Lorenzo Silva - El Ángel Oculto

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Impulsado por una serie de acontecimientos que él interpreta como señales -la muerte de su perro, la infidelidad de su mujer, un hombre vendiendo pañuelos en un semáforo, un sueño- el protagonista de esta novela decide dejarlo todo e irse a Nueva York, con el vago designio de iniciar algunos estudios o, simplemente, a esperar algo que haga cambiar su vida.
El hallazgo casual de un libro escrito por Manuel Dalmau, un español emigrado a Estados Unidos a principios de los años veinte, le proporciona el primer indicio de cuál era la verdadera finalidad de su viaje. Sus tentativas por localizar al autor le llevarán a conocer a una mujer que le fascina, pero también le involucrarán en una trama de amenazas y misterios. Cuando por fin conozca a Dalmau y las razones que le impulsaron a abandonar España, su destino se verá inexorablemente ligado al del anciano, en un viaje interior que le hará comprender los poderosos vínculos que nos unen a los nuestros y a la tierra que nos vio nacer.

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– El Retiro sigue poniéndose precioso, en primavera. Y a veces llueve y despeja de pronto y se ve el cielo azul, como dicen que era antes siempre.

– Ya lo creo que lo era. Una ciudad de indigentes, hundida en el oprobio por la pérdida de las colonias, la corrupción de los políticos, el desastre que se avecinaba. Y sin embargo, estaba el cielo, como una redención. Debió ser por poder mirar aquel cielo espléndido por lo que hubo madrileños notables en esos años, en medio de todo el estropicio. Andaban por los cafés, pontificando inserviblemente, en el fondo, y acaso hundiendo más aún el país mientras pontificaban. Pero eran notables. Yo fui durante un tiempo a uno de aquellos cafés, en la calle de Alcalá.

Y me describió con todo detalle dónde estaba aquel café. Yo no recordaba haber visto nunca un café a aquella altura de la calle.

– Debieron cerrarlo hace mucho tiempo -aventuré.

– Qué se va a hacer. Espera. También iba a una cervecería, en la plaza de Santa Ana.

– Sigue habiendo alguna allí -me apresuré, gozoso por no tener que certificar otra baja.

– Me he acordado mucho de esa cervecería. Sobre todo en otoño, cuando aquí ya hace frío y no se puede hacer casi nada en la calle. Me acordaba de una de esas mañanas soleadas de octubre o noviembre en Madrid, y me entraba un ansia irracional de estar allí, en la terraza de la cervecería, que la ponían incluso en otoño, si el día era soleado. Volver a tomar una cerveza, mirando la plaza. ¿Tú no lo echas de menos, Hugo?

– Claro que lo echo de menos.

– Pero tú volverás. A veces te miro y creo que eres un poco como yo, pero no debes serlo del todo. Tú podrás superar muchas de las cosas que yo no he podido superar -me exhortó, con calor-. De entrada verás muchos años que yo no veré, lo que ya te hace superior a mí. ¿Nunca lo has pensado? Vencemos a todos aquellos a quienes sobrevivimos, y todos los que nos sobreviven nos vencen. Es tan estúpido apiadarse de alguien más joven, como hacen muchos viejos. No puedes apiadarte de alguien que vivirá para decir de ti ése está muerto, murió de tal manera y yo respiré hondo el aire de la calle, cuando salí del funeral; por cierto que era una tarde preciosa. Yo tengo lástima de todos los que he visto morir, aunque en vida fueran unos canallas o lograran hacerme daño. Sobre todo si murieron hace cuarenta años, y ya no pudieron saber que el hombre pisó la Luna, que en Berlín tiraron el muro o que existió esa mujer vulgar, pero tan sensual, Marilyn Monroe. Algunos de los que murieron eran de mi edad y ahora los recuerdo como seres perdidos en un mundo antiguo y sórdido. Así me recordarás tú a mí, dentro de treinta años.

– Puede que no viva tanto y le envidie por haber pasado de los noventa.

– Eso no lo envidiarás, salvo por un detalle. Quizá te lo explique, pero será otro día, también. Ahora estábamos hablando de Madrid, de nuestra patria. Pobre y triste patria. En todos estos años, mientras la añoraba, meditaba a menudo sobre lo mal y lo chicas que nos habían salido las cosas, a los españoles, y sobre lo mal y lo chicas que nos seguían saliendo. Quizá si la hubiera visto prosperar no la habría añorado tanto.

– Ahora prospera, dicen.

