Lorenzo Silva - El Ángel Oculto

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Impulsado por una serie de acontecimientos que él interpreta como señales -la muerte de su perro, la infidelidad de su mujer, un hombre vendiendo pañuelos en un semáforo, un sueño- el protagonista de esta novela decide dejarlo todo e irse a Nueva York, con el vago designio de iniciar algunos estudios o, simplemente, a esperar algo que haga cambiar su vida.
El hallazgo casual de un libro escrito por Manuel Dalmau, un español emigrado a Estados Unidos a principios de los años veinte, le proporciona el primer indicio de cuál era la verdadera finalidad de su viaje. Sus tentativas por localizar al autor le llevarán a conocer a una mujer que le fascina, pero también le involucrarán en una trama de amenazas y misterios. Cuando por fin conozca a Dalmau y las razones que le impulsaron a abandonar España, su destino se verá inexorablemente ligado al del anciano, en un viaje interior que le hará comprender los poderosos vínculos que nos unen a los nuestros y a la tierra que nos vio nacer.

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No sé dónde hubiera terminado aquello, de haber continuado. Supongo que habrían acabado fusilándome, y si no, habría acabado pegándome yo mismo un tiro. Por fortuna, aunque cause escándalo decirlo así, vino el desastre. En julio de 1921, Abd el-Krim deshizo el ejército español en Annual y Monte Arruit y se plantó a las puertas de Melilla. Por alguna razón, no quiso tomar la ciudad, en cuyo socorro llegó en seguida el Tercio, al mando de Millán Astray. Con bastante dificultad se emprendió la contraofensiva, que no llegó a Monte Arruit hasta tres meses más tarde. Miles de cadáveres de españoles seguían entonces en la posición, como a lo largo de todo el camino entre Annual y Melilla, abrasándose al sol. Dicen que murieron 20.000, y que a muchos los torturaron y los mutilaron salvajemente los rífeños. Desde el desastre, las actividades complementarias de mi teniente coronel quedaron en suspenso, como quedó su pulso cuando a todos los emboscados se nos ordenó que nos preparásemos para salir hacia Melilla, lo que al final no llegó a ocurrir.

Una noche, cuando la contraofensiva ya había permitido recuperar las primeras posiciones, coincidí en un cafetín de Ceuta con un suboficial del Tercio que había participado en las operaciones y que estaba de paso por la ciudad. Me contó cómo se despachaban los legionarios con los rífeños a los que capturaban, a quienes no vacilaban en decapitar y mutilar de la misma forma en que habían encontrado mutilados los cuerpos de tantos españoles. Me refirió en detalle esas mutilaciones, de las que hasta la fecha sólo me habían llegado ecos incoherentes, y me confió, acaso como una justificación para la crueldad de sus hombres, que en la pared de una casa, sobre un cadáver español brutalmente vejado, había visto, escritas con sangre, dos palabras estremecedoras: vengadnos, hermanos. Esa noche me acordé de mi padre, que había venido a luchar a África y había vuelto condecorado y tocado por el soplo de la muerte. Mi padre a quien yo no había acertado hasta entonces a vengar, cualquiera que fuera el modo en que eso pudiera lograrse.

De lo que pasó a continuación en mi cabeza, puedo dar poca noticia. El caso es que poco después me vi ante la puerta de mi teniente coronel, y que cuando me abrió le pregunté si podía dejarme entrar un momento. Aunque se extrañó y le inquietó mi presencia allí a aquellas horas, o quizá por eso, me hizo pasar, cerciorándose antes de que no había nadie alrededor y de que nadie me había visto llegar.

– Quiero avisarle para que tome medidas, si le queda algo de honor y lo que le queda aún le exige tomarlas -le dije-. Voy a contarlo todo.

– Estás loco, muchacho -advirtió, con una risa nerviosa.

– Lo he estado todo este tiempo, mientras consentía en ayudarle por miedo. Le debería haber tenido más miedo a la indignidad que ahora pesa sobre mí.

El teniente coronel fue hacia un aparador, lo abrió y sacó de él su pistola reglamentaria. La montó y me apuntó con ella. Hizo todas estas operaciones con una aparente frialdad, como si fueran ineludibles, pero su mano temblaba al sostener el arma.

– No me dejas elección -dijo-. No puedo permitir que me hundas ni que hundas a otros. Si no fueras un imbécil lo habrías intentado sin avisarme. Ahora ya no vas a intentar nada, porque vas a acabar ahí mismo, sosteniendo una insubordinación en mi propia casa que no habré tenido más remedio que atajar expeditivamente.

