José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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Las gentes que presenciaban desde los balcones el paso de la comitiva estaban, por lo común, sobrecogidas. Carmen Elgazu, que debido a su convalecencia era una de ellas, iba rezando los misterios de gozo, lo que Ignacio estimó una incongruencia. Por su parte, Manolo y Esther, que habían invitado al doctor Chaos porque su causticidad les divertía, estaban tan bien situados en su balcón al final de la Rambla, que la perspectiva que se les ofreció era incomparable.

Esther, ante aquel alud humano, comentó:

– Qué fácil es, en las ciudades pequeñas, crear un clima de este tipo… Al obispo le basta con apretar un botón, y ya está.

Esther era muy creyente -probablemente, mucho más que el general-, pero aquella aparatosidad la sacaba de quicio.

Manolo comentó a su vez:

– Lo malo que tiene Gerona es eso. Prefiere lo fúnebre a lo triste. A mí me gustan los cantos espirituales de los negros; pero los gerundenses se inclinan por el 'Dies irae'.

El doctor Chaos había conseguido, como siempre, que Goering, su hermoso perro, se quedase quieto a sus pies.

– Todo esto es malsano -juzgó el doctor-. E invita a la hipocresía. Fijaos en esos soldados que marcan el paso a ambos lados de la cruz. ¿Se sienten, de verdad, "reos de prevaricación"?

Están esperando llegar al cuartel para contar chistes verdes, como esos que le gustan a doña Cecilia… Y en cuanto a las personas que sollozan sinceramente, peor aún. Se llenan de complejos de culpabilidad. Para no hablar de los críos. La religión, puesto que tanta gente la necesita aún, debería quedarse en los templos, como sucede en otros países, pero no invadir como aquí las calles y las terrazas de los cafés.

El doctor Chaos había hablado en tono menos taladrante y objetivo que otras veces. Como si aquello le doliera de verdad, íntimamente.

Esther le preguntó:

– ¿Ha visto usted alguna vez las procesiones andaluzas?

El doctor Chaos se encogió de hombros.

– En el cine… Imagino lo que son.

– ¡No, no! Es algo para ser visto.

Manolo intervino:

– Aquello es peor. Allá la gente bebe y canta. Una especie de Edad Media… borracha.

El doctor Chaos vio en aquel momento unas compactas filas de monjas que avanzaban, con sus tocas y sus hábitos hasta el suelo.

– ¡Cuánta psicosis! -repitió-. ¡Cuánto trabajo posible para mi querido colega el doctor Andújar!

Esther informó al doctor de que el objetivo del señor obispo era que todo el mundo, al final de la Cuaresma, hiciese una confesión general, que abarcara toda su vida.

– Eso me parece bien -comentó la esposa de Manolo-. Es una medida higiénica. Yo misma la hago todos los años y me siento mejor.

– ¿De veras? -preguntó el doctor.

Manolo, que se había puesto de buen humor, pues acababa de ver desfilar, agachada la cabeza, a su competidor Mijares, el asesor jurídico de la CNS y flamante abogado de la Agencia de la Torre de Babel, dijo:

– A usted le convendría un lavado de ésos, doctor… Tampoco veo claro que pueda usted vivir sin creer en nada.

El doctor Chaos tardó un rato en contestar. Su boca tomó, como le ocurría a veces, la forma de un piñón.

– Por supuesto -admitió- no es nada cómodo… -Vio a mosén Alberto, quien en medio de la Rambla hacía las veces de maestro de ceremonias-. A veces me cambiaría por cualquier mujeruca de esas que creen de verdad que Jesús fue hijo de Dios…

– ¿Usted no lo cree, doctor?

– Si creyera eso me metería en un convento.

– ¿Por qué?

– No sé. Acabo de descubrirlo. El hecho sería tan grandioso, que el resto no tendría importancia.

Manolo lo miró con extrañeza.

– Pero ¿no acaba usted de hablar de psicosis? ¿No ha dicho usted siempre que el catolicismo impide gozar del presente… y ponerse un sombrero tirolés?

