cuaresma significaría un rotundo triunfo para Agustín Lago. No sólo porque, en el plano profesional, siguió ocupándose más que nunca de su cargo y de las necesidades de los maestros, sino porque, en el plano religioso, consiguió galvanizar el entusiasmo de la población y el del alcalde en persona para representar en el Teatro Municipal, por Semana Santa, una antiquísima versión castellana de La Pasión que había descubierto en los archivos del Monasterio de Guadalupe y que había adaptado convenientemente. Tratábase de un texto poco enfático, realista y humilde. Una serie de retablos, de secuencias, que se iniciaban con la Anunciación a María y terminaban en el Calvario, y en la que apenas si los personajes hablaban, a excepción de Jesús. El texto era tan preciso que arrancó de Mateo el siguiente comentario: "Es la primera vez que leo una Pasión teatralizada sin tener la sensación de que me están contando una leyenda".
Agustín Lago y su idea de representar La Pasión en el Teatro Municipal adquirieron rápida popularidad. La labor iba a ser ardua -elección de intérpretes, indumentaria, decorados, etcétera-, pero todo el mundo se dio tal mañana que en seguida se vio que la empresa sería llevada a feliz término, compensando parcialmente del escaso relieve que tendría en la ciudad la procesión de Viernes Santo, amputada de raíz por haber desaparecido con la guerra los celebérrimos pasos y las fervorosas cofradías de antaño.
Agustín Lago, Mateo y mosén Alberto, éste en calidad de asesor, formaron el triunvirato responsable del éxito de La Pasión. A decir verdad, desde el primer instante los tres comprendieron que lo principal era acertar en el reparto de los papeles. Los estudios efectuados al respecto dieron lugar a no pocas sorpresas, pues de pronto resultaba evidente que el mejor de los hombres, debidamente caracterizado, podía representar a la perfección el más vil de los personajes, o viceversa. Como ejemplo podía citarse el comentario que salió de la boca de Mateo: "¡Ah, qué lástima no disponer del Responsable! Duro y terco, lo estoy viendo hacer un San Pedro inimitable".
El caso es que, cuando apareció en Amanecer, oportunamente, la lista de las personas que encarnarían las distintas figuras del drama de Jesús, la elección mereció el aplauso casi unánime de los lectores, Jaime, el repartidor del periódico, debió de compartir la opinión general, pues subrayó con su lápiz rojo casi todos los nombres aparecidos.
La Virgen Adolescente en la escena de la Anunciación, iba a ser Gracia Andújar. ¿Por qué no? Gracia Andújar, con sólo bajar los ojos, reflejaba un aire de inocencia sin par en la ciudad.
Manolo, el flamante abogado, haría sin duda un Pilatos sensacional. Tal vez influyeran en ello la barbita que llevaba, de inspiración romana, y la costumbre que tenía de lavarse las manos antes de irse a la Audiencia.
El doctor Andújar fue un caso especial. Se presentó por cuenta propia para representar un papel: el de Simón Cirineo. Él ayudaría a Cristo a llevar la Cruz en el escenario, lo mismo que en los Viáticos lo ayudaba a subir hasta el lecho de los enfermos.
La elección de María Magdalena ofreció ciertas dificultades. ¿Quién aceptaría? Esther… Mateo pensó en Esther y acertó. Pensó en su ductilidad y en su peinado cola de caballo. El caso quedó con ello felizmente resuelto. Por su parte Esther se mostró encantada. "Me encantará -dijo- perfumar los pies de Jesús".
San Juan, el discípulo amado, sería protagonizado por Alfonso Estrada, presidente de las Congregaciones Marianas. El muchacho, si se lo proponía, tenía la mirada de un efebo iluminado.
Agustín Lago sacaba a escena, en su obra, al joven rico que le preguntó a Jesús: "Maestro bueno, ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la vida eterna?". El nombre que apareció en Amanecer para encarnar al joven rico fue precisamente el de Jorge de Batlle. Todo el mundo se mordió el labio inferior al leerlo, empezando por el interesado. Pero Chelo Rosselló, la novia de éste, hizo cuestión de honor convencer a Jorge para que aceptara el papel. "Debes aceptar, Jorge -le dijo al desasosegado huérfano-. Cosas así son las que te ayudarán a liberarte, a vencer tu sensación de aislamiento".
Ahora bien, existía una incógnita: ¿quién encarnaría la figura de Jesús? Amanecer no precisaba al respecto. Decía simplemente: "No se ha tomado todavía una decisión definitiva".
Y era verdad. ¿Quién podía cargar con semejante responsabilidad? Mosén Alberto, Mateo y Agustín Lago repasaron in mente todos los rostros de Gerona, sin conseguir dar con el apropiado. Entre otras cosas, faltaba saber cómo fue Jesús en la realidad. Se decía de él que tenía "aspecto distinto…" ¿Qué significaba eso? ¿Cómo sería de frente, cómo sería de perfil? Conocíase su estatura y, gracias al Santo Lienzo, podían reconstruirse más o menos algunos de sus rasgos; pero ¿y la expresión?
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