Ignacio no sabía qué hacer con la placa. Todo el mundo advirtió su incomodidad. Marta comprendió que había gastado en balde su último cartucho. Y Pilar miró a Ignacio sin poder ocultar su irritada desazón.
Una hora después Ignacio había hecho ya las dos visitas inevitables: a Manolo y Esther, y al profesor Civil. Nuevos brindis. Manolo le dijo: "Mañana hablaremos de negocios. Ahora podremos trabajar en serio". El profesor Civil lo abrazó: "¡Bueno, Ignacio! Estaba seguro de que todo saldría bien.
Aquella noche, en la cama, Ignacio decidió esperar a que Marta estuviera en Palamós, en el Albergue Juvenil, para ir a verla… y comunicarle la decisión que había tomado, dolorosa e irrevocablemente.
El padre Forteza llevaba más de dos horas en casa de los Alvear. Había ido allí cumpliendo una misión agradable: recoger datos sobre César, con vistas a la causa de beatificación del hermano de Ignacio.
Dicha causa había entrado en su fase legal y el señor obispo había nombrado al padre Forteza vicepostulador de ella; es decir, el jesuíta sería el encargado de buscar los testimonios y pruebas que pudieran resultar "favorables". Más tarde, no sólo expondría el resultado de sus investigaciones ante el Tribunal eclesiástico, sino que se encargaría de su defensa, mientras "el abogado del diablo", es decir, mosén Alberto, opondría las objeciones pertinentes, con el objeto de que el mencionado Tribunal, oídas ambas partes, decidiese si valía o no la pena proseguir el expediente y mandarlo a Roma.
De ahí que la entrada del jesuíta hubiese iluminado el piso de la Rambla.
– Perdonen ustedes -había dicho, con su abierta sonrisa-, pero mi visita tiene carácter profesional.
Carmen Elgazu, al ver al padre Forteza, había exclamado:
– ¡Virgen Santísima! -Y había corrido al lavabo a arreglarse el moño y a quitarse el delantal, lo que hizo en un abrir y cerrar de ojos.
Entretanto, Matías y Pilar habían acompañado al padre Forteza al comedor y le ofrecieron una taza de café.
– Gracias, pero preferiría algún licor dulce.
– ¿Anís? ¿Calisay?
– Preferiría Calisay.
– De acuerdo, padre. Un momento…
Pronto la botella de Calisay y las copitas correspondientes presidieron la mesa y todos se sentaron alrededor. La expectación familiar era enorme. ¿Visita profesional? ¿Qué podía ser?
El padre Forteza pareció querer jugar un poco con aquellos seres que lo miraban entre alegres y cohibidos. Con la mayor calma sacó un bloc de notas y un lápiz, como disponiéndose a tomar apuntes. Luego, mirando al balcón que daba al río, comentó: "Esto a veces olerá mal, ¿verdad?". A continuación preguntó por Ignacio. "¿Saben ustedes si volverá pronto?". Matías alzó los hombros. "No lo sé, padre… A veces sale muy tarde del trabajo".
Por fin el padre Forteza se decidió a hablar. Explicó a los presentes a lo que había ido, y toda la familia respiró aliviada. No obstante, desde el primer momento quiso que supieran a qué atenerse con respecto a los trámites a seguir. "Son trámites largos. Pueden durar incluso años. La Iglesia, en estas cosas es muy prudente". Añadió que los motivos por los cuales se había abierto la Causa de Beatificación eran dos. Uno, el principal, porque en principio podía considerarse que César había realmente muerto por Cristo. "Con demostrar esto sería suficiente". El otro motivo, secundario, se refería a la conducta observada por el muchacho en los pocos años que había vivido. "Todo el mundo coincide en que poseía virtudes excelsas, propias de una criatura santa".
– Así, pues -concluyó el padre Forteza-, ese nombre tan raro, vicepostulador, significa eso: yo estoy aquí en calidad de abogado defensor de su hijo.
