Lorenzo Silva - El Ángel Oculto

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Impulsado por una serie de acontecimientos que él interpreta como señales -la muerte de su perro, la infidelidad de su mujer, un hombre vendiendo pañuelos en un semáforo, un sueño- el protagonista de esta novela decide dejarlo todo e irse a Nueva York, con el vago designio de iniciar algunos estudios o, simplemente, a esperar algo que haga cambiar su vida.
El hallazgo casual de un libro escrito por Manuel Dalmau, un español emigrado a Estados Unidos a principios de los años veinte, le proporciona el primer indicio de cuál era la verdadera finalidad de su viaje. Sus tentativas por localizar al autor le llevarán a conocer a una mujer que le fascina, pero también le involucrarán en una trama de amenazas y misterios. Cuando por fin conozca a Dalmau y las razones que le impulsaron a abandonar España, su destino se verá inexorablemente ligado al del anciano, en un viaje interior que le hará comprender los poderosos vínculos que nos unen a los nuestros y a la tierra que nos vio nacer.

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Dalmau volvió a interrumpirse. En la última frase, se le había quebrado la voz. Carraspeó, como si se tratara sólo de una incordiosa flaqueza física, y se obligó a continuar, con su energía habitual:

– He aquí, en resumen, que cuando a mi hijo le abandonó su mujer, y quedó momentáneamente sin saber a dónde acudir, hice aquello de lo que habría de arrepentirme. Le llamé y le conté en detalle todo lo que había hecho desde que había llegado a Nueva York. Dudé si hablarle también de lo que había habido antes, en España, pero respecto de eso decidí inventar una mentira en la que sólo intercalé la verdad de mis recuerdos de su abuelo y de su abuela, de quienes merecía saber. Al fin y al cabo, demasiada verdad había ya en el resto. Mateo lo encajó todo como si lo soñara, y cuando le comuniqué que había resuelto ponerle al frente de todos los negocios y que en adelante podía darles el rumbo que mejor le pareciera, asintió como si nada de todo aquello fuera realmente con él. Yo podía haber hecho cualquier otra cosa: tenerlo conmigo, buscarle una mujer que fuera mejor que la holandesa, llevarlo a un médico. Pero le puse al frente, como si eso fuera algo.

– Era una prueba de confianza -opiné, con cautela.

– Era una mierda, una prueba de ceguera, Hugo -disintió-. Mateo no valía para nada, no podía llegar a ninguna parte, porque nadie le había preparado para llegar o porque no estaba en su naturaleza. Yo tendría que haber cuidado de que nadie le retara, y fui yo quien le reté. A los seis meses de entregarle el mando tuve que relevarle y humillarle así para siempre. Los diez años o más que vivió después de aquello los pasó escondido en casas que yo compraba para él, allí donde creía que podía estar más lejos de todo lo que le asustaba. Al final descubrió el lago, y creo que a su orilla fue feliz, en la manera estrecha a la que le había condenado con mi negligencia. Lo que más me dolió fue no enterarme de su enfermedad. Me la ocultó, todos me la ocultaron, y con eso me hundieron en la vergüenza de estar ajeno a todo mientras él se apagaba. La última ofensa, que me había ganado sobradamente, como las otras, fue que abandonara la casa que yo le había pagado y huyera a morir a una casa alquilada, en ese maldito pueblo de nombre indio. Pero le enterramos allí, enfrente de su lago, porque allí, tan brevemente, había sido libre de lo que le había arruinado la vida. Allí, al fin y para siempre, había sido libre de mí.

Ahora, Dalmau lloraba. Las lágrimas resbalaban por su piel rígida mientras él miraba al frente, como el nazareno soportando todas las penitencias. En ese momento, ni tarde ni pronto, cuando él lo había querido, entendí todo. Entendí la secuencia tan extensa y compleja de su vida, el despliegue meticuloso al que había dedicado tantas tardes, la ordenada sucesión de todos los crímenes que hasta aquel último, inexpiable, había cometido aquel anciano que se ennoblecía con el remordimiento. Justo entonces vi al ángel, el que estaba oculto en la ciudad vacía que yo había buscado por azar y había encontrado por necesidad, porque creía, como Dalmau, que las cosas tenían un sentido aunque todo zozobrase alrededor. Y el viejo, que sabía que yo ya sabía, dijo:

– Tú sí estás preparado para llegar, y está en tu naturaleza intentarlo. Contigo no habrá culpa, ni la burda superchería que habría sido confiárselo a otro que no viniera de donde ambos venimos. A ti puedo encomendártelo, y esperar que me redimas. Sigue tú el viaje que él no pudo seguir. Y llega, por los dos y también por él.