No perdí un segundo. Me abalancé sobre el teniente coronel y me las arreglé para hacer caer la pistola de su mano antes de que pudiera reaccionar. Luego le reduje. Era menos fuerte y menos joven que yo y no me resultó muy difícil. Para que dejase de forcejear, cogí la pistola y le metí el cañón en la boca. Quedó quieto, o más bien paralizado. Creo que era el hombre a quien más he odiado, porque me había hundido en la vergüenza y me había impedido seguir los pasos de mi padre, lo que habría sido mucho mejor, creía, aunque me hubiera costado quedar panza arriba sobre la pista de Monte Arruit, a merced de los buitres. Pero es tan poca cosa un hombre indefenso que tuve que hacer un esfuerzo para seguir odiando en aquel instante a mi teniente coronel. De pronto, de la disposición de todas las piezas, deduje un plan que me permitía vengarme sin necesidad de sacrificarme, lo que sin duda era preferible a mi plan anterior. Y sin más, percatándome de que era también una forma de que aquellos ojos de cordero degollado dejasen de mirarme, resolví ponerlo en práctica y apreté el gatillo.

No dejé ningún rastro, nadie me vio salir. La muerte de mi teniente coronel, en su casa, con su pistola, en pijama, fue interpretada unánimemente como un suicidio, y la hipótesis halló un inesperado respaldo cuando quienes estaban interesados en adjudicarle culpas a un responsable que no resultara incómodo hicieron aflorar algunos de los negocios en los que se hallaba envuelto. Cuando eso sucedió, unos cuatro meses después del desastre, yo estaba a punto de partir de permiso hacia la Península, a donde se me había autorizado a regresar para asistir a la agonía de mi madre. Me apresuré a disfrutar del beneficio concedido y viajé a Madrid. Una vez que mi madre se fue y quedé solo, se me presentó una delicada disyuntiva: o volvía a África, donde debía solicitar que se me enviase a primera línea y rezar por que nadie descubriera mi intervención en las actividades de mi teniente coronel, o me quitaba de la circulación y ahondaba con ello mi deshonra.

Siempre he querido creer, y alguna vez creí que la predisposición al heroísmo que me había conducido a África era sincera, y que sólo una conjura de circunstancias y la desventaja de mi inmadurez me habían apartado de aquel expuesto camino. Sin embargo, en otros momentos, los que tiendo a considerar de mayor lucidez, he dado en suponer que mis ansias de gloria eran simplemente una ilusión, y que si bien era auténtica la admiración, y hasta el sentimiento que los héroes me inspiraban, no lo era tanto mi propósito de ser como ellos. Al llegar a mí, por alguna razón misteriosa, se había deteriorado la herencia familiar que había pasado intacta de generación a generación durante casi un siglo. Si esa herencia me hubiera llegado en condiciones, aquel mes de diciembre de 1921, a despecho de todo lo que me avergonzaba y de cualquier riesgo, habría vuelto a África para expiar o morir. En lugar de eso, embarqué con nombre falso hacia La Habana.

En Cuba estuve apenas un par de meses, malviviendo del dinero que llevaba conmigo. En la isla quedaban numerosos descendientes de españoles, algunos bastante acomodados, a los que habría podido acercarme para tratar de hacer fortuna. Pero no quise aceptar una solución como aquélla, que me mantenía en cierta manera bajo la dependencia de la patria que había traicionado y cuya protección había perdido el derecho a impetrar. No era sólo el remordimiento lo que me alejaba de ella. Después de mi peripecia africana, en la que tan aciagamente me había salpicado la inmundicia del desastre, todo lo español me parecía ruín y desdichado, una especie de infección que debía extirpar para salvarme de la catástrofe en que se sumían todos los que la contraían. Fue entonces cuando alguien me habló de Nueva York, a donde arribaban cada día centenares de inmigrantes de todas las partes del mundo con la promesa de una nueva existencia. Un día vi una película que transcurría en Estados Unidos, donde había casas pulcras y enjambres de automóviles. A la semana siguiente, zarpé hacia esa seductora y fantástica Nueva York.

Uno siempre elige seguir viviendo, aunque sea con los dientes apretados, y alejarse del fin, sobre todo cuando se ha tenido la ocasión de vislumbrarlo y de olfatear su proximidad. Sólo a ese instinto puedo atribuir el férreo esfuerzo al que me entregué después de desembarcar aquí. Esfuerzo para aprender el idioma, del que ignoraba todo, y para desempeñar los sucesivos oficios, siempre agotadores y míseros, en los que se vio comprometida mi subsistencia. Hubo momentos de una oscuridad formidable, en los que me acerqué al borde del abismo. De ellos saqué la fuerza que pude y debí utilizar años más tarde, cuando mi vida se desprendió de la penuria material. En aquellos primeros tiempos, el regreso a España ni siquiera fue una tentación, por razones obvias. Era un desertor, y posiblemente también se supiera que había sido un malversador y un asesino.

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