José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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– ¡Bien! Dale recuerdos al Gobernador…

– Así lo haré.

– Buena suerte, muchacho.

Ultimo viaje de Ignacio, de Figueras a Gerona, en el tren renqueante de la frontera. Llegada a casa, felicitaciones, ¡ducha! Al ducharse, le pareció que se desembarazaba de una vez para siempre de los esquís, del fusil y de aquellos soldados aragoneses que se pasaron la guerra hablando de mujeres y de vacas. Se presentó al Gobernador… pero no para transmitirle los saludos del coronel Triguero, sino para darle cuenta de su nueva situación.

– Muchas gracias, camarada Dávila. En realidad, estos meses han sido de descanso, gracias a ti.

– ¡Huy! No te hagas ilusiones. Ahora tendrás que trabajar de firme.

– Sí, es verdad.

Trabajar de firme había de consistir principalmente en prepararse para los exámenes de junio. Faltaban cuatro meses escasos. Ignacio sabía que dichos exámenes serían también "patrióticos", pero no en el grado en que lo fueron los de octubre. Así, pues, era preciso estudiar… Pero, además, necesitaba ganar dinero. ¿Dónde? ¿En Sindicatos? ¿En la oficina de Ex Combatientes? ¿En la agencia de la Torre de Babel…?

El conflicto se le resolvió por sí solo y de la mejor manera. Manolo le propuso: "¿Por qué, en esos meses que faltan, no te vienes ya a mí despacho? Sólo por las mañanas y cobrando una pequeña remuneración. Después de junio, ya con el título en el bolsillo, te impondré la placa de pasante y estudiaremos las condiciones definitivas".

¡Albricias! Ignacio no supo qué decir. Estrechó con fuerza la mano de Manolo.

– No sabes lo que eso significa para mí. ¡Muchas gracias!

Por su parte, el profesor Civil se avino a darle dos horas diarias de clase, de siete a nueve de la noche -Mateo, absorbido por la Falange, renunció hasta nuevo aviso-, y el resto del tiempo podría dedicarlo a estudiar.

Cabe decir que la buena voluntad del viejo profesor y de Manolo lo ayudaron muchísimo en la ardua tarea de adaptar su ánimo a la vida civil… Porque el cambio no era fácil. Instalarse de nuevo en el piso de la Rambla lo desconcertó y, sobre todo, cargó sus espaldas con una gran responsabilidad. En efecto, ahora no podría ya achacar sus caprichos, los espasmos de su carácter, al hecho de estar movilizado. Ahora el futuro dependía de él, de su comportamiento y de su sentido del deber. Dependía de él aprobar; corresponder a la confianza que le había otorgado Manolo; y modernizar un día la oscura cocina en que su madre se quemaba las pestañas.

Todo salió a pedir de boca. El profesor Civil, que cuando daba clases se sentía rejuvenecer, se tomó con tal entusiasmo la tarea de enseñar a Ignacio, que éste se contagió. Contagio que buena falta le hacía, dado que el muchacho, como era de suponer, había olvidado por completo el poco Derecho aprendido antes de la guerra. Por fortuna, él puso de su parte la mejor voluntad. Había perdido el hábito de los libros; pero se sentía fuerte, conseguía concentrarse y no le importaba, esta vez, de verdad, tener la luz encendida hasta las tantas. El calendario era un reto -junio estaba allí mismo-, pero en casa todos le decían: "Aprobarás. No te quepa duda. Aprobarás".

Tocante al despacho de Manolo, había de constituir para él un estímulo todavía mayor. No sólo porque entre sus paredes empezó a familiarizarse con el léxico de la profesión, sino porque le dio ocasión de comprobar que ésta le gustaba. Ah, sí, los "casos" con que Manolo se las había a diario, y que por supuesto no se referían sólo a multas y a desahucios, despertaron su curiosidad. Ignacio se dijo a sí mismo que el esfuerzo compensaba. Dióse cuenta de que ser abogado era un poco ser médico y confesor; siempre y cuando se obrase con recta intención. Porque cada pleito era un enigma y cada cliente una intimidad que se abría. Por otra parte, ¡qué buen estilo tenía Manolo! Manolo aplicaba a la abogacía su sentido de alegría y riesgo, compatible, por lo demás, con la minuciosidad, y ello le daba resultados sorprendentes. Por si fuera poco, en el despacho había, en calidad de ayudante, un vejete que se sabía de memoria los áridos volúmenes del Aranzadi y que era un ejemplo a imitar. Este vejete, llamado Nicolás, le decía siempre que los sumarios disciplinaban la mente, porque no sólo obligaban a alinear -y a valorizar- los datos, ¡sino a tomar en última instancia una decisión! Tomar una decisión… ¿No era éste el supremo objetivo que Ignacio debía proponerse? Así lo creía Esther, quien cada mañana, con tenacidad digna de encomio, entraba sonriendo en el despacho a saludar a Ignacio para preguntarle si le apetecía una taza de café y para repetirle incansablemente, al igual que en el piso de la Rambla: "Aprobarás".