– Cuidado. Lo que yo he dicho siempre es que el fanatismo católico impide adoptar en la vida una postura alegre. Pero en estos momentos, no sé por qué, comprendo que es natural que un hombre de fe le dé al presente escasa importancia. Y que si cree de verdad, sea consecuente hasta el máximo e ingrese en la Trapa.

Esther se encogió de hombros, divertida.

– ¡Le veo a usted mal, doctor Chaos! ¡Le veo a usted acompañándome a la confesión general!

– Ni hablar… Al contrario. Esta noche tengo una autopsia. Ello me vacunará y continuaré cultivando mis pecadillos.

El Vía crucis torció hacia la plaza Municipal, pasó por la calle de Ciudadanos, subió por la Forsa y atacó las escalinatas de la Catedral. Ése fue el momento más solemne, presenciado por el comisario Diéguez desde el balcón de la Audiencia. La multitud se apretujó en la plaza y las escalinatas quedaron abarrotadas en toda su longitud. Fue un asalto muy distinto de aquél, capitaneado por Cosme Vila, en que los milicianos pretendían incendiar el templo, lo que los arquitectos Ribas y Massana consiguieron evitar. Fue un asalto de exaltada devoción, que humedeció de júbilo los ojos del señor obispo y los de su familiar, mosén Iguacen.

Por último, la Catedral quedó enteramente colmada de fieles, si bien el olor a cera derretida provocó algunos desmayos.

El otro acontecimiento importante fue, como se dijo, el Vía crucis celebrado en el patio de la cárcel. No fue declarado obligatorio; pero se "rogó" a los reclusos que asistieran a él. En total sumaron unos doscientos los que accedieron; los otros, el resto, permanecieron en sus celdas, fumando junto a las rejas, jugando al ajedrez o tumbados en sus jergones.

La ceremonia se celebró por la tarde, "pasada la hora tercia" cuando el pedazo de cielo visible desde las ventanas empezaba a teñirse de color escarlata. El patio presentaba un aspecto singular, pues en los muros, a cierta altura y a modo de friso, habían sido colocadas, muy distanciadas entre sí, catorce cruces de regular tamaño, cruces de madera, talladas en el propio taller de la prisión. El sacerdote oficiante iba a ser, en esa ocasión, mosén Falcó, satisfaciendo con ello un anhelo largamente acariciado.

Mosén Falcó, bajito y elástico como Jaime, pero de mirada mucho más segura, inició el recorrido, precedido por un recluso elegido por sorteo -un tal Robles, que perteneció a la UGT-, que era quien izaba la Cruz, haciendo las veces de monaguillo. "¡Primera estación! ¡Jesús es condenado a muerte!". La frase rebotó contra los doscientos cerebros que seguían al joven sacerdote, pues la víspera el Tribunal Militar había condenado a la última pena a tres reclusos, uno de los cuales, por ser muy chistoso, había llegado a ser muy querido en la prisión. Aunque con algún retraso y con mucha torpeza, los seguidores hincaron la rodilla. Al término de la lectura del primer texto, nadie contestó. Hasta que los hermanos Costa, que se habían situado en primera fila, como en la misa dominical, rompieron el silencio exclamando: "¡Perdónanos, Señor!". Respuesta que fue coreada con timidez por todos los reclusos.

"¡Perdónanos, Señor!". ¿A qué Señor se dirigían y qué clase de perdón era el que solicitaban, entreabriendo apenas los labios? Gatos paseaban, como siempre, por el borde de las tapias del patio de la cárcel. Y algunos pájaros revoloteaban en correcta formación. La arena crujía bajo las pisadas como si fuera la del cementerio. Mosén Falcó, pese a sus convicciones y seguridad, padecía. No le gustaba aquello. ¿Qué podía hacer él para que aquellas doscientas almas se olvidaran de sí mismas y se sintieran culpables de las profanaciones cometidas, o pensaran en la muerte del Redentor? "¡Octava estación! ¡Jesús consuela a las mujeres que lloraban su Pasión!". ¿Quién, fuera de la cárcel, consolaría a las mujeres de los detenidos? Menos mal que los carceleros, que participaban también en la ceremonia y que eran los únicos que llevaban cirio, daban ejemplo de buena voluntad.

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