Nota alegre, luminosa -nota de fe-, en la nueva etapa de Ignacio: la tertulia diaria con su padre en el Café Nacional. Éste era el único descanso que el muchacho se permitía a lo largo de la jornada. Por supuesto, lo pasaba muy bien dialogando, a primera hora de la tarde, con el señor Grote, con el solterón Galindo, con el inefable Marcos; y con el camarero Ramón. Sin embargo, la razón principal de la integración del muchacho a dicha tertulia era saber que con ello hacía dichoso a su padre. En efecto, Matías, exhibiendo a su hijo, seguía siendo el hombre más feliz del universo. Por mutuo acuerdo habían arrinconado su antiguo slogan: Neumáticos Michelin, sustituyéndolo por el de Caldo Potax. Ello provenía de los anuncios que aparecían constantemente de este caldo y de los concursos que la empresa organizaba, ofreciendo cuantiosos premios. Ignacio ahora levantaba el índice mirando a su padre y éste respondía: Caldo Potax. Y los dos se reían como chavales. Y los espejos del Café Nacional multiplicaban sus risas hasta el infinito, ante el asombro del limpiabotas Tarrés, que había hecho la guerra en antiaéreos y que desde entonces creía que lo único lógico en el mundo era llorar.
Así las cosas, llegó el 11 de marzo. Fecha importante para Ignacio, quien en su transcurso había de protagonizar, inesperadamente, un episodio que daría al traste con su racha de serenidad.
Todo sucedió como si una mano misteriosa actuara opresivamente sobre él. Ignacio, después de almorzar, acompañó a su padre al Café Nacional. Y he aquí que, apenas el muchacho se sentó a la mesa de costumbre, clavó su mirada en Marcos y experimentó una repentina sacudida. ¡Acordóse de la mujer de éste, la guapetona Adela, y de las palabras que ella le dijo en el baile del Casino: "¿Por qué no subes cualquier sábado por la tarde a hacerme un poco de compañía?"!
Cualquier sábado… Aquel día era sábado. Ignacio notó en el acto que su escala de valores iba a chaquetear. Incluso se permitió bromear con Marcos más de lo ordinario, echando cálculos sobre el número de aspirinas que éste se habría tomado en la vida. Pero su decisión era irrevocable. A la media hora escasa, y aprovechando que Galindo propuso jugar la clásica partida de dominó, Ignacio se levantó, pretextando que alguien lo esperaba, y despidiéndose de todos salió disparado a la calle.
Entró en el café de al lado y pidió la Guía telefónica. Su índice temblaba al buscar los nombres. Por fin dio con el que le convenía y, encerrándose en la cabina, marcó el número. La respuesta no tardó en llegar: Adela, desde el otro lado, le dijo simplemente: "Te espero".
Ignacio se dirigió, como impulsado por el viento, al piso de la mujer. ¡Al diablo la disciplina, al diablo el orden en la mente! El esfuerzo que estaba haciendo ¿no se merecía un alto en el camino?
Adela lo recibió enfundada en una bata de color azul celeste, escotada. La casa era una de las privilegiadas: tenía calefacción. A los cinco minutos el muchacho y la esposa de Marcos se abrazaban con frenesí. Un beso interminable, tremendo, como correspondía al ansia recíproca y a la diferencia de edad. Ignacio no pudo menos de recordar su aventura con doña Amparo Campo, pero aquello llevaba trazas de ser más intenso. Adela le gustaba. Tenía la piel cálida y los senos agresivos. Y hambre de hombre, de hombre en plenitud. Fue el suyo un encuentro que rozó la locura, un encuentro feliz y temerario. Adela susurró en los oídos de Ignacio palabras dulcísimas y otras un poco fuertes. Hubo un momento en que pareció que la mujer iba a desmayarse; luego reaccionó. Ignacio hizo honor a su sexo y en ningún momento se dejó avasallar.
Ignacio salió de aquella casa como ebrio. En las calles, los carteles anunciaban simultáneamente zarzuela, fútbol y ejercicios espirituales para señoras. Las banderas aparecían arrugadas, lacias, por la lluvia recién caída. El ambiente era invernal. Los carros de la basura -¿a esa hora?- circulaban destapados, despidiendo un hedor insoportable.
Antes de subir a su casa entró de nuevo en el Café Nacional y le pidió a Ramón, el camarero, una copa de coñac.