Ignacio, sensible a esas manifestaciones de afecto, afrontó con noble ímpetu la nueva etapa que se abría ante su vida. A veces, claro, se descorazonaba, pues algo superior a él le roía por dentro, manteniéndolo pese a todo en un estado de perpetua incertidumbre. ¡Ay, su empeño de razonar lo de por sí irrazonable! ¿No sería un francotirador, un ente solitario y marginal, puesto que era incapaz de entusiasmarse por una determinada organización? Poseía el carnet de Falange, pero no asistía a ningún acto. No se sentía a gusto en las Congregaciones Marianas, pese a la seducción personal del padre Forteza. La Acción Católica se le antojaba empírica, sosa. ¡No le gustaba el fútbol! ¿Qué le ocurría? Por suerte, el doctor Chaos, a quien conoció en casa de Manolo con motivo de redactar éste los estatutos de la Clínica Chaos, le dijo algo que le animó: "No te apures, muchacho. Tu inconformismo demuestra una cosa: que quieres ser tú y no otro, que no naciste para formar parte del rebaño".

Lo malo era que las dudas de Ignacio no se detenían en lo meramente especulativo, sino que afectaban al mismo tiempo a lo vital: por ejemplo, a sus relaciones con Marta… Y eso sí que era doloroso de veras. ¡Era preciso resolver aquello en seguida y de una vez! Pero ¿cómo? Ignacio había llegado de Figueras con la mejor de las intenciones, aupado además porque Marta oponía menos resistencia que antes a la tumultuosa naturaleza del muchacho. ¡Pero estaba escrito que la política iba a interponerse una vez más! En efecto, precisamente por aquellas fechas la chica se ausentó de Gerona, rumbo a Madrid, para seguir en la capital de España unos cursillos de la Sección Femenina que iban a durar dos o tres semanas. Al parecer, las delegadas provinciales debían recibir instrucciones para su futura labor, conocerse mejor entre sí y visitar varios "lugares patrióticos". Ignacio no tenía nada en contra de esas frecuentes escapadas de Marta. Pero en esta ocasión le invadió más que nunca el temor de que su novia, por culpa de las cinco flechas, no llegara jamás a pertenecerle por entero. La madre de Marta se dio cuenta de lo que ocurría y procuró tranquilizar a Ignacio. "Comprendo que para ti esto es molesto -le dijo-, pero ya conoces a Marta. Cree que es su deber. De todos modos, hazte cargo de que cuando se case las cosas cambiarán…" Ignacio movió la cabeza. "Así lo espero", contestó.

El caso es que el viaje de Marta fue a todas luces inoportuno, habida cuenta de que Ignacio seguía recibiendo amenas cartas de Ana María… Pilar, que estaba al quite, atosigaba a su hermano una y otra vez: "No le jugarás una mala pasada a Marta, ¿verdad?". Ignacio se encogía de hombros. "¿Qué voy a decirte? No lo sé. Pero en estos meses podía haberse quedado a mi lado, ¿no te parece? Las mujeres sois algo estúpidas".

Ignacio empleaba el plural al decirle eso a Pilar porque tampoco sus relaciones con su hermana eran, como lo fueron en otros tiempos, un modelo de cordialidad. Pilar, a veces, le ponía tan nervioso como Marta. ¡Estaba tan segura de sí! Daba la impresión de tenerlo todo resuelto… Ignacio llegó a pensar si no sería el suyo un problema de celos. Sí, tal vez Ignacio estuviera celoso de la felicidad que embargaba a Pilar… y a Mateo. Eran uña y carne. Lo primero que ambos leían en el periódico era la lista de las multas impuestas en la jornada y, a continuación, los discursos de Goebbels. Por lo demás, los dos vestían camisa azul, comulgaban con frecuencia, querían tener muchos hijos… No admitirían jamás que la incertidumbre fuera una virtud superior; a semejanza del doctor Gregorio Lascasas, creían en la línea recta, en la acción, en la fe. Mateo decía siempre que Ignacio, a fuerza de sutilezas, corría el riesgo de caer en un nihilismo suicida.

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