Había hablado tan bajo que había tenido que acercar el oído a su boca para oírle. Había hecho un esfuerzo inmenso, para las energías que le restaban, pero se forzó a seguir.
– Cuando me he despertado me ha venido el ataque, y luego, mientras los médicos organizaban todo esto a mi alrededor, en realidad lo tenían preparado desde hacía tiempo, he seguido pensando en Italia. Un país de sol y aceite, como el nuestro. Me he acordado de muchos sitios que vi y me gustaron, pero sobre todo de uno, y he tenido una idea que requiere de tu colaboración.
– Cálmese. No tiene por qué cansarse así.
– Claro que tengo -protestó-. Debes ir a Florencia. Allí hay una iglesia pequeña, a orillas del Arno, que se llama Ognissanti. Arréglalo para casarte en ella con Sybil.
– ¿Cómo dice?
– Lo has oído. Vas a casarte con mi nieta. Hazlo en esa iglesia.
– No soy creyente -objeté.
– Yo tampoco, pero soy católico. Todos los españoles somos católicos, aunque no seamos creyentes. No te será tan difícil. Hazlo y lo entenderás.
– ¿Por qué?
– En esa iglesia está enterrado Botticelli, de quien también allí se guarda un sensacional retrato de San Agustín. Es un templo desangelado, algo tenebroso, pero después de ver la tumba y la obra de aquel gran hombre, me quedé durante un buen rato. Y sucedió algo, Hugo. De pronto me sorprendí rezando. Fue la última vez que lo hice.
Dalmau sonreía misteriosamente. Una parte de mí me impulsaba a rechazar la tiranía que aquel espectro trataba de ejercer sobre mi futuro. Pero la otra, la que él siempre había sabido convocar, me movía a acatar su designio.
– Lo haremos, si ella quiere -me rendí.
– Querrá -aseveró, con aquella certidumbre irritante.
El vaso de Charlotte
Vino Sue, y vino Paul Fromsett, el padre de Sybil, un hombre saludable de poblado flequillo a quien Dalmau trataba con displicencia. Fue extraño para todos, incluso para Sybil, que yo estuviera allí con ellos, junto al moribundo, y que él me reclamara y yo hablara en voz baja con Matilde o consolara a Charlotte cuando se le saltaban las lágrimas. Sin embargo, eran personas corteses y procuraron no hacerme sentir intruso, aunque yo me sentía, o más bien lo que sentía era una cierta culpabilidad por que el viejo no confiara como habría debido en ellos. Por eso procuré no quedarme en la habitación si no estaba alguno de los Fromsett, que eran su verdadera familia, a la que Dalmau no podía rehuir en aquel momento, a pesar de todo lo que pudiera circularle por la cabeza. Así compartí vigilia con Sue, que trataba de reconocer en mí al jugador impulsivo que la había visitado en su casa de Madison, o con Paul, que se interesaba por asuntos tan peregrinos como la abundancia de sexo explícito en la televisión europea, y que ante mis evasivas parecía dudar de la lucidez de su hija al enredarse conmigo. Pero sobre todo, traté de estar acompañado de Sybil, entre otras cosas porque en su presencia Dalmau se mostraba un poco más humano y afectuoso. Con Sue tenía una confianza un poco despegada y a Paul, cuando se quedaba adormilado en el sillón, le miraba de reojo como si planeara entregarlo a un taxidermista.
Precisamente estaba con Sybil, la víspera de Nochebuena, cuando Dalmau nos rogó:
– ¿Podéis prestarme ese vaso?
– Nadie tiene que prestártelo -observó Sybil, aturdida-. El vaso es tuyo.
– No es mío -se opuso Dalmau-. Uno sólo tiene las cosas mientras puede sujetarlas y yo ya no puedo sujetar nada. Échame agua, por favor.
Sybil echó agua en el vaso y se lo acercó a los labios. Dalmau bebió a sorbos cortos y volvió a recostarse.
– El agua sí es mía, ahora -proclamó, triunfal-. Pero nada más, ya.
– No se esfuerce -intervine, porque vi que le costaba respirar.