La tertulia se había dispersado. Ramón le dijo: "Creo que deberías subir al piso. Pilar ha venido a buscar a tu padre hace un rato".
– ¿Cómo?
– Debía de ser algo urgente…
Ignacio tuvo como un presentimiento: su madre. Algo le había ocurrido a su madre. Cruzó la calzada de la Rambla de un salto y de otro se tragó los peldaños. Al entrar en casa se confirmó su temor: su madre había tenido una hemorragia espectacular. El médico, doctor Morell, había acudido en seguida y había pronunciado las palabras esperadas desde hacía tiempo: era preciso operar.
Carmen Elgazu ingresó en la Clínica Chaos al día siguiente. Pintores y electricistas trabajaban todavía en los pisos de arriba, dando los últimos toques, pero en la planta baja, donde se encontraban los quirófanos, algunos servicios funcionaban ya. La proximidad del estadio era tal que, desde cualquiera de las habitaciones traseras, los domingos por la tarde se oía el griterío de los hinchas que presenciaban el partido de turno. "¡Gol…! ¡Goooool…!".
La operación, que tuvo lugar el día 14 de marzo, fue difícil, penosa. El doctor Chaos había contratado por fin a un anestesista de Barcelona, llamado Carreras, y también a dos jóvenes médicos licenciados del Ejército. El anestesista, que había trabajado durante mucho tiempo en el Hospital de San Pablo, demostró conocer su oficio. Sumió a Carmen Elgazu en un estado de absoluta insensibilidad. Y entretanto, en el quirófano, las batas blancas de las enfermeras circulaban sin hacer ruido y el doctor Chaos, imponente, con su mascarilla, su delantal y sus guantes, iba pidiendo el instrumental con ademanes tan automáticos que se veía a la legua que llevaba años practicando aquella labor.
Carmen Elgazu permaneció en el quirófano por espacio de dos horas largas. Afuera esperaban, mirando al suelo, mirándose unos a otros, rezando, crispando los puños, Matías, Ignacio, Pilar, mosén Alberto, Paz y Mateo. No fue admitido nadie más, ni siquiera Eloy. Mateo y Paz habían pedido permiso para presenciar la operación, pero el doctor Chaos se lo negó. Era su norma: no admitía curiosos.
Los órganos genitales de Carmen Elgazu fueron extirpados en su totalidad y depositados en una palangana. Todos sabían que iba a ser así y se preguntaban: "¿Será capaz un cuerpo humano de resistir semejante amputación?". "Y en el caso de que así sea, ¿dicho cuerpo no perderá para siempre algo sustancial?". ¿Tendría Carmen Elgazu la misma voz, los mismos ojos, ¡las mismas cejas!? ¿Sus piernas seguirían siendo las columnas del hogar? El doctor Chaos les había dado un margen de garantías muy amplio. "Todo saldrá bien, espero. La convalecencia será larga, naturalmente. Pero se recuperará. Su corazón es fuerte y se recuperará".
A las dos horas el doctor Chaos salió del quirófano y todos lo miraron como si fuera un ángel. Nadie se acordó de la tesis del señor Grote, según la cual el doctor Chaos realizaba siempre aquella operación experimentando un secreto placer… "¡Doctor!". El doctor Chaos buscó con la mirada a Matías y al verlo le dijo en voz alta, para que todos lo oyeran: "Perfecto. No ha habido complicaciones. Ahora saldrá…"
¿Quién había de salir? Carmen Elgazu… El doctor Chaos se fue pasillo abajo, torciendo luego a la derecha. Y a los pocos segundos apareció en una camilla rodante, impulsada por una enfermera, el cuerpo de Carmen Elgazu. El momento fue solemne. Todos los presentes se apartaron a un lado para dejar paso al silencioso vehículo.
Una sábana cubría casi por entero, hasta el cuello, el cuerpo de Carmen Elgazu. Sólo asomaba su cabeza, inclinada a un lado, horizontal; una cabeza absolutamente inmóvil, en apariencia muerta, con unas ojeras horribles, la boca entreabierta, boca de la que salía un gemido sordo y hondo, que fue oído por todos como proveniente del umbral de una vida que no era la común, que estuvo en un tris de perderse para siempre. La camilla dejó tras sí un fuerte olor a éter.
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