Empleé unos cinco o seis años en disponer de los medios necesarios para consolidar mi posición. Tenía un trabajo de dependiente de comercio, no demasiado lucrativo, pero más o menos estable. Gracias a él alquilé una habitación en el Lower East Side y fue mientras vivía en ella cuando se manifestó el impulso de escribir. Ya lo había hecho de adolescente, antes de ingresar en la Academia, y se reavivó allí después de entrar en contacto con un cubano que colaboraba en La Prensa, un periódico hispano de la época. Gracias a él pude leer muchos libros españoles, que llegaban a Nueva York con cierta dificultad. Sobre todo me aficioné a Valle-Inclán y Unamuno, dos patriotas críticos y problemáticos, como lo era mi propio patriotismo de criminal huido. También leía libros americanos, y traducciones de vanguardistas franceses y alemanes, que me desconcertaron con su alternativa a la realidad convencional, dogma uniforme al que me inclinaba mi formación militar y del que me alejaban las paradojas de mi experiencia. De la lectura pasé a la pluma espontáneamente. Empecé haciendo pequeños artículos de interés local, dirigidos sobre todo a los emigrados, que mi amigo colocaba en el periódico. Con los pocos ahorros que podía reunir, me compré una vieja máquina de quinta o sexta mano. Una noche, me sorprendí poniendo en el papel la descripción de un episodio imaginario que transcurría en Toledo. Lo hice en inglés, el idioma al que con alguna dificultad se iba acostumbrando mi alma, y el resultado no me disgustó. Otra noche, probé a reconstruir en la misma lengua una conversación de café en Madrid. Y tampoco me disgustó. Comprobé que así, en un idioma ajeno, podía regresar a la patria de la que había renegado, y que el regreso, por primera vez en todos aquellos años, me tentaba poderosamente. Así nació mi novela, en la que trabajé febrilmente durante todas las noches de los dos años que siguieron.
Cuando terminé mi libro, intenté en vano publicarlo. A nadie le interesaba aquella extraña historia española de personajes movedizos. A la vista del fracaso, pensé en traducirla y enviarla con seudónimo a Madrid o a Buenos Aires. Incluso llegué a traducir el primer capítulo, pero pronto vi que la labor era absurda. Durante siete u ocho años seguí escribiendo, artículos y narraciones que a veces aceptaban los diarios y otras veces no. De día, seguía siendo dependiente. El italiano para el que trabajaba llegó a tomarme afecto, y me daba un sueldo suficiente para vivir. Decía que él también había llegado a Nueva York con una maleta de madera y que sabía lo que era la angustia. Creía en Dios, decía, y Dios le exigía que se ocupara de la gente que tenía empleada, como Dios se había ocupado de él. A principios de los treinta tuve un par de novias de las que casi me he olvidado; una era judía, y me gustaba de veras, pero su familia lo impidió, o quizá fue que a ella yo no le gustaba tanto. A veces me parece acordarme de cómo me miraba, con una especie de repugnancia acongojada, cuando yo me negaba a convertirme.
En la primavera de 1936, poco antes de que en España estallara la guerra, me ofrecieron publicar el libro. Me lo ofreció una de las editoriales que lo habían rechazado siete años antes, y acepté. Cosechó un par de críticas indulgentes, pero no se debieron vender arriba de doscientos ejemplares. Hacia finales de aquel año, cuando me persuadí de que mi obra nunca llegaría a nadie, dejé definitivamente de escribir, y a partir del momento en que tomé esa decisión los acontecimientos se precipitaron. Siempre me ha resultado curioso que las decisiones que más han contribuido a mi supervivencia fueran tomadas en contra de lo que me dictaba mi corazón. Así, contra mi idea de lo que era justo, me plegué a los turbios manejos de mi teniente coronel, salvándome de una muerte probable en el frente. Así, también, huí de España, librándome acaso del presidio. Y así dejé de escribir, lo que a la postre, apartándome de una tarea infructuosa que consumía mis desvelos, me iba a permitir alcanzar la riqueza, a cuyo vil disfrute debo mi insoportable longevidad.