– Qué poca cosa es un vaso, normalmente -dijo, desobedeciéndome-. Uno sobrevive a tantos vasos que acaban hechos añicos, en el suelo o el fregadero. Hasta que un día uno se enfrenta a un vaso que va a sobrevivirle. Si uno dijera que ese vaso es suyo, el vaso reventaría de risa. Hay que pedirlo prestado, porque el vaso, como todo, sólo puede ser de otro que seguirá viviendo.
Ni Sybil ni yo supimos qué decir. Ella le colocó el cobertor, subiéndoselo hasta el cuello. Dalmau se dejó hacer. Sus ojos parecían no ver ya nada.
– Todo, en realidad, lo hemos tenido prestado -repitió-. Y ahora hay que devolverlo. Qué trago terrible, para tantos imbéciles.
Dalmau reía, sin fuerza.
– La verdad es tan magnífica, y tan limpia -susurró, antes de dormirse.
De aquel sueño ya no despertó. Se quedó en él, en la madrugada de un 24 de diciembre, cuando todos en Nueva York soñaban con regalos que recibirían o harían a la noche siguiente y que invariablemente crearían una ilusión de propiedad en sus destinatarios. Su nieta y yo nos dimos cuenta del desenlace por la mañana, cuando caímos en que habíamos dejado de escuchar su respiración. Me aseguré de que Sybil se encontraba bien y fui a dar la noticia a los demás, que ya estaban desayunando. Sue se levantó y se encaminó muy despacio hacia el dormitorio. Paul hizo chascar la lengua y meneó la cabeza, buscando algo que pudiera decir. Matilde siguió con prudencia de mujer vieja los pasos de la hija de Dalmau. Charlotte quedó inmóvil, como alienada. Cuando reaccionó, la acompañé a la cámara mortuoria, sujetándola por los hombros. Temblaba imperceptiblemente.
Siempre recordaré cómo se acercó al cadáver, abriéndose paso entre las otras tres mujeres, y acarició con las yemas de sus dedos los párpados cerrados. Dalmau había previsto que ella los bajase, pero no había hecho falta, porque había muerto dormido. Después Charlotte cogió el vaso y la bandeja que había sobre la mesilla y se los llevó. Al verlo en sus manos supe, y me confortó saberlo, que aquel vaso le pertenecía.
La travesía inversa
La idea estaba absolutamente clara en mi cerebro, pero no era yo quien poseía facultades legales para ponerla en práctica. Por eso, en cuanto se hubo serenado, me llevé a Sue fuera de la habitación y traté de ganarla para la causa. Inicié la cuestión por el borde de fuera, para que resultase menos violento.
– Ahora hay que pensar en algunas cosas inevitables -dije.
– ¿Querrás ocuparte tú? -abdicó rápidamente Sue, como si lo hubiera estado esperando-. Puedes contar con Paul, desde luego.
– ¿Dijo alguna vez qué quería que se hiciera?
– ¿Con qué? -y reparando de pronto, repuso-: Ah, no que yo sepa. Hay un testamento. Deberás hablar con Pertúa.
Ya suponía que debía hacerlo, y ya suponía que el testamento no aclararía nada al respecto. Entonces me lancé:
– Creo que él quería que se le enterrase en España.
– ¿Cómo? Era ciudadano estadounidense. Su mujer está enterrada aquí. Su hijo está enterrado aquí, quiero decir en Wisconsin, tú lo viste. Toda su vida estuvo aquí. En tu país lo único que hizo fue nacer.
Sue se había revuelto sin pensar, como si yo acabara de ofenderla en lo más sagrado. Pero después de desahogarse quedó un tanto meditabunda, y tras una pausa preguntó, sin la ferocidad de hacía sólo unos segundos:
– ¿Por qué crees que él quería que le llevaran allí?
Con Sue hablaba siempre en inglés. Si lo hacíamos en castellano, aún se comunicaban peor nuestros pensamientos. Había una especie de horror en la manera en que había dicho la última parte de la frase, to be taken there.
– Porque nunca fue en vida -repliqué.
En cualquier otra circunstancia, respecto de cualquier otra persona, el razonamiento habría sido un completo contrasentido. En aquel instante, a propósito de Dalmau, encerraba el significado preciso para que Sue, que no lo ignoraba todo (a fin de cuentas, ella había hecho las gestiones para que Matthew fuera enterrado en Kenosha, a donde jamás iría a reunírsele nadie), desfalleciera y admitiese:
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