José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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Fueron unos meses duros, durante los cuales el Gobernador no pudo menos de recordar las advertencias del profesor Civil y del notario Noguer, al regreso de la Cerdaña, cuando él, entusiasmado por el recibimiento de que fue objeto, afirmó que el pueblo catalán era sentimental, tocado de infantilismo, y que debía gobernarse con sentido paternalista. "Los gerundenses -había objetado el profesor Civil- despertarán pronto de su beatitud y entrarán en un período de rabiosa ambición". "Mi impresión -había corroborado el notario Noguer- es que este espíritu de colaboración que encuentra usted ahora, es esporádico. ¡No querría decepcionarlo! Pero considero que la tarea de usted va a ser más compleja que la de mecer un niño en la cuna". El Gobernador, evocando estas palabras, barbotó: "¿Por qué habrá estallado, precisamente ahora, esa guerra europea? ¿Por qué?".

El Gobernador, decidido a actuar, empezó por practicar detenciones. Al dueño de un colmado de la Rambla, colmado La Inmaculada -denominación que desagradaba a Carmen Elgazu-, le fue descubierta una despensa repleta de géneros intervenidos, y el hombre ingresó en la cárcel. También fue detenido un funcionario del Servicio Nacional del Trigo, que se había convertido en el hombre de paja de un arrocero de País que se dedicaba a moler clandestinamente. Fue detenido el contable de Auxilio Social, hombre de confianza del profesor Civil, al que éste sorprendió en combinación con un importante mayorista de cereales. El comisario Diéguez, con su clavel blanco en la solapa, se dedicó a recorrer los trenes nocturnos y descubrió latas de aceite en la barriga de mujeres aldeanas que simulaban estar encinta. Etcétera. Todo ello originaba una desagradable situación, pues tales detenidos eran mezclados en la prisión con los reclusos políticos, los cuales los sometían a toda clase de vejámenes.

'La Voz de Alerta' sugirió una medida que al pronto encandiló al Gobernador y a Mateo: ofrecer a los denunciantes el cuarenta por ciento del importe de las multas. El ensayo resultó desabrido. Personas comúnmente sensatas deseaban sorprender en falta al prójimo. Se dieron casos de hermanos que se denunciaban entre sí. Un limpiabotas de la Rambla, llamado Tarrés, gracias a su fino oído, se enteraba de muchas anomalías y denunciaba. También el barbero Raimundo sucumbió a la tentación. Mitad por ambición, mitad por halagar a las autoridades, organizó una red de espionaje, compuesta en gran parte por mujeres del barrio y por chiquillos.

Ah, no, no todo era fervor patriótico en la ciudad y provincia, y las fogatas en las montañas escoltando el paso de los restos de José Antonio parecían quedar lejos. La noche era lo peor. De noche circulaban por los senderos los carros y las bicicletas, y hombres con sacos a la espalda. Eran bultos dedicados al estraperlo. De noche se apilaban las mercancías en los sótanos y en las buhardillas, y los avaros contaban el dinero. El notario Noguer, que contemplaba este despliegue como desde un palco, le decía a su mujer, con acento un poco cansado: "El país no tiene remedio".

Poco a poco la situación fue agravándose. Brotaron extrañas organizaciones, a veces sin nombre, a veces bajo el respaldo de una agencia. Agencias que se ofrecían para "facilitar" toda clase de documentos, desde células de empadronamiento hasta carnets de conducir. Algunas llegaron a garantizar que sacarían de la cárcel a tal o cual detenido. Una de ellas. Agencia Rojas, distribuyó por la comarca individuos con uniforme que obligaban a la gente timorata a comprar retratos patrióticos de Franco, de José Antonio, del general Mola… Y una empresa de pompas fúnebres tuvo la feliz idea de alquilar ataúdes para el trasiego clandestino de materias intervenidas. La Agencia Gerunda, bajo la dirección de la Torre de Babel y de Padrosa, se abstuvo de momento de toda acción ilegal, pero su asesor jurídico, Mijares, de la CNS, que tenía tres hijos, empezó a preguntarse hasta cuándo resistirían a la tentación. ¡Las posibilidades eran inmensas y su hoja de servicios le permitiría en muchas ocasiones obrar impunemente!