Carmen Elgazu estaba tan emocionada, que su mano tembló cómicamente al llevarse a los labios la copita de Calisay. Matías no sabía qué decir. Se sentía confusamente halagado, aunque no acababa de entender que su hijo necesitase "abogado defensor". Pilar miraba al jesuíta pensando: "Si yo fuese vicepostulador, o como se llame, beatificaría también al padre Forteza".
Matías fue el primero en reaccionar. Lió con extrema lentitud su cigarrillo, y atrayendo hacia sí el cenicero preguntó:
– Bueno, padre, ¿y en qué podemos ayudarle nosotros?
– Lo primero que desearía pedirles -dijo el padre Forteza- es que me enseñaran algunas fotografías de César.
Carmen Elgazu palideció. Desde la operación ello le ocurría por cualquier motivo. Sin embargo, Pilar se había ya levantado, dirigiéndose a su cuarto.
– Voy por el álbum.
Y he aquí que en aquellos segundos de espera el padre Forteza empezó a hacer uso del lápiz y el papel. Pero no "para tomar notas", como todos habían creído. Simplemente le gustaba, siempre que debía tratar algún asunto serio, amenizarse el trabajo dibujando casitas y árboles, con alguna que otra oveja alrededor.
Pilar regresó al punto.
– Ahí tiene -dijo. Y depositó el álbum en la mesa, al alcance del jesuita.
Se hizo un silencio. Y el padre Forteza, abriendo el álbum, inició su itinerario.
La mayor parte de las fotografías en que aparecía César eran antiguas y borrosas. Pero no importaba. Ante cada una de ellas, el vicepostulador se detenía y la contemplaba con calma. Lo cierto es que la figura del muchacho le impresionó sobremanera. Aquellos ojos abiertos, aquellas orejas separadas, aquel aire de humildad… Siempre con los pantalones excesivamente largos… En una de ellas se le veía en el Collell, en la pista de tenis, recogiendo una pelota. En otra se le veía en el taller de imágenes, el taller Bernat, pintando con unción la llaga del costado de Cristo. César tenía en ella una expresión de ángel, de un ángel que hubiera sacado fuera la puntita de la lengua…
El padre Forteza no pronunciaba una sílaba, por lo que la tensión iba en aumento. Hasta que Carmen Elgazu no pudo más.
– ¡Era un santo, padre…! -exclamó, llevándose las manos a la cara y estallando en un sollozo. Luego añadió-: ¡Dios mío, y esa gentuza se lo llevó y lo mató!
Matías estrechó dulcemente el brazo de Carmen Elgazu. Y el padre Forteza miró a la mujer con ternura. El jesuita era todo lo contrario de un ser frío; pero en esta ocasión quería evitar las expansiones inmoderadas.
Por fin cerró el álbum.
– Bueno, esto basta -comentó-. Ahora ya conozco a su hijo.
El padre Forteza se bebió un sorbo de agua. Y acto seguido les dijo que se vería obligado a proceder con cierto método, "de acuerdo con las normas". Les pedía excusas porque aquello iba a tener aire de interrogatorio. "Pero es necesario, ¿comprenden?". En las causas de Beatificación era preciso tener en cuenta muchas cosas: los actos de caridad, las fórmulas de devoción, las mortificaciones, la pureza… Y a veces un detalle de apariencia insignificante podía ser más revelador que un acto heroico o espectacular.
– De acuerdo, padre. Estamos a su disposición.
El padre Forteza empezó diciendo que todo lo referente a la caridad que podría llamarse "externa" de César le era ya sobradamente conocido.
– Sé que se iba a la calle de la Barca, con su estuche bajo el brazo, y que afeitaba a los viejos y a los enfermos que no podían moverse de la cama… Sé que se sentaba en el vestíbulo de cualquier casa para darles clase a los chiquillos que se encontraban dispersos por la calle… -el padre Forteza se paró-. ¡Sé que lo llamaban 4 x 4,16!
– Sí, es cierto -ratificó Carmen Elgazu, ya más serena y que procuraba sonarse sin hacer ruido.
El padre Forteza añadió:
– En cambio, no tengo el menor dato sobre sus devociones, sobre su piedad. En este sentido, ¿qué era lo que más destacaba de él?
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