– ¿A dónde? -pregunté, sólo por cerciorarme.

Dalmau se encogió de hombros, y contestó:

– Al principio.

VI. DESCUBRIMIENTO DE LA ARMONÍA

1.

Una pelirroja en Pisa

Desde la tarde en que el anciano que usaba el nombre de Manuel Dalmau me refirió la historia de su hijo Matthew, algo en mi interior se aprestó a afrontar una torcedura de los acontecimientos. El premioso proceso que se había desarrollado ante mi dócil atención estaba concluso, y al igual que había medido y previsto todo lo anterior, él debía haber medido y previsto el paso siguiente. Pero fue la naturaleza, después de tanto contemporizar con él, la que se adueñó de la situación. Pertúa me trajo la noticia, y lo hizo con su aire de solvencia habitual, aunque parecía un poco más agitado que de costumbre.

– El viejo ha empeorado -dijo-. Los médicos dicen que puede irse de un momento a otro.

– ¿A qué hospital le han llevado? -pregunté, mientras me echaba encima la chaqueta.

– A ninguno. Si no tuviera noventa y cinco años podrían ponerle un tratamiento, o incluso operarlo. A su edad, cualquiera de esas dos cosas equivale a ejecutarlo en el acto. Le dan calmantes y le ayudan a respirar con una máquina si se fatiga. No pueden hacer más.

– ¿Qué es lo que le pasa? -nunca antes había indagado tan frontalmente aquel extremo.

– Qué es lo que no le pasa. No vengo a alertarte, sino a sugerirte que te resignes y te esfuerces en ayudarlo, en lo que puedas, a acabar en paz. Quiere que vayas a verlo.

– ¿Han avisado a su hija?

– Los he avisado a todos. Quiere verte antes de que lleguen.

Volvía a ser Navidad y Nueva York lo festejaba bajo la nieve con una de sus consabidas olas de frío polar. Mientras iba en el taxi recordé cómo había sido la navidad anterior, la que había pasado con Raúl y Gus. Era como si hiciera mil años.

Me recibió Charlotte. Había estado sollozando y lo tenía todo enrojecido: las mejillas sutiles, los ojos celestes. Hasta aquella niña primaveral se encogía ante la cercanía de la muerte. Con su paso inaudible me precedió hasta la cámara del enfermo. Era un dormitorio no demasiado grande, que casi habían vaciado de muebles para poder introducir los aparatos médicos. En la cabecera estaban Matilde y una enfermera. Dalmau, en pijama, había quedado reducido a la mínima expresión.

– Pasa, Hugo -murmuró al verme en el umbral, y dirigiéndose a las mujeres, pidió-: Dejadnos solos un momento.

Matilde titubeó, pero la enfermera salió en seguida. Debía tener experiencia en moribundos y sabía valorar su voluntad. Me acerqué a la cama. El aspecto de Dalmau, rota la exigua pero pertinaz reserva de vitalidad que le sostenía, causaba espanto.

– ¿Has estado alguna vez en Italia? -preguntó, con un hilo de voz.

– No -repuse, desorientado.

– Yo fui con Karen, por nuestro décimo aniversario -informó apremiadamente-. Fue el único viaje de placer que hice en toda mi vida. Estuvimos en Roma, Venecia, Florencia y Pisa. Allí, en Pisa, en el Baptisterio, me pasó algo que no he olvidado nunca. Mientras paseaba por la galería superior, me fijé en una hermosa chica pelirroja, sentada. Apenas posé mis ojos sobre ella, alzó de golpe la mirada del folleto que estaba leyendo. Me encontré con dos ojos verdes que me atravesaron y después se apartaron. Tras eso, la muchacha se levantó y se fue. Un par de minutos más tarde, volví a tropezarme con ella. De nuevo, apenas la miré, ella estaba de espaldas, se volvió y sus ojos sin fondo se clavaron en mí. Era como si dispusiera de un sexto sentido que la avisaba cuando alguien la observaba, aunque fuera de pasada, como yo había hecho las dos veces. No pude sostener su mirada. Al fin ella se marchó, dejándome con la sensación de haberme cruzado con un ser infinitamente más poderoso que yo, que me había examinado y había decidido que no merecía la pena destruirme. Desde entonces la he esperado, a la chica pelirroja, con una mezcla de miedo y de deseo. Era tan placentero estar inerme ante ella, a merced de su crueldad esquiva. Ha tardado mucho, demasiado, pero al fin ha venido. Esta noche he soñado con ella. He vuelto a verlo todo, incluso detalles que se habían borrado de mi memoria. Y la chica no se iba, Hugo.

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