No quiero extenderme demasiado acerca de las casualidades e industrias que llevaron a un pobre emigrante a detentar, éste es el único verbo que puede emplearse para aludir a la dominación de un hombre sobre las cosas, cuando éstas son demasiadas, un patrimonio como el que ahora detento. Para conseguirlo, me vi obligado a dañar con frecuencia a otros seres humanos, y a desatender sus súplicas e incluso las súplicas de sus viudas. Mientras lo hacía, a veces lo lamentaba; otras, quizá las más, me consolaba pensando que casi todos aquellos a quienes derribaba me habrían derribado a mí gustosamente, de haber sido inversas las circunstancias. Puede que hubiera perdido todo escrúpulo cuando había tenido que saltarle la tapa de los sesos a un canalla a la edad de veinte años, o cuando había ensuciado la memoria de mis antepasados con mi deserción, poco después. Pero la pendiente, propiamente dicha, comenzó en 1937, cuando conocí por azar a un desalmado que traficaba desde Nueva York con armas y petróleo para Franco. Simpatizó conmigo y me ofreció cooperar con él. Necesitaba a alguien que dominara el inglés y el español y que estuviera dispuesto a correr algunos riesgos. En juego había mucho más dinero del que podría ganar en la tienda en toda mi vida, aunque el italiano siguiera apiadándose de mí indefinidamente. Me avine a colaborar, y tuve mi recompensa. Durante la Guerra Mundial me refugié en un banco de Wall Street, donde me hacía pasar por traductor, aunque en realidad tenía otras ocupaciones bastante más provechosas. Allí me familiaricé con las finanzas y con la gestión de los fondos de otros, y descubrí las posibilidades que proporcionaban los enormes caudales incontrolados que circulaban al socaire del esfuerzo bélico. Cuando terminó la guerra ya tenía el dinero suficiente para dar el salto y fundé mi primera compañía. El resto, hasta 1966, cuando decidí que no volvería a ocupar mi cerebro en toda esa porquería y contraté al primer antecesor de Pertúa, fue una rutina sin otro mérito que el de prescindir de cualquier ruido de mi conciencia.
En 1945, dos meses después de la derrota de los japoneses, me casé. Ella era una chica de buena familia, americana de pura cepa, si esa expresión no resultara grotesca en un país de advenedizos. La conocí en un selecto baile de celebración de la victoria, al que mi flamante opulencia me facultaba para acudir. Ya era un hombre maduro y me exasperaba relacionarme con estúpidas codiciosas y presumidas. Karen era modosa y complaciente, tanto como para aceptar mi prematura proposición y prestarse a una boda desigual. Me dio dos hijos, a los que siempre quise, aunque seguramente no supe tratarlos, y una nieta que se parece a ella, salvo en el carácter, de una forma que a veces me asusta. Cuando mi esposa murió, en 1965, comprendí que nunca la había amado, en el sentido propio de la palabra, pero desde que desapareció el mundo me ha parecido deshabitado y triste. No digo que no lo fuera cuando ella estaba, pero he de admitir que su presencia, aunque siempre fuera tan leve, neutralizaba en parte esa sensación.
Ahora tengo noventa y cinco años, y si se me concede un poco más de vida, cumpliré noventa y seis dentro de unos meses. A menudo, cuando empecé a disponer de recursos abundantes, pensé en volver al país que abandoné hace tantos años. Nadie podía recordar mi delito, tenía un pasaporte americano, era casi invulnerable. Pero nunca llegué a vencer el obstáculo que había en mi interior, la culpa que me impedía creerme con derecho a regresar. A lo largo de mi vida, como ya he dicho, he cometido sin pestañear muchas acciones execrables, y sin embargo, durante aquellos mismos años en que las perpetraba, fui incapaz de sobreponerme al reproche que me dirigía el recuerdo deshonrado de mi padre, el clamor intolerable de todos aquellos muertos mutilados a los que nunca había visto y entre los que habrían debido terminar tan jóvenes mis días.
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