– Quizá prospere, por qué no. Nunca hay que caer en el desencanto. En eso, en no caer en él, consiste la sabiduría de la vida, según dijo Azaña, un afrancesado, en realidad, pero también un hombre de inteligencia, y un peculiar orfebre del idioma. Aquí, rodeado de gentes que hablaban otra lengua, me ha gustado siempre leer el castellano en que escribía, incluso aprenderlo de memoria: Un juego serio, profundo, pone a confusos peligros lo más entrañable. Cada cual libra sobre él su suerte, y mientras va viviéndola difícil es saber a fondo si le es propicia o siniestra. Pero el creyente sabe que los caminos de la Providencia son ocultos. Pobre tocayo, en qué paró su fe en la Providencia. Lo sabemos nosotros, que sabemos cómo terminó de vivir su suerte, y a él también le dio tiempo a darse cuenta. Pero con todo y con eso, no sirve de nada ser un escéptico venenoso, como él los llamaba. De arribistas en perdición se forman venenosos escépticos, decía. Tomar ese camino es la estratagema vacía del cobarde y del idiota. Más vale morir vencido, como Azaña.

Dalmau se paró a tomar aire.

– Ya me ves -prosiguió-, después de haber desperdiciado una vida tan larga, en la que me equivoqué y me extravié tantas veces, no he conseguido ser un escéptico. Me conmueve acordarme de Madrid, me apenan los malos pasos de mi patria lejana, aunque tenga de ella una imagen desfasada y sólo recuerde cafés que han cerrado y olores que ya no pueden olerse. Y te lo cuento todo a ti, que vienes de allí, en tentativa de Dios sabe qué criminal y loca infracción contra las leyes inapelables del tiempo. Pero has de prometerme algo, Hugo: no te quedarás aquí a purgar ningún pecado, ni los tuyos ni los de otros. Sírvete de mis errores y no te sometas a esa penitencia inútil. Vuelve allí, aunque decidas vivir aquí, si lo decides. Vuelve siempre que quieras y sobre todo no te quedes en ninguna parte, sirviéndole de pasto a la nostalgia.

Dalmau estaba cansado, pero ponía toda el alma en su súplica.

– ¿Por qué no volvió usted? -pregunté.

– Tampoco eso voy a contártelo hoy. Tienes que prometerme lo que te he pedido. Es importante para mí.

– Lo prometo. No me cuesta trabajo -dije-. En realidad nunca había descartado volver.

– Mejor así. Y otra cosa.

– Qué.

– Lleva a Sybil. Id a pasear por el Retiro, enséñale una de esas mañanas de mayo, cuando llueva y se abra de pronto y el cielo se haya quedado limpio.

– Lo haré, si ella quiere.

– Querrá.

Dalmau no podía más, y me hice cargo. Sugerí que era hora de irme. Él asintió, en silencio. Pulsó el botón del intercomunicador y Matilde vino en seguida. Traía un vaso de agua y un comprimido. Me despedí de ambos. Afuera me esperaba Charlotte, que me acompañó hasta la puerta y me dio el abrigo, con una de sus angélicas sonrisas.

– Good evening, Mr Moncada. Take care.

Fui hacia el montacargas y lo cogí con aquel afectuoso take care todavía enredado en mis oídos. Aquella tarde de noviembre llovía con furia en Canal Street, y según caminaba hacia el metro pensé en una tarde soleada de noviembre en Madrid. Por algún trastorno de la imaginación vi a Charlotte paseando por un sendero del Retiro. Las hojas secas crujían bajo sus pies y ella las miraba, con su sonrisa de ángel. Me avergonzó compartir el gusto melancólico de aquel anciano. Luego, en el metro, sentado entre los pasajeros resignados que siempre viajan en él a esa hora, dejó de pronto de avergonzarme.

6.

Las razones de un hombre

Aquella vez había todavía menos luz que otras veces. Era más tarde que de costumbre: ya anochecía cuando había entrado en la tienda de piezas de plástico, tránsito forzoso para subir a ver a Dalmau. Hasta entonces, él hablaba, y me preguntaba en ocasiones, pero nunca me había sometido a un interrogatorio sistemático. Entonces, porque ya habíamos avanzado lo suficiente, cualquiera que fuera el ritmo prefijado del proceso que él gobernaba y al que yo me prestaba, cambió y me preguntó, empezando desde el principio:

– ¿Para qué viniste a Nueva York, Hugo?

Tardé en responder. Cuando había tomado el avión en Madrid, no tenía la respuesta. Más de un año después, seguía sin tenerla. Sólo había algo de lo que podía servirme: lo que había estado haciendo durante el tiempo que llevaba en la ciudad. Por eso dije:

– No sé, o al menos no lo sé claramente. Creo que vine para tratar de averiguar si todavía podía sentir algo en la vida.

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