Sin embargo, lo que mayormente alarmaba al Gobernador eran las Sociedades Anónimas de que Manolo habló con Ignacio y con Marta. El jefe de Policía, don Eusebio Ferrándiz, le confirmó la existencia de firmes alianzas entre hombres de negocios y "peces gordos". ¡Ah, claro! ¿Es que la codicia iba a ser privativa de los limpiabotas de la Rambla y del dueño del colmado La Inmaculada!

El jefe de Policía descubrió que la Tejero, S. A., oficialmente dedicada a fabricar papel, no era sino un centro de contrabando que "importaba" desde agujas de gramófono hasta recambios de bicicleta y medicamentos. Los contrabandistas que utilizaba la Sociedad eran hombres del Pirineo que durante la guerra se habían dedicado a pasar gente a Francia. Hombres que conocían los vericuetos y que contaban con la ayuda de los pastores y de los habitantes de las masías. También utilizaban maquinistas de los trenes que llegaban asmáticamente -a veces, transportando a Ignacio- hasta la frontera.

Con todo, el descubrimiento más sensacional de don Eusebio Ferrándiz, quien desde que perdió a su hija en el accidente del Collell no se explicaba que la gente sucumbiera a tan burdas apetencias, fue el del funcionamiento interno de la llamada Constructora Gerundense, S. A. La Constructora Gerundense, S. A., cobró en cuestión de unos meses tal auge, que su brillo eclipsó a las demás. Podía decirse que ninguna actividad, ninguna transacción posible, escapaba a su ojo de cíclope. Su red se extendía coherentemente por toda la provincia, desde los pueblos fronterizos del interior hasta el litoral. Su especialidad era la expropiación de terrenos para edificar viviendas, y la adjudicación de subastas. Pero de hecho sus tentáculos lo abarcaban todo, sin excluir la fabricación de yeso y la recogida de alambre de espino.

El sistema de que se valía la Constructora Gerundense, S. A., era el de "lo toma o lo deja", sistema posible gracias a que el talonario de cheques de que disponía su administrador, un individuo oscuro, ¡qué había pertenecido a Izquierda Republicana!, era inagotable.

El Gobernador no acertaba a comprender cómo se las arreglaba la Constructora Gerundense, S. A., para salirse siempre con la suya. La Plaza de Abastos la había construido la Sociedad. El acondicionamiento de la Clínica Chaos lo llevaba a cabo la Sociedad. De la restauración de muchos templos se había hecho cargo la Sociedad, así como del tendido de muchos puentes. Sin contar con que en el transcurso del mes de febrero, y como por arte de magia, el Estado le adjudicó a un precio irrisorio más de sesenta viejos vagones arrinconados en las vías muertas de la estación.

El jefe de Policía hacía cuanto estaba en su mano para pillar en falta a la organización; jamás conseguía probarle nada al margen de la ley.

Hasta que, de pronto, el comisario Diéguez se enteró de que la Constructora Gerundense, S. A., había llevado a cabo la más audaz de las operaciones: la compra de una formidable partida de material de guerra anticuado, inservible, procedente del Ejército, de los Parques de Figueras y Gerona, material "destinado a chatarra". Dicho material no salió siquiera a subasta. Pasó a ser patrimonio de la Constructora Gerundense, S. A., sin que ningún competidor tuviera opción.

El expediente abierto en esta ocasión por el comisario Diéguez, del que se decía que había seguido unos cursillos con la Gestapo, dio el siguiente resultado: los componentes de la Sociedad eran, ni más ni menos, los hermanos Costa, el coronel Triguero y el capitán Sánchez Bravo… Ahora bien, ninguno de los cuatro figuraba con su nombre: los hermanos Costa estaban representados jurídicamente por sus esposas y el coronel y el capitán lo estaban por dos ex brigadas jubilados. ¡He ahí el resultado de aquellas conversaciones sostenidas en verano, en una mesa de la Rambla, por el jefe de Ignacio y el hijo del general! ¡He ahí por qué el chismoso señor Grote decía siempre, al verlos juntos: "¡Me gustaría saber qué se traen entre manos!".

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